Hemos visto aparecer un buen ramillete de libros sobre el “antisemitismo” o el “antijudaísmo“, en general o en casos concretos, pero nunca está todo dicho. Que se lo pregunten a Sander L. Gilman, historiador del ya conocemos su Wagner y el cine (Fórcola). Ahora nos ofrece una mirada conexa en Antisemitisms A History of Jew Hating (Reaktion).

Gilman nos dice que su libro “es una síntesis de mi trabajo sobre el antisemitismo, su historia y sus significados. No antisemitismo en el sentido estricto, ya que lo que estudio siempre está instrumentalizado, es maleable, internamente inconsistente, contradictorio, pero aparentemente coherente cada vez que surge. De hecho, el contexto define la definición, y cada contexto es diferente.
Mi propia relación con el antisemitismo evolucionó en un momento muy específico y catastrófico. Como judío de Europa del Este, nacido durante la Segunda Guerra Mundial, a una generación de Gomel, en la Zona de Asentamiento rusa y en la Varsovia anterior a la Primera Guerra Mundial, la ausencia de una familia extensa era palpable. Mi padre nació en Estados Unidos el 4 de julio de 1918, una fecha que atesoraba como estadounidense de pleno derecho, después de que su hermana y sus padres llegaran de la Rusia zarista. Mi madre era una bebé cuando su familia llegó a Halifax, Canadá, procedente de la recién reconstituida Polonia en la década de 1920. Sus familiares, hermanos, tías, padres, habían desaparecido en la sangrienta masacre perpetrada por los nazis desde Alemania, así como por delincuentes locales en Bielorrusia y Polonia. Comencé a trabajar en este proyecto seriamente en la escuela secundaria, cuando elegí estudiar lengua, literatura e historia alemanas, estudios que continué cursando durante mi licenciatura y luego mi posgrado”.
A partir de ahí, de los ataques de Hamas en 2023, de lo ocurrido en diversas universidades americanas a propósito del supuesto antisemitismo, Gilman dice:
“La definición de los antisemitismos está intrínsecamente ligada a su función en el tiempo y el espacio, y, como veremos en este volumen, también a las respuestas que suscita en quienes se identifican como judíos. La distinción entre antisemitismos de «derecha» e «izquierda», o antisemitismos «islámicos» y «judíos», o antisemitismos «occidentales» y «asiáticos», congela momentos en el tiempo y el espacio, pues si los antisemitismos son siempre situacionales, cada manifestación específica debe entenderse no como un eslabón en una cadena ininterrumpida, sino como parte de una serie de momentos aislados, que dependen exclusivamente de su compleja función. Esto bien podría explicar el hecho histórico de que también existan antisemitismos «sin judíos», como en Austria y Polonia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, una «historia de los antisemitismos» coherente y cronológica es imposible, y, como indiqué en el prefacio, ni siquiera intentaré esbozar tal trayectoria en este libro.
El antisemitismo no es una manifestación transhistórica única, sino una variante de patrones de xenofobia, miedo y, por ende, odio hacia los extraños, inherentes a la experiencia humana. La xenofobia surge de nuestro instinto de lucha o huida ante lo desconocido, lo que nos genera temor. Este miedo amorfo se concreta en prejuicios, siempre arraigados en un conjunto específico de imágenes del momento, y son estos prejuicios los que impactan tanto a individuos como a comunidades. El antisemitismo, como todas las formas de xenofobia, crea su propio objeto —en este caso, «los judíos»—, y esta categoría, a menudo contradictoria, se aplica a personas que pueden o no identificarse como judías, independientemente de la definición, pero que pueden responder a dichas etiquetas como tales. Y sí, quienes son etiquetados de esta manera bien pueden creerse independientes de tales estereotipos, pues ese término abarca una amplia gama de definiciones de ser judío, a menudo radicalmente diferentes y contradictorias, que en muchos sentidos están determinadas por la función de tales imágenes, ajenas a su control. (Asumiré que no necesito poner comillas irónicas alrededor de «judíos» y «judío» cada vez que me refiera a tales imágenes, y no lo haré en este libro). Sin embargo, los estereotipos nunca son unidireccionales y moldean tanto a quienes utilizan tales imágenes como a quienes son representados por ellas. También pueden expresarse en los actos de violencia más horribles o en las estrategias sociales de evasión más sutiles. Y su estudio, como mi propio trabajo anterior, y de hecho este libro, es siempre político, en el sentido de que pretende dar significado a tales expresiones para predecir acciones futuras. Una tarea en la que fracasa sistemáticamente”.
Por ese motivo, su “postura contradice la opinión generalizada, ejemplificada por Robert Wistrich, quien definió el antisemitismo como el «odio más duradero», título de su libro de 1991, para distinguirlo de otras formas de xenofobia. Para Wistrich, el antisemitismo es siempre «estático e inmutable» y demuestra que ciertas formas de «odio religioso o étnico son inevitables», aunque contingentes. La visión de Wistrich se convirtió en la norma dominante en el discurso público, lo que generó una «imagen prácticamente monolítica tanto de los culpables como de las víctimas del antisemitismo» y homogeneizó las «actitudes dominantes de los no judíos hacia los judíos, presentándolas como consistentemente y universalmente hostiles». Tales posturas siempre presuponen una definición inmutable del judío y, por lo tanto, consideran el antisemitismo como «eternalista», en paralelo a su definición homogénea del judío. (Irónicamente, mis afirmaciones sobre la mutabilidad infinita de los antisemitismos abren el programa de Wistrich y Rex Bloomstein para Thames Television, The Longest Hatred, 1993).
Debemos recordar que la formulación de Wistrich fue reactiva, pues tras el Holocausto tales posturas fueron cuestionadas; de hecho, se las consideró una recapitulación del antisemitismo mismo. Hannah Arendt argumentó que la idea de un antisemitismo eterno se asemejaba a la idea del judío eterno:
La noción de una ininterrumpida continuidad de persecuciones, expulsiones y matanzas desde el final del Imperio Romano hasta la Edad Media y la Edad Moderna para llegar hasta nuestros días, embellecida frecuentemente por la idea de que el antisemitismo moderno no es más que una versión secularizada de supersticiones populares medievales no es menos falaz (aunque, desde luego, menos dañina) que la correspondiente noción antisemita de una sociedad secreta judía que ha dominado, o aspira a dominar, al mundo desde la antigüedad.
(…)”.
© Sander L. Gilman / Reaktion Books Ltd
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Anaclet Pons (1 de julio de 2026). Sander L. Gilman: Antisemitismos, patrones de xenofobia, miedo y odio hacia los extraños. C L I O N A U T A : Blog de Historia. Recuperado 18 de agosto de 2026 de https://doi.org/10.58079/16hqq