Michael Khodarkovsky: La estepa y sus imperios

Hace unos meses anunciábamos aquí la aparición de un nuevo libro del historiador Michael Khodarkovsky. Se trata de The Steppe and Its Empires ; The Russian Empire and Its Eurasian Counterparts (Yale University Press). En fin, recordemos que este profesor  es una de las principales autoridades en la historia del Imperio ruso, la Gran Estepa y la interacción entre los imperios sedentarios y los pueblos nómadas de la estepa. De eso ya dio buena cuenta con su anterior Russia’s Steppe Frontier (IUP), insistiendo en que Rusia ha sido el imperio euroasiático por excelencia, construido a partir de los desafíos e influencias tanto de Europa como de la estepa. Y si bien la parte europea nos resulta más evidente, la Gran Estepa Euroasiática ha permanecido algo más oculta, un error si tenemos en cuenta que ha sido un factor crucial en la formación del Estado ruso y su cultura imperial. Y así, tanto la llegada de los mongoles y la Horda de Oro como la posterior evolución del imperio ruso muestran la importancia de sus fronteras euroasiáticas.

Veamos lo que nos dice ahora:

“Los turcos llegaron primero. Procedentes de la estepa euroasiática, se adentraron en la península de Anatolia, también conocida como Asia Menor, y finalmente aplastaron los restos del Imperio bizantino al capturar Constantinopla en 1453, dando paso a un duradero Imperio otomano. Poco después, una oleada de actividad renovada entre pueblos nómadas y seminómadas transformó una vez más el paisaje euroasiático. En 1501, un ejército invasor de tribus turcas y kurdas conquistó la ciudad de Tabriz, coronó a su líder Ismail como rey de reyes (shahanshah) y fundó la dinastía safávida. En 1526, los ejércitos de Babur descendieron de Asia Central para ocupar Agra y Delhi y establecer la dinastía mogol. La China Ming y Moscovia apenas escaparon a un destino similar. En 1550, los ejércitos mongoles invasores de Altan Khan incendiaron los suburbios de Pekín, y en 1571 el kan de Crimea, Devlet Giray I, se acercó a las puertas de Moscú y quemó los alrededores de la ciudad.

La dinastía Ming solo logró posponer su colapso. Menos de un siglo después de la invasión de Altan Khan, fue arrasada por las tropas mongolas y manchúes que llegaron de las praderas y bosques del norte. Solo Moscovia (más tarde conocida como Rusia) logró preservar su dinastía autóctona, sobreviviendo a la amenaza y, con el tiempo, sometiendo y colonizando la estepa y a sus inquietos habitantes. Pero al hacerlo, Moscovia también se integró al mundo de la estepa, compartiendo muchas características con sus contrapartes imperiales euroasiáticas.

Este libro se centra en el papel crucial de la estepa en la formación del Estado ruso. Pero primero, ¿qué es Rusia? Desde el siglo XIX, los estudiosos de la historia rusa, tanto en Rusia como en Occidente, se han planteado esta pregunta, sin una respuesta clara entonces ni ahora. Al fin y al cabo, no tenemos dificultad en comprender las sociedades china, india o islámica, civilizaciones antiguas que parecen claramente diferentes de las occidentales. Sin embargo, Rusia sigue siendo un enigma donde la fachada de la sociedad europea oculta una civilización que escapa a una categorización precisa.

Comprender la naturaleza indeterminada de la identidad rusa tiene repercusiones directas en los problemas que enfrenta el país, tanto en el pasado como en el presente. Sugiero que, a lo largo de su historia, Rusia se desarrolló como un imperio completamente híbrido, moldeado tanto por Europa como por Asia. Hasta hace poco, los historiadores del Imperio ruso se centraban en el alcance de la influencia europea en la sociedad rusa. La mayoría seguía la famosa máxima de Catalina la Grande en sus Instrucciones a la Asamblea Legislativa de 1767: «Rusia es un Estado europeo». Pero tanto el rotundo fracaso de la Asamblea para elaborar un nuevo código legal como el curso del posterior reinado de Catalina evidenciaron una profunda brecha entre sus ilusiones y la cruda realidad del imperio.

Propongo aquí considerar a Rusia en el contexto histórico de sus vecinos euroasiáticos, especialmente los imperios otomano, persa y chino, todos ellos producto de la gran estepa euroasiática. Si bien los fundadores del Imperio mogol provenían del mundo estepario de Gengis Kan y Tamerlán, rápidamente rompieron la mayoría de los lazos con su tierra natal al construir un nuevo imperio en la seguridad de las altas montañas que los separaban de las convulsiones de la estepa. Por consiguiente, el Imperio mogol es secundario para la tesis de este libro y recibe menos atención aquí.

La mayoría de los estudiosos de la historia rusa creen que Rusia se integró en Europa a principios del siglo XVIII, cuando el recién proclamado emperador Pedro I (el Grande) transformó radicalmente la sociedad moscovita, alejándola de sus toscas costumbres y encaminándola hacia la modernización al estilo occidental. A finales de siglo, otra monarca rusa, Catalina II (la Grande), consolidó a Rusia entre los grandes imperios europeos. Las élites rusas hablaban francés, asimilaron la cultura y el conocimiento occidentales, y su país se convirtió en un imperio europeo. Las reformas de la década de 1860, conocidas como las Grandes Reformas, impulsaron al imperio ruso hacia un mundo de capitalismo industrial, e incluso la experiencia soviética del siglo XX se considera comúnmente un proyecto de modernización europea. Este es el paradigma predominante de la evolución de Rusia, y podría extenderse también a las dos primeras décadas de la historia rusa postsoviética.

Este libro cuestiona dicha visión. El texto argumenta que las reformas y los cambios previos a la década de 1860 no produjeron transformaciones estructurales en los patrones históricos rusos, arraigados durante siglos de contacto con pueblos no europeos. Solo las Grandes Reformas de la década de 1860 —en particular, la abolición de la servidumbre en 1861— impulsaron los profundos cambios estructurales que acercaron a Rusia a las sociedades europeas modernas. Pronto, las nuevas y florecientes instituciones económicas, políticas y jurídicas chocaron con el poder de la autocracia rusa, sin que existiera una vía clara para resolver el conflicto mediante una evolución pacífica. La Revolución Bolchevique solucionó la crisis combinando la modernización económica con las antiguas estructuras imperiales, y los artífices de la Rusia postsoviética acabaron haciendo lo mismo. Independientemente de la ideología, un expansionismo anticuado persistió como rasgo subyacente del Estado ruso.

En los capítulos siguientes sostengo que los imperios euroasiáticos fueron producto de la gran estepa euroasiática y que su formación política fue inseparable de la frontera esteparia. Ya sea que conscientemente rastrearan sus raíces hasta la estepa, como lo hicieron los otomanos, persas y mogoles, o que se identificaran como opuestos a ella, como lo hicieron los rusos y chinos, la cultura política de todos los imperios euroasiáticos se forjó en estrecha relación con la estepa y sus inquietos habitantes.

(…)

Espero que considerar a Rusia en el contexto de los imperios euroasiáticos revele al lector un país que no es «un acertijo, envuelto en un misterio, dentro en un enigma» como lo parecía para Winston Churchill y las generaciones anteriores y posteriores a él”.

 ©  Yale University / Michael Khodarkovsky


OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Anaclet Pons (26 de mayo de 2026). Michael Khodarkovsky: La estepa y sus imperios. C L I O N A U T A : Blog de Historia. Recuperado 15 de octubre de 2026 de https://doi.org/10.58079/169u6


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