Como dice su editor, quizá uno de los elementos más novedosos del libro de hoy, obra de la historiadora de la literatura Sophie Gee, sea el término «subjetividad metabólica», que ella emplea “para describir la idea de una identidad energética y encarnada que se construye a través de la comida y la bebida, y que conecta a los seres humanos con otras especies vivas. Este concepto, si bien proviene de los rituales alimentarios coloniales, ofrece nuevas formas de comprender la introspección personal en los textos escritos”.
Y eso nos sirve una vez más para saltar los límites cronológicos del blog y retroceder a la Edad Moderna. Dicho lo cual, recordemos que a la profesora Gee ya la conocíamos por su curiosa El escándalo de la temporada (Martínez Roca), novela con escasa fortuna editorial a pesar de su contenido, pues con tintes de comedia costumbrista relataba la verídica historia de la seducción de la hermosa Arabella Fermor, inmortalizada por Alexander Pope, a manos del encantador y enigmático Robert Petre, noble británico famoso por rehusar el uso de la peluca. Pero vayamos con la novedad, donde también se incluye ficción: The Barbarous Feast: Eating and Writing in the Eighteenth-Century World (Princeton UP).
Veamos lo que nos propone:

“Este libro trata sobre qué hacen las novelas y cómo lo hacen.
No soy la primera en contar esta historia. Pero ofrezco una nueva versión, narrada de forma experimental y lúdica, que transita entre el análisis académico y la no ficción creativa. Las novelas en inglés surgieron a principios del siglo XVIII como una tecnología literaria capaz de representar la vida interior de las personas y compartirla con los demás. Al hacerlo, las novelas transformaron la naturaleza misma de la introspección para los lectores, a menudo solitarios. Cambiaron la manera en que las personas comprendían su propia experiencia interna y cómo se entendían a sí mismas en comunidad con los demás.
Pero las novelas fueron solo una de las muchas formas en que los seres humanos de todo el mundo del siglo XVIII conceptualizaron y representaron la interioridad. En todo el planeta, comunidades y culturas utilizaron rituales y ceremonias para celebrar, comprender y transformar su ser interior. Los rituales alimentarios fueron los más practicados durante milenios. Mediante acciones cotidianas, ordinarias y necesarias como comer y beber, los seres humanos conectaban con su interioridad y compartían su vida interior con otros, incluyendo seres no humanos o más que humanos. En este libro, relaciono relatos sobre las formas en que las personas comían y bebían con el surgimiento de la novela realista como la forma imaginativa dominante en Gran Bretaña y su imperio. Demuestro que escribir y comer están profundamente entrelazados, a pesar de ser actividades muy distintas. Sostengo que, una vez que comprendemos la novela como una forma estrechamente vinculada a los sistemas metabólicos para acceder a la interioridad y compartirla, necesitamos leer las novelas y la historia de su creación de manera diferente, ya que absorben e incluyen sistemas mucho más amplios para la creación y gestión de la interioridad que los que transmiten las palabras en una página.
Las historias que narro en este libro son complejas; por supuesto, solo puedo abarcar una parte del panorama general que describo. He intentado presentar mis argumentos con la mayor sutileza posible, prestando atención a las intrincadas relaciones entre la lectura, un proceso principalmente cognitivo e imaginativo, y la alimentación, un proceso corporal, sensorial y directamente conectado al metabolismo. Es importante recordar que la escritura y la lectura son, en sí mismas, de naturaleza metabólica, parte de cómo los seres humanos gastamos energía. Y el metabolismo, un proceso de cambio y transformación que convierte la materia en energía, invita a la atención y la interpretación creativas. La lectura y la alimentación son dos mundos íntimamente ligados: similares y diferentes, que se entrelazaron en relaciones complejas en el siglo XVIII, con la creación de la novela y la expansión del Imperio Británico. Las personas que llegaban a nuevos lugares, a menudo tras migraciones forzadas, establecían conexiones consigo mismas y con sus comunidades a través de la alimentación y la escritura, respondiendo a las texturas y las imágenes de los alimentos, las plantas, los animales y los paisajes mediante el gusto literal, los rituales en torno a la ingestión y las descripciones imaginativas. Mientras que las personas desplazadas y desarraigadas a la fuerza reconstruían su identidad en comunidades locales, entre familiares y amigos, compartiendo comidas y escribiendo, quienes controlaban el Imperio Británico también vigilaban y medían con creciente alarma estas actividades. La rentabilidad del Imperio dependía de garantizar que alimentar a las personas, las plantas y los animales cuyo trabajo y gasto energético producía bienes comerciales resultara más económico que fabricarlos y transportarlos. Esta obsesión por la alimentación como medio para trabajar —lo que podríamos denominar metabolismo básico, comer sin verdadero sustento— queda registrada en cientos de documentos oficiales del imperio y en testimonios de testigos presenciales.
La vida metabólica de las personas y otros seres está directamente interconectada con el auge de la novela. La escritura se crea metabólicamente, por autores, editores, impresores y lectores, y también implica los sistemas de vida en los que viven quienes crean y leen los textos. Los paisajes que dieron origen a las primeras novelas, y que a su vez fueron moldeados por ellas, perduran hoy como archivos vivientes del lugar, conservando las huellas persistentes de mundos de los que surgieron escritos imaginativos. Los detalles de las vidas metabólicas cotidianas, a pequeña escala e invisibles, suelen omitirse en los registros formales, pero la escritura del siglo XVIII está intrínsecamente ligada a vastos sistemas en los que los seres humanos y otros seres expresaban su identidad a través del metabolismo. Al considerar los textos como huellas que estuvieron y siguen estando entrelazadas con los sistemas vivos en los que se crearon, al prestar atención a los paisajes que fueron transformados en parte por las novelas y otros registros escritos, vislumbramos identidades y formas de interioridad que convierten los textos en testimonios complejos de vidas que trascienden las de sus personajes imaginarios, sus autores o sus lectores.
(…)
He alternado capítulos de escritura académica convencional con secciones de no ficción creativa para poder contar historias conectadas y paralelas. Los ensayos de no ficción cumplen varios propósitos. Primero, reflejan parte del desorden y la confusión inherentes al proceso (al menos para mí) de elaborar argumentos académicos. Investigo la agitación de las intuiciones personales, el conocimiento encarnado y las percepciones sensoriales que subyacen a las afirmaciones académicas y que no se asemejan a la investigación formal. Tomé en serio la idea de que la turbulencia mental y sensorial enriquece la erudición en lugar de disminuir su credibilidad, ya que la experiencia desordenada y tumultuosa es la condición en la que se producen la escritura, la alimentación y la construcción de la nación. Segundo, al escribir un libro sobre la introspección y las múltiples formas que adopta en el mundo colonial del siglo XVIII, quise expresar algo sobre las experiencias que informaban mis juicios críticos a nivel sensorial y emocional. Para explicar cómo se representaba la introspección en la ficción, la religión y los rituales alimentarios coloniales, quise capturar la experiencia de estar en un lugar que había sido transformado y modificado por los mismos fenómenos históricos que analizaba. Era consciente de tener lo que el académico Jonathan Kramnick denomina una «mente de papel», es decir, «la plasmación o evocación de la experiencia perceptiva, emocional o cognitiva en la página». En Australia, soy profundamente consciente de cómo el lugar y el paisaje poseen introspección y subjetividades metabólicas propias, y al mismo tiempo percibo el lugar a través de la lente del realismo literario, el protestantismo cultural y mi propia concepción del yo. En resumen, escribí este libro en un paisaje que conserva su soberanía y su introspección metabólica, a la vez que se ve reorganizado por las concepciones coloniales británicas de la interioridad y los significados superpuestos del lugar (que son las concepciones que heredé). La mezcla de estilos de escritura también me ayudó a sugerir que el pensamiento crítico es menos fijo y más incierto de lo que la escritura académica anglosajona suele permitirnos reconocer. El tipo de introspección que retrata la ficción realista se basa en la premisa de que los lectores, los escritores y sus personajes están moldeados por la sutil introspección que fluye a través de los lugares y las épocas, y que entonces, y ahora, sigue estando marcada y desgarrada por diversas formas de dolor, pérdida y violencia.
(…)”.
© Princeton University Press / Sophie Gee
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Anaclet Pons (6 de julio de 2026). Sophie Gee: Subjetividad metabólica. Comer y escribir en el siglo XVIII. C L I O N A U T A : Blog de Historia. Recuperado 19 de agosto de 2026 de https://doi.org/10.58079/16ilt