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Kimberly Phillips-Fein: Todos no somos iguales. La Nueva Aristocracia

Si hemos de atender a lo que señalan los portales literarios, uno de los libros más esperados del año sería A Country of Lords: Neo-Aristocrats, Social Darwinists, Tech Utopians, and the Long Fight Against Equality in America (Norton), de la historiadora Kimberly Phillips-Fein. En Literary Hub, por ejemplo, nos anunciaban que “de la mano de Phillips-Fein, finalista del Premio Pulitzer, llega un libro sobre una tradición estadounidense: la lucha contra la igualdad. Lo leyeron bien: en él se encuentran las historias de figuras como «John Adams, William Graham Sumner, Andrew Carnegie, el periodista Lothrop Stoddard, Henry Ford, el psicólogo de Harvard Richard Herrnstein, Peter Thiel y otros» que «representan esta contradicción de hostilidad hacia el gobierno democrático». No creerán que es una coincidencia, ¿verdad? ”

Coincidencias pocas, porque la brecha va en aumento y las ideas que la sostienen, también. Veamos:

“Cuando era muy pequeña, cada año, el 4 de julio, mis padres colgaban una pancarta casera en las paredes de nuestro pequeño apartamento en Brooklyn Heights. En trozos de papel grueso, habían escrito las primeras palabras de la Declaración de Independencia, modificándolas ligeramente: «Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres (y mujeres) son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Recuerdo vívidamente a mi padre —quien, junto con mi madre, había participado activamente en los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra de la década de 1960— escribiendo con rotuladores negros las palabras en mayúsculas, prometiendo que somos creados iguales, merecedores cada uno, de maneras diferentes e innumerables, de la búsqueda de la felicidad.

Durante mucho tiempo se ha debatido sobre el significado, la promesa y los límites de esas palabras tan elocuentes. En su máxima expresión, articulan una visión de una sociedad en la que ningún grupo de personas ocupa un lugar especial desde su nacimiento ni se le otorgan derechos y privilegios formalmente negados a otros. Afirman que cada persona posee una capacidad moral distinta, una habilidad para comprender el mundo que la rodea, y que de esa capacidad surge un derecho igualitario a moldear nuestra sociedad, un derecho a la participación política. Y a lo largo de la historia estadounidense, al menos algunas personas han argumentado que estas ideas y la organización de la vida económica deberían corresponderse: que ningún grupo de personas debería ser tan rico como para ejercer influencia política en su propio interés o legar a sus hijos un lugar superior en el orden político y social.

Hoy, la riqueza y los ingresos en Estados Unidos se han distribuido de forma más desigual que en el último siglo. Nuestro país es el más desigual económicamente de todas las naciones desarrolladas. Y un pequeño grupo de personas extraordinariamente ricas ejerce un poder vasto y desproporcionado sobre nuestra vida política y económica. Las ideas abiertamente antiigualitarias están floreciendo: la afirmación de que la monarquía podría ser preferible a la democracia; que las sociedades autocráticas, en las que el poder se controla estrictamente desde arriba, son preferibles a las abiertas; que las personas ricas son más inteligentes, más capaces y más talentosas que las que no tienen dinero; y que la sociedad simplemente debería aceptar la concentración de la riqueza intergeneracional.

¿Por qué ocurre esto? ¿Qué ha propiciado la proliferación de estas ideas? ¿Qué beneficios ofrece este estilo de pensamiento? Al examinar los archivos, los argumentos y los debates que han moldeado nuestro país, emerge una realidad inquietante y sorprendente: una tradición oculta que defiende con vehemencia, ira y pasión la inevitabilidad y la conveniencia de la desigualdad extrema.

(…)

Estos antiigualitarios evidencian una tensión persistente en la sociedad estadounidense entre el capitalismo y la propia democracia. Que exista un conflicto entre las exigencias formales y legales de la democracia moderna y la jerarquía económica que impone el capitalismo no es una idea nueva. Existe un viejo argumento que sostiene que las personas son nominalmente iguales ante la ley, pero que tras las puertas de la fábrica no hay libertad de asociación, ni Declaración de Derechos, ni derecho de asociación o de expresión que pueda ejercerse sin la amenaza de ser despedido. La capacidad real de ejercer nuestros derechos legales y políticos —expresarnos libremente, difundir nuestras opiniones, presentarnos a cargos públicos e influir en la legislación— está intrínsecamente ligada al acceso a los recursos materiales. Muchos en la izquierda han argumentado que las promesas de libertad e igualdad se ven traicionadas por la realidad de la desigualdad material.

Este libro trata sobre personas que fueron más allá, argumentando que las reivindicaciones de igualdad y libertad no deberían tener un estatus especial. Argumentaban abiertamente que una sociedad jerárquica basada en clases sociales estables y fijas —con enormes concentraciones de riqueza en la cima— era el ideal al que Estados Unidos debía aspirar. Rechazaban los intentos de crear mayor movilidad económica por considerarlos peligrosos y desestabilizadores. A menudo, lo hacían en momentos en que la riqueza, en realidad, se concentraba y controlaba en manos de cada vez menos personas. Sus argumentos nos muestran cómo una sociedad extremadamente desigual contribuye a inspirar defensas ideológicas y filosóficas de la desigualdad, que en última instancia terminan por moldear la política general del país. Analizar detenidamente este conjunto de ideas es especialmente importante en nuestro contexto contemporáneo, mientras luchamos por comprender su resurgimiento. Estas figuras ejercían un innegable carisma, al igual que sus ideas. Muchos fueron responsables de inventos y empresas que realmente transformaron la sociedad, al tiempo que los enriquecieron extraordinariamente. Hablaban y escribían con apasionada convicción, movilizando a sus lectores y oyentes a participar en una gran lucha. Veían la vida económica cargada de significado moral, incluso de aventura. Incluso su burla de las ideas estadounidenses sobre la igualdad tenía una carga transgresora y estimulante, como si proclamaran verdades ocultas por reformadores hipócritas que enseñaban que era erróneo aspirar al poder.

Sin embargo, al mismo tiempo, por muy seductoras que resultaran sus ideas para muchos, estos pensadores volvían constantemente a los ideales igualitarios. Apasionadamente comprometidos con sus oponentes, dedicaban mucho tiempo a debatir contra aquellos a quienes pretendían descartar sin más como ingenuos y necios. Incluso cuando buscaban confianza y certeza, los atormentaban los ideales más antiguos de igualdad, justicia y dignidad humana, que seguían moldeando su conciencia. Ante desafíos internos y externos, formulaban sus teorías en respuesta, contrarrestando a sus antagonistas imaginarios como si solo pudieran conocer sus creencias luchando contra aquellos a quienes percibían como sus enemigos.

Para comprender la creciente hostilidad hacia la democracia estadounidense que observamos en nuestro país, para contrarrestarla y defendernos de ella, necesitamos explorar las raíces de estas ideas en nuestro pasado común y la forma en que se han infiltrado en la política contemporánea. Necesitamos lidiar con la persistencia de estas ideas no solo en la extrema derecha, sino también en círculos mucho más convencionales. Nos guste o no, estas ideas reaccionarias, forjadas en conflicto con el igualitarismo, forman parte de nuestra herencia política común tanto como nuestra fe en la igualdad.

Nuestra sociedad se ha vuelto tan profundamente desigual que el mayor misterio podría ser que los ideales igualitarios aún sobrevivan. Pero sobreviven, y se manifiestan incluso en las ambivalencias de los defensores más acérrimos de la desigualdad. El mundo que estos pensadores, escritores y empresarios forjaron y defendieron ha moldeado el nuestro profundamente, proporcionando un corpus de pensamiento que contribuye a mantener las divisiones económicas, materiales y políticas de nuestros días. Sin embargo, como demuestran las historias que se desarrollan en estas páginas, quizás ni siquiera los defensores más firmes de la jerarquía estén convencidos de que esto sea siempre lo mejor, por no hablar del resto de nosotros. Puede que se nos diga que aceptemos la cruda realidad de una sociedad duramente dividida. Pero la intuición esencial —que todos somos creados iguales— aún abre la posibilidad de un mundo diferente”.

© W. W. Norton & Company Ltd. / Kim Phillips-Fein 

Simon Layton: En aras de la modernidad imperial o la piratería como categoría de análisis histórico

Los seguidores de esta bitácora recordarán que en abril escribíamos sobre Manuel Barcia  y su Pirate Imperialism, señalando que lo hacíamos  “a la espera de que Simon Layton nos informe sobre su próximo Piratical States”. Y ya lo tenemos en las librerías.

Dice el editor que su autor, Simon Layton, ofrece un estudio innovador y de profunda investigación que desmitifica nuestra concepción de los piratas en la historia mundial. Lo hace animando a ir más allá de los paradigmas atlánticos del siglo XVIII, que los presentaban como individuos renegados o colectivos revolucionarios, situando la piratería como concepto central del proyecto imperial británico en Asia durante el siglo XIX.  Todo lo anterior en Piratical States. British Imperialism in the Indian Ocean World, c.1780–1850 (Cambridge UP).

El libro no analiza un tema novedoso, pero sí lo hace con una perspectiva fresca. Para ello, repasa buena parte de la historiografía, desde el clasicista Philip de Souza hasta Lauren Benton, sin olvidar a Anne Pérotin-Dumon, a Marcus Rediker, a Mark G. Hanna o incluso a Hobsbawm y Hill, entre otros. Y concluye;

“Debería ser un punto de consenso historiográfico que la piratería, como construcción artificial creada en nombre de estados egoístas e imperios en expansión, ya no puede ser utilizada por los historiadores serios como una descripción normativa de ningún fenómeno relacionado con la depredación marítima. Desde su origen, ha funcionado bien como un discurso peyorativo para facilitar actos transgresores de violencia estatal, bien como un símbolo invertido de la violencia infligida como forma de resistencia. Sin embargo, sucesivos académicos (y sus editores con visión de mercado) que afirman representar historias “generales” o “completas” de la piratería todavía parecen deleitarse con la aplicabilidad aparentemente universal del término, a través del tiempo y “a través de los siglos… hasta nuestros días”.  Angus Konstam persiste en llamar a la piratería un “azote” que “ha existido desde que el hombre se hizo a la mar por primera vez”; un “crimen… tan antiguo como la civilización misma”.  La afirmación de Gosse de que “la piratería, como el asesinato, es una de las actividades humanas más antiguas registradas” ha sido reiterada y reelaborada, desde que publicó The history of piracy en 1932, por Peter Earle, quien nos asegura que la piratería es “tan antigua como el comercio marítimo del que se aprovecha”. Este libro no está de acuerdo con que «el primer pirata fue probablemente un matón neolítico en un barco de piel», ya que tal noción solo oscurece al pirata «real», que existió como una proyección, un reflejo y un espectro del poder estatal”.

Ese es el punto de partida, aunque no es así como empieza, de modo que podemos volver atrás:

“(…)

A medida que el Imperio Británico extendía su alcance militar, económico y político a más aguas del mundo del Océano Índico, sus “hombres sobre el terreno” se sentían cada vez más justificados al exigir la extirpación total de aquellos que navegaban desafiando las supuestas leyes inmutables del progreso y la civilización. Desde finales del siglo XVIII, los europeos olvidaron sus antiguas vulnerabilidades entre el “viejo orden” de las comunidades mercantiles del Asia marítima, donde los grandes imperios agrarios habían “vivido en una contienda simbiótica” con las sociedades litorales. Desde los Caballeros de Malta hasta los Bugis de Sulawesi, las ciudades portuarias autónomas y los “estados marítimos” florecieron junto a los centros de poder político y producción territorial, conectando culturas y economías a través de mares y vías fluviales distantes. Ya sea que compitieran con ciudades portuarias rivales o apoyaran a los gobernantes territoriales de sus respectivos territorios interiores, dichas comunidades invariablemente “tomaban su parte” de las ganancias del comercio costero y marítimo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, «todos habían desaparecido o habían sido sometidos».  Su poder político y sus ventajas estratégicas fueron sistemáticamente usurpados, socavados y, en última instancia, aislados de las corrientes comerciales más valiosas y del poder político que de ellas se derivaba. Estas décadas han sido consideradas durante mucho tiempo como las décadas «en las que el poder militar y naval británico se fusionó con la revolución tecnológica europea para redibujar el mapa civilizatorio del Océano Índico». En los espacios que comprenden el alcance de este estudio, los súbditos de los estados supuestamente «piratas» fueron absorbidos por las estructuras imperiales de comercio, impuestos y gobierno, o bien dispersados ​​o destruidos. Ser «castigados como “piratas” por los comandantes de la Marina Real Británica», escribe C. A. Bayly, representaba la última humillación para quienes alguna vez habían gobernado las «fronteras marítimas de los estados».

Este libro analiza el desarrollo de un discurso pernicioso de castigo que obligó a los pueblos marineros a sacrificar su soberanía en aras de la modernidad imperial. El término «pirata» se aplicaba sin duda a comunidades y entidades políticas costeras dispares, cada una con sus propias motivaciones, alianzas y capacidades militares, y cada una reivindicando legitimidad política y cultural en sus propios términos, dentro de una constelación más amplia de estados complejos y economías convergentes. Enmarcados conceptualmente de esta manera, los piratas permanecen necesariamente como habitantes esquivos de los océanos de la historia mundial, desafiando y, a la vez, definiendo el derecho axiomático del soberano a la violencia. Un alcance oceánico invita a los historiadores a desafiar las restricciones de soberanía que distinguen el poder estatal, cuestionando los supuestos inherentes a la “libertad del mar” tal como la articularon Hugo Grocio y otros en el siglo XVII contra las pretensiones papales predominantes.  Aunque con demasiada frecuencia defienden la largamente asumida atemporalidad y universalidad del pirata, los académicos están comenzando a liberar a los cautivos “subalternos salados” de este concepto de su purgatorio archivístico, iluminando historias alternativas más sensibles a las visiones del mundo de sus sujetos y las presiones que condicionaron a sus respectivas comunidades.   Sin carecer de política ni identidad, importantes estudios continúan iluminando cómo aquellos prosaicamente etiquetados como “piratas” en los archivos coloniales vivieron sus vidas como comerciantes, mercenarios, peregrinos, pilotos y pescadores, personas que pertenecían a un mundo oceánico integrado mientras mantenían activamente pretensiones de legitimidad marítima. Ya sea que presentaran reclamaciones contra las incursiones europeas, participaran en sus propios conflictos marítimos locales o transgredieran las fronteras porosas y simuladas de regímenes sobreextendidos, los «piratas» solo se convertían en tales cuando se enfrentaban a los intereses creados de potencias más grandes empeñadas en su destrucción. Por lo tanto, el discurso en sí mismo no solo servía como justificación, sino también como una función vital del imperialismo, parte integral de los mitos hegemónicos que los europeos internalizaron y proyectaron en el Océano Índico.

(…)

Considerando específicamente la presencia del término piratería en el archivo colonial, el objetivo central de este libro es evaluar cómo este discurso recalibró la ambigüedad constructiva de la piratería al esencializar las identidades de los pueblos juzgados como piratas y al proporcionar marcos intelectuales para las campañas militares y las masacres localizadas que rara vez afloran en las historias imperiales y navales. Al hacerlo, sitúa el poder marítimo británico de lleno en los argumentos contemporáneos a favor del imperialismo, la civilización y la acumulación de derechos que se formulan dentro de las emergentes doctrinas «liberales» del imperio. Al centrarse específicamente en la piratería como discurso, este libro no intenta englobar la miríada de visiones del mundo e identidades culturales de todos aquellos que fueron tachados de piratas por los británicos. No sigue, por ejemplo, a Sugata Bose, al intentar rastrear una cultura cohesiva o duradera de «resistencia cotidiana» o «anticolonialismo extraterritorial y universalista» entre las comunidades «piratas» del mundo del Océano Índico. Al explicar la piratería como una «categoría de actividad asiática subversiva», este libro busca, en cambio, cuestionar la uniformidad abstracta del concepto a lo largo del tiempo y el espacio. No se pregunta quiénes eran los piratas, sino cómo llegaron a serlo en las fronteras de un imperio en expansión.

(…)

(…)  Los piratas fueron deshumanizados en la tradición intelectual occidental a través de continuas asociaciones con bestias y monstruos de diversa índole, y, por lo tanto, fueron despojados de su humanidad y de cualquier derecho legal asociado a ella. A pesar de todo su célebre empirismo, Francis Bacon exclamó que los piratas estaban «completamente degenerados de las leyes de la naturaleza», revelando «en su mismo cuerpo y estructura una monstruosidad». Grocio también arremetió contra la «depravación mental» del pirata, que «lo aisló de la sociedad humana y lo convierte para mí, y para todo el mundo, en un enemigo». «La guerra más justa», afirmó en De Jure Belli ac Pacis, «se libra contra bestias salvajes y rapaces» —«y, después, contra hombres que son como bestias»—. El filósofo alemán Christian Wolff llamó a los piratas «monstruos salvajes de la especie humana», mientras que su contemporáneo suizo, el jurista Emmerich de Vattel, los consideró «monstruos indignos del nombre de hombres».

Este lenguaje aún influye negativamente en gran parte de la literatura sobre piratas y piratería. Los piratas reaparecen constantemente como monstruos que «acechan» en aguas poco exploradas; «alimañas» que deben ser exterminadas; «plagas» y «epidemias» que deben ser «erradicadas» y «limpiadas». Incluso entre los análisis más académicos, es cierto que el lenguaje peyorativo sigue condicionando aspectos centrales de los argumentos y enfoques de los historiadores. La persistencia de tales caracterizaciones, que describen e implícitamente alegan una caída en desgracia de la civilización, sugiere que desplazar físicamente al pirata de las aguas del Atlántico y el Mediterráneo ha resultado más fácil que superar el eurocentrismo de la piratería como categoría de análisis histórico. La aceptación casual de la transmutación discursiva de los piratas en habitantes esencializados de un estado de naturaleza hobbesiano es en sí misma un legado de un discurso imperialista que puede rastrearse desde la antigüedad hasta el presente, y que, como muestra este libro, resurgió con un efecto devastador cuando los británicos ensangrentaron las aguas del mundo del Océano Índico”.

© Cambridge University Press / Simon Layton

Tom Cutterham: La Revolución Americana, un capítulo de la lucha constante de la clase trabajadora

Ya nos hemos referido a la efeméride norteamericana del año, pero esta vez lo haremos desde abajo,  Porque, la lucha de clases también fue una parte crucial de la Revolución Americana, como decía hace poco el historiador Tom Cutterham en las páginas de la revista Jacobin.  Y continuaba señalando que dicha Revolución “estuvo ligada a un auge de la actividad política de la clase trabajadora a ambos lados del Atlántico. La lucha contra el dominio británico se desarrolló paralelamente a otra lucha por el control de los Estados Unidos tras la independencia”. Y todo ello no es sino un paratexto de su nuevo libro: Empire Ablaze. The American Revolution and the Atlantic Working Class (Verso).

Veamos:

«Recuerden a John el Pintor», escribió un revolucionario anónimo de Nueva Jersey en el verano de 1780. «Era un hombre pobre», completamente desprovisto de las formas habituales de poder: riqueza o estatus, amigos influyentes, control de los recursos estatales. Sin embargo, el daño que había causado a la maquinaria bélica del Imperio Británico en llamas era innegable.

¿Y la destrucción que casi provocó? Incalculable.

El año 1780 fue el quinto año de una sangrienta guerra civil en el Imperio Británico. Iniciada como una lucha por el autogobierno colonial, se había convertido en otro conflicto global sobre quién dominaría un mundo de comercio, conquista y esclavitud. Los patriotas aún lamentaban la pérdida de Charleston y de un ejército de 5000 hombres que necesitaban con urgencia. Pero tenían motivos para la esperanza, y entre ellos estaba la historia del hombre llamado John el Pintor (nombre real, James Aitken) y sus extraordinarios actos de sabotaje. El esfuerzo bélico británico dependía, sin duda, de su poderío naval. Si alguien como Aitken pudo incendiar un astillero real, entonces siempre debía existir la posibilidad de que hombres y mujeres comunes pudieran derrotar a la clase dominante más poderosa que el mundo jamás había visto. Por eso valía la pena recordar a Aitken.

A principios de la década de 1760, cuando la crisis que condujo a la Revolución Americana apenas comenzaba, Gran Bretaña reclamaba un imperio que se extendía desde el delta del Ganges en Bengala hasta los pantanos y bosques del oeste de Florida, incluyendo docenas de islas del Caribe, varios fuertes costeros de África Occidental y las costas atlánticas de Norteamérica continental. El comercio era el pilar de este imperio, tanto por lo que se construyó como por lo que se financiaba. Té y seda de la lejana China, algodón de la India, azúcar de Barbados y Jamaica, arroz de Carolina del Sur y tabaco de Virginia, y pescado de las costas de Nueva Inglaterra y Nueva Escocia: todo esto y mucho más se transportaba cada año a través de los océanos en una flota mercante de miles de barcos para satisfacer las necesidades de los consumidores británicos y contribuir, mediante impuestos, con los ingresos cruciales del Estado británico. Sin embargo, centrar nuestra atención en las mercancías en sí mismas conlleva el riesgo de desviar la atención del ámbito oculto en el que se producían y distribuían: el trabajo, con su sudor y esfuerzo, del que dependía el comercio del Imperio Británico. Esto incluye todo el trabajo, realizado mayoritariamente por mujeres, que mantenía a la población en marcha y criaba a los hijos que, a su vez, se convertían en trabajadores. Para que toda la maquinaria del poder británico sobreviviera, se necesitaban millones de hombres y mujeres trabajadores cuyos cuerpos proporcionaban la fuerza y ​​la habilidad para fabricar los productos que la gente deseaba y llevarlos a donde debían estar. Aitken era uno de ellos. Era pintor de casas, lo que significaba que mezclaba los ingredientes de las pinturas y luego las aplicaba a escaparates y viviendas, a veces también a letreros. Al hacerlo, hacía del mundo un lugar un poco mejor.

Entre estos millones de trabajadores del Imperio Británico, aproximadamente 1,5 millones se encontraban esclavizados en cualquier momento dado en vísperas de la Revolución Americana. Dos tercios de estas personas vivían en el Caribe, y la mayor parte del tercio restante en el continente norteamericano, pero también había miles de personas esclavizadas en Gran Bretaña. Su esclavitud fue la forma más brutal e intensa de opresión explotadora jamás puesta en práctica. Se basaba, en parte, en el uso de la construcción de la raza: la creación de un “otro” racial mediante marcadores como el color de la piel, lo que generaba un profundo prejuicio en la forma en que la mayoría de las personas blancas percibían a quienes definían como negros. El comercio transatlántico de esclavos, que transportó a millones de africanos a la muerte o la esclavitud, fue un componente importante del imperio británico en el siglo XVIII.

Ese imperio también se construyó sobre la conquista y la expropiación territorial. Desde la llegada de los colonos ingleses a Norteamérica en el siglo XVII, el uso que hicieron del suelo y su transformación en propiedad privada dependió de otra forma de prejuicio racial, esta vez contra los pueblos indígenas. Los colonos pronto comprendieron que las reivindicaciones de los nativos americanos para controlar y proteger la tierra, por muchas veces que se reafirmaran mediante tratados, nunca prevalecían sobre su propio deseo de ocuparla y utilizarla. Es más, estos dos sistemas de pensamiento racial funcionaban conjuntamente, pues la esclavitud a tal escala solo podía establecerse en colonias lejanas, donde la mano de obra era escasa y los esclavistas podían dominar sin la resistencia de una población trabajadora más amplia. La esclavitud de los pueblos indígenas no hizo sino profundizar la intrincada relación entre esclavitud y conquista, mientras el continente se transformaba en beneficio de los europeos.

La resistencia a la explotación, ya sea a nivel individual o imperial, es la fuerza histórica que da vida a la historia de este libro. (…)

(…)

No es que los historiadores hayan ignorado el problema de la paradoja de la libertad en Gran Bretaña. Catherine Macaulay, una de las grandes críticas de las pretensiones británicas de libertad, fue historiadora de las revoluciones del siglo XVII. Más recientemente, en 1949, el académico de Cambridge Herbert Butterfield reconoció que en 1780 la clase dirigente británica se enfrentó a una especie de «momento revolucionario», su equivalente a la toma de la Bastilla en Francia nueve años después. Una rica e importante línea de investigación, desde Caroline Robbins hasta Linda Colley y Kathleen Wilson, ha analizado cómo el imperio, el comercio y la conquista moldearon las concepciones británicas de libertad en el siglo XVIII. Los historiadores de las décadas de 1960 y 1970 buscaron en la política «radical» de dos siglos antes pistas sobre las posibilidades de su propia época.

Sin embargo, relativamente pocos han intentado situar la lucha de la clase trabajadora por la libertad en el centro de sus relatos. La mayoría de los libros sobre la Revolución Americana narran la formación de una nación, aunque un número creciente aborda las fronteras de la exclusión de esa nación y las luchas de quienes fueron excluidos. La historia de este libro no trata sobre el nacimiento de una nación ni la fundación de los Estados Unidos. Trata sobre una revolución que amenazaba con transformar el mundo atlántico al derrocar al Imperio Británico. Lo que podría surgir en lugar de ese imperio, a ambos lados del océano, era una incógnita. Tales incertidumbres son naturales en las revoluciones. Son lo que sucede cuando miles de personas se rebelan contra sus gobernantes y las normas que los oprimen.

Si este libro pretende continuar la tradición de algún otro, es la de La Hidra de la Revolución de Peter Linebaugh y Marcus Rediker. Publicado a principios del milenio, ese libro retomó la historia desde abajo, iniciada una generación antes, y la aplicó al vasto panorama del Atlántico británico a lo largo de dos siglos. Narraba historias de las variopintas tripulaciones de marineros y estibadores de diversas razas, sin mencionar a piratas, esclavos rebeldes y revolucionarios, que lucharon por un interés común: la posibilidad de la libertad. También mostraba cómo el Estado moderno, que surgió en ese mismo momento, se formó en la lucha por esa causa común.  Empire Ablaze es un libro más breve, con ambiciones menos épicas. Nos recuerda que la Revolución Americana tuvo lugar en medio de esa gran lucha, surgió de ella y contribuyó a moldearla; una razón por la que todos deberíamos interesarnos por la revolución, vivamos en cualquier lado del Atlántico.

(…)”.

© Tom Cutterham / Verso

Erin Maglaque: La historia oculta del cuerpo femenino

PW, una de las biblias del libro, decía a principios de año: “Maglaque, investigadora de la Universidad de Sheffield en Gran Bretaña, debuta con una impresionante obra sobre la historia del cuerpo femenino, utilizando el suyo propio como modelo”.  Por si fuera poco, esa breve nota laudatoria fue seguida por una muy interesante entrevista en la NYREV en la que, a preguntas de Chandler Fritz, hablaba de sus intereses, particularmente la genealogía del feminismo antes de que existiera el canon, mirando más allá de los géneros, y sobre ese primer libro, en el que se interesaba especialmente por “los deseos de las mujeres más comunes de la Edad Moderna que no escribieron, cuya presencia nos llega solo a través de retazos y fragmentos”. Solamente añadir que las biblias también pueden exagerar en algún punto, lo que en este caso significa que el libro no es el debut de esta historiadora norteamericana, pues lo fue la publicación en 2018 (Cornell UP) de su tesis doctoral.

En todo caso, y aunque la cronología no se ajusta a lo habitual en esta bitácora, no quedaba otro remedio, había que revisar este Presence. A Hidden History of the Female Body (Jonathan Cape), de Erin Maglaque.

Veamos:

“En 1610, Lucia Pivinelli compareció ante un juez en Bolonia. Fue acusada de infanticidio. Pero Lucia sabía que no había matado al bebé. Se mantuvo firme en la verdad en el tribunal, en prisión y bajo tortura; proclamó la verdad de nuevo cuando las comadronas del tribunal examinaron su cuerpo. No vaciló en su relato ni siquiera cuando su expareja, Sabatino, la llamó mentirosa en el tribunal, ni cuando el juez la presionó una y otra vez para que admitiera que había matado a su propio hijo. Finalmente, Lucia no pudo más. Puedo oírla, exasperada y resuelta: «No nació vivo», declaró al juez, «y nunca podré explicar por qué, y no puedo hacer nada al respecto… Dios quiso que naciera muerto, y no sé qué pensar». La voz de Lucia resuena con desafío. Decía la verdad. «Que Dios me perdone todos mis pecados», dijo, «pero que jamás me perdone este». No se había cometido ningún delito; no había nada que perdonar. Lucía tenía poco más de veinte años. Había dado a luz hacía menos de dos semanas.

«No sé qué pensar de esto». Al leer las palabras de Lucía, me impactó no solo su audacia, sino también la forma en que expresaba su propia incertidumbre. «No sé qué pensar de esto». Yo tampoco. Había dado a luz, amamantado; había estado embarazada, había abortado; mi sueño se había roto. Había luchado con nuevos deseos: libertad, una nueva forma de escribir, una independencia más auténtica. Y sabía que me había transformado, que era una persona diferente a la que había sido, pero no sabía qué pensar de ello. No tenía las palabras para describir estas transformaciones. Las sentía en carne propia, pero no podía darles sentido. Había experimentado esa incertidumbre como una vergüenza ardiente, como algo que, tal vez, requería perdón. Pero en la declaración de Lucía ante el tribunal vi que esa incertidumbre sobre el cuerpo —que, al fin y al cabo, es incertidumbre sobre la vida y la muerte— podía transformarse en una forma de desafío.

Mi cuerpo se había erigido como la cuestión más urgente de mi vida. No siempre había sido así. Durante mis veinte, mi cuerpo había sido una especie de complemento de mi intelecto. Me había dedicado a la vida intelectual: en universidades, aulas, archivos, mientras me formaba como historiador. Permanecía muy quieto, transcribiendo documentos muy antiguos en salas de lectura muy antiguas. No le daba mucha importancia a lo que vestía, comía, cómo dormía, bailaba o tenía relaciones sexuales. Estaba aprendiendo metodología histórica, erudición, lenguas muertas, teoría, y mi mente se expandía. Leía mucho. Cuando mi cuerpo me molestaba ocasionalmente —con un flechazo inoportuno, hambre o después de una mala noche— apartaba esas necesidades, las enterraba en el trabajo. Sabía que mi mente era distinta de mi cuerpo. Sabía que mi mente era más poderosa que la carne y sus necesidades. Esto sería fácil.

Y lo fue.

La primera señal de que ignorar el cuerpo no sería tan fácil llegó cuando tuve un aborto a finales de mis veinte. El aborto es una experiencia que inunda el cuerpo, que lo recorre todo, como lo describe la escritora Annie Ernaux. Su poder físico es ineludible, pero intenté escapar de él. Al día siguiente, con náuseas y una hemorragia abundante, ayudé a organizar una conferencia académica. Hice fotocopias; preparé café. Empecé a sospechar que algo no había hecho bien. Pero logré apartar esas dudas, porque si bien un aborto es inolvidable, termina. Terminó, y pude regresar a la tranquilidad de saber que mi vida intelectual permanecía intacta, ajena al cuerpo y su caos. Mi control sobre mi cuerpo se había debilitado por un tiempo, pero solo por un tiempo.

No creo haberme equivocado al entender mi cuerpo de esta manera a los veinte años: como algo periférico, controlado por la mente. En cierto modo, esta comprensión del cuerpo se ajustaba al feminismo con el que había crecido y a la historia de género que me habían enseñado en la universidad. El cuerpo físico era irrelevante. Había algo incómodo en afirmar que la experiencia física era el terreno común del feminismo. No tenía por qué hacerlo. Era una intelectual. Aprendí la diferencia entre sexo y género, y luego ignoré el sexo y escribí historias de género: sobre ideas acerca de la masculinidad y la feminidad, sobre las cambiantes expectativas e ideales de la feminidad, sobre las formas en que el género se había construido históricamente. Esto parecía inteligente, incluso ilustrado.

Pero tras el nacimiento de mi hijo, esa comprensión se hizo añicos. La noche del parto fue «una noche que habría matado a un caballo»: así describió su experiencia Elizabeth Armitage, una mujer soltera que dio a luz en 1682. Sentí una punzada de reconocimiento ante la brutalidad de su frase, en su sencillez y en su negativa a darle sentido al dolor. Antes, había ejercido mi autonomía corporal con naturalidad. Pero en una sola noche, esa autonomía desapareció, y parecía que se había ido para siempre. No había tenido control alguno sobre el proceso del parto. Y durante los muchos meses siguientes, la libertad y la autonomía siguieron eludiéndome. La lactancia, el hambre voraz, el sueño interrumpido: mi cuerpo parecía nacer arrastrado por la marea de las necesidades de otro. Y lo más preocupante de todo era que no podía escribir. Mi sentido del tiempo se había fracturado, y yo era historiadora: el tiempo era mi medio. No tenía nada que decir.

(…)

Soy historiadora de la Europa de la Edad Moderna. La Edad Moderna europea —es decir, entre aproximadamente 1500 y 1800— no es ni moderna ni antigua; ocupa un lugar incómodo entre la extrañeza del pasado medieval y la familiaridad de la Edad Moderna tardía. Fue un período en el que lo arcaico se codeaba con lo sorprendentemente cercano: un período en el que se aceptaban tanto la levitación como la vacuna contra la viruela, la brujería y la teoría de la gravitación universal. La Edad Moderna dramatiza el problema del reconocimiento. En los archivos de la primera modernidad, hay tanto que resuena con mi propia experiencia: la corporalidad, el deseo, la maternidad. Y, sin embargo, hay tanto que resulta irreconocible. Al intentar discernir entre esta evidencia contradictoria, comprendí que anhelaba ambas cosas. Anhelaba esos momentos electrizantes de reconocimiento —en carne y en la imaginación— que han hecho presente el pasado para mí. Pero también anhelaba la profundidad del archivo, sus particularidades, sus fragmentos inexplicables y sus sorpresas; anhelaba el lenguaje extraño y hermoso del pasado, sus ideas ajenas y su resistencia a nuestros propios propósitos.

(…)

Gran parte de lo que consideramos profundo y natural sobre el cuerpo femenino, la belleza, el deseo, el trabajo de las mujeres y la maternidad es, en realidad, histórico y, a menudo, bastante reciente. Se forjó en el siglo XVIII. Existe otro mundo, un mundo desaparecido del pasado preilustrado, donde la imaginería del cuerpo femenino, de la sexualidad, el trabajo y el placer era más variada y, a veces, más libre. En los capítulos que siguen, analizo algunas de las transformaciones del siglo XVIII: cambios en la comprensión médica del cuerpo femenino, de la fisiología y la concepción; el paso de la lactancia materna a la lactancia materna, la creciente maternalización del cuerpo femenino, el confinamiento de las mujeres en el hogar y la vida doméstica; la negación y desaparición del placer erótico femenino. Vivimos bajo la estela de estas transformaciones, pero son superficiales. En los archivos de la Edad Moderna se encuentran otras posibilidades. Estos archivos pueden ser fuente de inspiración para nuestras propias reivindicaciones de libertad; el estudio del pasado más remoto puede mostrarnos que alguna vez imaginamos formas de vida diferentes, y que podríamos volver a hacerlo.

En 1587, una mujer llamada Elisabetta fue llevada ante la Inquisición en Venecia por practicar magia amorosa. Había comprado una vela al diablo, la usó para proyectar la sombra de su cuerpo desnudo en una pared y luego se dirigió a su sombra y le dijo: «Buenas noches, mi sombra, mi hermana», y la envió a su amante. Así comencé a ver a las mujeres en mis archivos incompletos: divididas en dos, persiguiendo sus deseos, reivindicando una libertad que aún resonaba en el presente. Así comencé a ver la Edad Moderna temprana y sus imágenes del cuerpo en toda su variedad: como sombras parcialmente ocultas por las transformaciones del siglo XVIII. Pero también comencé a ver las sombras de mis propios yoes sumergidos. Los deseos de la adolescencia, que resurgieron en los años posteriores al nacimiento de mi hijo. Una necesidad de independencia que, durante mis veinte, transformé en otras necesidades. El anhelo de una vida dedicada a la escritura, que brotara de la carne; que utilizara la experiencia corporal no solo como material, como memorias, sino como método. Copié las palabras de Elisabetta en mi cuaderno. Reflexioné sobre cómo nos dividimos para seguir los caminos de nuestros propios deseos. Perseguí su sombra.

Quería no solo escribir una historia del cuerpo femenino, sino un libro que convirtiera el cuerpo en método. Comencé con la pequeñez de mi propia vida. Existe este fragmento, escrito por una sirvienta doméstica en Cornualles en 1795: «En cuanto a mí, he cuidado de la niña día y noche, así que no tengo tiempo para escribir, pues no me deja quedarme despierta después de que se va a dormir. Querido hermano, espero que disculpe este pergamino, pues lo he escrito con la niña en brazos». Su cuerpo no es ajeno al mío. Está tan presente que puedo sentir el peso vivo e inquieto de la niña en mis brazos, mis músculos doloridos. Estoy acostada en la cama junto a una niña inquieta que «no me deja quedarme despierta», que necesita mi presencia, mi calor, mi piel y mi aroma pegados a él para dormir. Mi cuerpo está inflamado por su frustración, pues «he escrito esto con la niña en brazos». El fragmento es un trozo de espejo. Me veo reflejada en él. Percibo este reconocimiento no en el lenguaje, o no solo en el lenguaje, sino en mi carne, en mis músculos, en la presión de la piel contra la piel. Y sin embargo: Su cuerpo es suyo, y el mío es mío. Mi experiencia —limitada y parcial— también está marcada por la historia. Mis deseos, frustraciones y capacidades, mis propias afinidades inquietas con mi sexo, han sido moldeadas por el pasado que también es el tema de este libro. No existe una experiencia universal o esencial de la feminidad, del cuerpo femenino, desde la cual escribir, una que trascienda todas las particularidades de la historia. El libro es un registro de esta inquietud; de un salvaje vaivén entre el reconocimiento y el extrañamiento, la universalidad y la especificidad, el dolor, la frustración y la alegría del cuerpo como método para adoptar una perspectiva limitada.

Esta es una historia del cuerpo femenino siempre en movimiento, nunca estático, sino, como escribe Denise Riley, «en pleno vuelo»: trabajando, deseando, alimentándose, meciéndose, girando, muriendo. Escribir una historia del cuerpo femenino es, principalmente, escribir una historia del trabajo de las mujeres. Pero también es una historia de cómo mi cuerpo, en toda su particularidad, fue y sigue siendo moldeado por el arrollador paso de esa historia a través de la carne. No hay nada definitivo ni resuelto en esta historia, ni posibilidad de resolución. Pero hay mucha energía. Pasé mucho tiempo negando mi propia inquietud, confundida o avergonzada por deseos que no se calmaban. Al escribir este libro, aprendí que el cuerpo, el género, el deseo: no son problemas que deban resolverse. No querríamos resolverlos. No hay una palabra final, solo movimiento. Al reconstruir este archivo fragmentario de la búsqueda de libertad corporal de las mujeres en el pasado, vi que estas mujeres estaban reivindicando el presente: sobre mí, sobre nosotras. Y esas reivindicaciones están inconclusas. Su libertad aún pende de un hilo, al igual que la nuestra. De esta manera, el pasado no ha terminado y nunca podrá terminar. El pasado es presencia”.

©  Penguin Books Ltd. /  Erin Maglaque

David Turner: Diversidad/Discapacidad, una historia de derechos y dignidad defendidos con uñas y dientes

Hablemos de “diversidad”. Se podría hacer con la historiadora Lorraine Daston y su Diversity. The History of a Wandering Value (CEU Press), de próxima aparición. En realidad, se trata de las “2025 Natalie Zemon Davis Memorial Lectures” que impartió en marzo del año pasado bajo los rótulos de “Diversity as Beauty”, Diversity as Efficiency” y “Diversity as Justice”.

Ahora bien, lo que ella analiza es cómo “la diversidad, hasta hace unas décadas confinada en gran medida a los ámbitos estético y orgánico, ha adquirido una profunda relevancia política y moral. Universidades, empresas y gobiernos son ahora juzgados por el grado de diversidad que logran entre sus líderes y reconocen entre sus ciudadanos. Los valores tradicionales del sistema político liberal, como el de honrar el mérito sin distinción de credo, raza, sexo o etnia, han sido eclipsados ​​progresivamente por valores que prestan especial atención a estas y otras características distintivas”. A partir de ahí, analiza su origen, en la estética, y muestra cómo en el siglo XVIII se critica la estética del exceso, el ornamento y la variedad desordenada, logrando asociar la diversidad con el mal gusto. Para finalizar, inspirándose en el renacimiento de Sudáfrica tras el apartheid como una «nación arcoíris» en la década de 1990, expone cómo la diversidad se convirtió en un valor moral y político que redefinió la justicia como inclusión: “si bien las reivindicaciones de diversidad suelen formularse en términos de justicia reparadora, la rápida aceptación de la diversidad como valor político se debe en gran medida a resonancias anteriores con versiones estéticas y económicas de la diversidad como valor.

Pero hay otras formas de diversidad, u otros sentidos. Es lo que hace el historiador social y cultural  David Turner, cuya especialidad no es nada habitual: discapacidad, medicina, género y cuerpo. De ello dan buena cuenta su premiado libro Disability in Eighteenth-Century England: Imagining Physical Impairment  (Routledge, 2012) y su proyecto con Daniel Blackie sobre “Disability and Industrial Society: a Comparative Cultural History of British Coalfields 1780-1948″, del que surgió  Disability in the Industrial Revolution (Manchester UP).

El profesor Turner dice que una pregunta clave que guía su investigación y docencia es: “¿qué sucede con nuestra comprensión del pasado cuando colocamos en el centro de la historia a las personas normalmente marginadas de las narrativas históricas? ” La respuesta nos llega con Disability. A History of Resistance (Bodley Head), cuyo prólogo -«Rescatando a mis compañeros de sufrimiento del abandono y el olvido»- empieza con un caso ejemplar, el del ciego James Wilson, que “en 1821, tras siete años de minuciosa investigación y viajes por toda Irlanda para persuadir a mecenas a que apoyaran su proyecto, publicó Biography of the Blind, el primer libro en inglés que se centraba en las experiencias históricas de las personas con discapacidad. Y su propia historia era tan fascinante como las vidas de las personas cuyas historias buscaba recuperar”.

Tras recuperar brevemente  esa fascinante trayectoria vital, empieza la introducción propiamente dicha, en la que, ya promediada, hay con una aclaración sobre el término que se utiliza:

“Este libro utiliza el término «discapacitado» para describir a personas con deficiencias físicas, sensoriales o intelectuales que, junto con factores ambientales y actitudes sociales hacia la diferencia corporal, impactaban su vida diaria y afectaban la forma en que eran percibidas y tratadas por los demás. Sin embargo, el significado de la discapacidad es fluido, no fijo, y cambia con el tiempo. La cuestión de cómo era la vida de las personas con discapacidad en el pasado está íntimamente ligada a la cuestión de cómo se definía la diferencia corporal y quién tenía la potestad de definirla”.

Dicho lo cual, así empieza:

“La historia nos ayuda a comprender nuestras propias experiencias como parte de una historia más amplia. Sin embargo, a pesar de que hoy en día hay 16,8 millones de personas con discapacidad en el Reino Unido, la discapacidad rara vez aparece en las historias que contamos sobre nosotros mismos y nuestro pasado. ¿Qué sucede con nuestra comprensión de la historia cuando colocamos a las personas con discapacidad en el centro del relato?

Siguiendo la estela de Biography of the Blind, este libro busca rescatar a las personas con discapacidad del olvido histórico, yendo más allá del enfoque de James Wilson en la pérdida de visión para presentar una visión caleidoscópica de las vidas de personas con diferencias físicas, sensoriales e intelectuales. Da voz a quienes no han sido escuchados y centra la atención en las vidas de personas que siempre han estado presentes, pero rara vez visibles. Lo que esta historia revela es transformador. Al recuperar las vidas, opiniones y luchas de las personas con discapacidad a lo largo de cinco siglos, ofrezco una visión radicalmente ampliada del pasado de Gran Bretaña: una visión más rica, más inclusiva y más representativa de la diversidad de la experiencia humana. A través de vívidos estudios de caso, testimonios olvidados y actos de resistencia ignorados, este libro revela cómo las personas con discapacidad han moldeado sus comunidades, desafiado la injusticia y redefinido el significado de una vida plena y significativa. No se trata solo de una historia de exclusión, sino de una historia de creatividad, resiliencia y lucha por la aceptación. Al sacar a la luz estas historias silenciadas, el libro promete cambiar perspectivas, cuestionar prejuicios y ofrecer una nueva visión para comprender tanto el pasado como el presente.

Comenzando con las reformas del bienestar social del siglo XVI, que por primera vez convirtieron el apoyo a las personas mayores, enfermas y con discapacidad en una responsabilidad legal de las comunidades, en lugar de una cuestión de caridad privada, Disability. A History of Resistance explora cómo las personas con discapacidad han luchado por obtener la ayuda que necesitaban y ser reconocidas como miembros valiosos de la sociedad. La lucha por los derechos de las personas con discapacidad a menudo se considera un fenómeno reciente. Apenas han transcurrido treinta años desde que las personas con discapacidad en Gran Bretaña obtuvieron protección legal contra la discriminación con la Ley de Discriminación por Discapacidad de 1995. Esta legislación fue impulsada por un movimiento de personas con discapacidad cada vez más activo, que se había unido desde la década de 1970 para exigir cambios. Sin embargo, este libro presenta una perspectiva muy diferente sobre el desarrollo de los derechos de las personas con discapacidad, remontando su historia mucho más atrás en el tiempo que nunca antes.

Las personas con discapacidad llevan mucho tiempo participando en luchas que, por su naturaleza, son políticas. Estas luchas han adoptado diferentes formas en distintos momentos y lugares. En ocasiones, la resistencia de las personas con discapacidad ha sido confrontativa, denunciando a funcionarios que no cumplieron con su deber de proteger a los miembros vulnerables de la sociedad, o exigiendo indemnizaciones por lesiones que les cambiaron la vida en el campo de batalla o en la fábrica. En otras ocasiones, ha sido más introspectivo, reflexionando sobre la experiencia de vivir de manera diferente en el mundo, desafiando estereotipos reduccionistas y resistiendo los intentos sociales de devaluar la vida de las personas con discapacidad y limitar su ámbito de acción. La discapacidad entrelaza estos diferentes hilos de resistencia en un rico tapiz de experiencias: hilos tejidos en distintos tiempos y lugares, pero que conectan luchas dispares en algo fuerte y duradero.

Al explorar las luchas de las personas con discapacidad a lo largo del tiempo, busco ofrecer una historia más contextualizada del movimiento moderno por los derechos de las personas con discapacidad. También cuestiono, en términos más generales, algunas de nuestras suposiciones comunes sobre la vida de las personas con discapacidad en el pasado, e incluso sobre cómo concebimos la discapacidad en sí misma. A menudo se asume que las personas con discapacidad del pasado estaban condenadas a la pobreza extrema o a la segregación institucional y que eran estigmatizadas como fenómenos o monstruos. Se presume que las personas con discapacidad vivieron vidas marginales, apenas documentadas en los archivos, y que contribuyeron poco a las sociedades en las que vivieron. Pero la realidad de la vida histórica de las personas con discapacidad es mucho más compleja, y mucho más interesante.

Lejos de estar ocultas a la historia, las personas con discapacidad están presentes en todas partes del pasado. Sin embargo, siguen estando notablemente ausentes de las historias convencionales. Esta ausencia no se debe a la falta de documentos, ni a que las personas con discapacidad estuvieran «ocultas» en oscuros archivos institucionales. La historia de la discapacidad se describe mejor como una historia olvidada o reprimida, cuya ausencia en las narrativas históricas convencionales es el resultado de decisiones deliberadas sobre qué historias importan, más que de silencios de archivo. Precisamente las mismas suposiciones sobre la supuesta incapacidad de las personas con discapacidad para contribuir a sus familias y comunidades, o para dejar huella en la historia, que James Wilson cuestionó en el siglo XIX, han provocado que la historia de la discapacidad haya permanecido olvidada hasta ahora. Pero, como veremos en los capítulos siguientes, las personas sordas y con discapacidad desempeñaron muchos roles como trabajadores, proveedores, padres, predicadores, amantes, escritores, artistas y activistas. A veces, su diferencia física infundía temor en sus vecinos, lo que llevaba a acusaciones de brujería, o se dudaba de su autenticidad. Pero en otras ocasiones, las personas con discapacidad fueron consideradas modelos a seguir en sus comunidades, o aclamadas como líderes en luchas más amplias por la justicia, como activistas por los derechos de los trabajadores o contra los horrores de la esclavitud. Las vidas de las personas con discapacidad en el pasado, al igual que las de las personas con discapacidad en la actualidad, no pueden encasillarse fácilmente, sino que fueron ricas y diversas. Recuperar esta compleja realidad para comprender la historia de las personas con discapacidad es, en sí mismo, un acto de resistencia, que desafía la tendencia generalizada a considerarlas pasivas e improductivas, como meras notas a pie de página en la historia en lugar de protagonistas históricos por derecho propio.

(…)”.

©  Penguin Books Ltd. / David Turner

Samuel Moyn: Gerontocracia. De cuando domina el color gris

Ya lo decía Idrees Kahloon en las páginas de The Atlantic:  “La gerontocracia siempre ha prosperado en lugares no democráticos —repúblicas populares comunistas, monarquías del Golfo— donde solo la muerte podía arrebatar el poder a los ancianos gobernantes. La gerontocracia estadounidense es excepcional por ser elegida libremente. Donald Trump pronto será octogenario y es presidente en parte porque el octogenario anterior, Joe Biden, no quiso admitir su senilidad. La edad media de los senadores es de 65 años, y el mayor, Chuck Grassley, de 92 años, no ha descartado presentarse a la reelección en 2028. El votante típico en las elecciones generales tiene 52 años, pero en las primarias, que deciden la mayoría de las contiendas políticas, esa cifra asciende a 59. La mitad de todo el dinero donado a las campañas políticas proviene de estadounidenses de 66 años o más”.

Por no hablar de riqueza, porque como señala este comentarista, “el dinero ahora es de color gris”. Y todo ello viene a cuento del nuevo libro de Samuel Moyn titulado Gerontocracy in America How the Old Are Hoarding Power and Wealth—and What to Do About It (Farrar, Straus and Giroux).

Por tanto, para quines pintamos canas o para quienes lo harán, ahí va la introducción:

“Durante dos siglos, La democracia en América, publicada por el francés Alexis de Tocqueville a partir de 1835, ha sido el libro más famoso sobre Estados Unidos. Merece seguir siéndolo. Pero quizás necesite una actualización.

Siempre ha habido personas mayores. Un salmo de la Biblia dice que, a menos que mueran prematuramente por alguna razón, los seres humanos viven setenta años, ochenta si tienen suerte. El Génesis menciona generaciones de personas muy longevas al comienzo de la humanidad, como Adán, Noé y Matusalén, quien celebró su 969 cumpleaños. Y a los ancianos se les ha otorgado desde siempre preferencias y prioridades. La antigüedad se utiliza para asignar puestos o recursos, lo que impulsa una tendencia hacia la gerontocracia: el empoderamiento de los ancianos. Otro pasaje bíblico, este de Proverbios, afirma que «las canas son una corona de gloria». La “preferencia por la edad y la antigüedad”, como señaló un historiador, ha sido “compartida por todas aquellas instituciones corporativas que valoran la jerarquía, la estabilidad y la continuidad”.

Pero hay algo nuevo que ha potenciado el poder de las personas mayores. A partir del siglo XIX, en la época de Tocqueville, se produjo un “gran envejecimiento” a medida que aumentaba la esperanza de vida promedio, gracias a la reducción de la mortalidad infantil y, posteriormente, de las enfermedades en la edad adulta. Hoy en día, una nueva generación de personas longevas vive más allá de los 110 o incluso los 120 años, como en el caso de la francesa Jeanne Calment, quien falleció en 1997 a los 122 años, la edad más avanzada registrada. Pero el verdadero cambio no reside en que más personas vivan hasta los 100 años, sino en que tantas alcanzan los 80 o 90, incluso cuando nacen menos personas. Los efectos políticos de una ciudadanía con una edad media más elevada han ido en aumento.

En los albores de la modernidad, Tocqueville comentó que se necesitaba una nueva ciencia política para una nueva era. En el siglo XXI, se necesita una ciencia política aún más moderna para afrontar el nuevo envejecimiento.

La ventaja de prolongar la vida, obviamente, es que la vida es generalmente preferible a la muerte, sobre todo si los efectos debilitantes de la edad se posponen también hacia el futuro. Recuerdo a mi padre, mientras se acercaba a lo inevitable, aconsejándome a menudo que nunca envejeciera; una de las perlas de sabiduría de mi madre, que ha vivido más de ochenta años, es que la alternativa al envejecimiento es aún peor. «La muerte, por inevitable que sea, es una cancelación abrupta de bienes posibles indefinidamente extensos», escribe el filósofo Thomas Nagel, añadiendo que la muerte no es menos trágica para quienes tienen la suerte de vivir vidas largas en lugar de cortas.

Pero existen vicios en una cultura de prolongación de la vida, y uno de los mayores es político, en el sentido más amplio. Una sociedad que envejece está más interesada en la preservación que en la renovación. Y luego está la injusticia de impedir el progreso de los jóvenes y acaparar su herencia, obligándolos a cuidar de los ancianos y a servir a un gobierno dirigido por ellos.

Los estadounidenses están sin duda preocupados hoy por el riesgo que corre nuestra democracia, por la aterradora posibilidad de que surjan nuevas formas de oligarquía. Pero ¿y si llevamos tiempo deslizándonos hacia una forma de gobierno insospechada, menos evidente porque solo se manifiesta a veces en el gobierno: un nuevo tipo de sociedad que privilegia a muchos estadounidenses mayores, en detrimento de todos, incluidos muchos ancianos?

Bienvenidos a la gerontocracia en Estados Unidos.

(…)

Lo que sigue es un recorrido por la gerontocracia en Estados Unidos, que ilustra cómo el envejecimiento de la población se ha combinado con la democracia y el capitalismo para crear nuevas e insidiosas formas de gobierno de la tercera edad. Los políticos mayores reciben su merecido reconocimiento, pero mi principal objetivo es exponer los fundamentos más profundos de la gerontocracia en la forma en que los estadounidenses organizan la política y la sociedad, dedicando la mayor parte del libro a recopilar y cuantificar las consecuencias de su grave impacto.

Si la gerontocracia moderna funciona en un nuevo entorno político, se deduce que se requiere un nuevo abanico de soluciones. Los límites de edad para los cargos políticos son imprescindibles. Otras medidas incluyen desde amplificar la voz política de los votantes jóvenes y desmantelar el control que ejerce el lobby de la tercera edad sobre nuestra política, hasta políticas que faciliten la transferencia intergeneracional de riqueza. Los planes que propongo buscan promover la “equidad intergeneracional”. Pero, a diferencia de los defensores más acérrimos de esta causa, no me opongo al sistema estadounidense de prestaciones sociales para las personas mayores. Estas voces insisten en que, en nombre de la justicia, es necesario poner fin o reducir beneficios como la Seguridad Social. La realidad es la opuesta: solo una mayor generosidad, incluyendo la promesa de cuidados a largo plazo, puede superar el férreo control que ejercen las personas mayores sobre el poder.

Si bien la gerontocracia no es la única causa de nuestras dificultades, nadie interesado en cómo se configuran y reproducen la injusticia y las tensiones sociales en Estados Unidos hoy en día debería ignorar su profunda influencia. Es fundamental evaluar la gerontocracia adecuadamente, en aras de un nuevo pacto político intergeneracional. En definitiva, tomarla en serio es esencial para tratar a todos de manera apropiada y justa.

Aún existe la posibilidad de un cambio radical. La prolongación de la esperanza de vida ha tenido consecuencias políticas, muchas de ellas negativas. Ya ha traído de vuelta un fenómeno ancestral —la autoridad de los ancianos sobre los demás— bajo una nueva y peligrosa apariencia. Biden y Trump han expuesto una parte de nuestra gerontocracia. Desvelar el resto puede prepararnos para desmantelar el sistema y crear algo nuevo”.

©  Samuel Moyn / Macmillan Publishers

Geoff Eley: El anhelo modernista: Una historia de Europa, 1914-1939

El profesor Geoff Eley cambia de registro. Tras diversos textos de reflexión, el último de los cuales pasó por aquí, se embarca en la primera parte de una historia del siglo XX en dos volúmenes para un prestigioso sello: The Modernist Wish. A History of Europe, 1914-1939 (Cambridge UP).

El prefacio, “Escribir sobre el siglo XX”, empieza así:

“Al concluir el siglo pasado, ¿cómo debería escribirse su historia? En su apogeo, los relatos más destacados publicados recientemente, Historia del siglo XX. 1914-1991 (1994) de Eric Hobsbawm y La Europa Negra (1999) de Mark Mazower, optaron por una perspectiva sombría. Centrándose en las dos guerras mundiales, ambas definieron el siglo por su calamitosa primera mitad. Dichas guerras causaron una ruina incalculable y una tragedia humana casi universal. A lo largo de tres décadas, unificaron a Europa en la violencia. Para lo que siguió, ambos autores afirmaron las virtudes de la reconstrucción posterior a 1945. En la década de 1960, gran parte se había reconstruido. De hecho, la seguridad social, la recuperación cultural y la prosperidad del consumidor definieron la “edad de oro” del progreso europeo. Pero, en la historia posterior a las décadas de 1970 y 1980, marcada por crisis, retrocesos y reveses —con una melancolía propia de finales de siglo o una «estructura de sentimientos»—, el tono se tornó nostálgico, incluso elegíaco. La cadencia resultante, que pasó de la desolación y la catástrofe a una prosperidad singular, para luego regresar a la crisis y la restricción, hizo que la primera mitad del siglo resultara aún más sombría. Las décadas de 1920 y 1930 se convirtieron en un interludio plagado de problemas, donde el funesto descenso hacia la guerra ya se vislumbraba fatalmente.

Este enfoque adopta diversas formas, con múltiples dimensiones. El creciente poder de la dictadura en la historia política de entreguerras, en contraposición a la menguante resiliencia de la democracia, ofrece una perspectiva similar, con un pesimismo direccional y una carga de crisis. Estos marcos conceptuales capturan los temas principales de la época. Revelan verdades importantes. Sin embargo, como descripciones generalizadoras, resultan incompletas. Mezclan demasiados matices, irregularidades y contingencias. Simplifican las complejidades espaciales y temporales. Transmiten demasiada necesidad, una lógica demasiado rígida, una dirección demasiado segura. Dificultan la visión de las historias ocultas, la recuperación de los cierres parciales o el seguimiento de los caminos no recorridos. Pero la historia avanza no solo a través de las direcciones manifiestas. Requiere procesos desordenados, complejos y frecuentemente sin resolver, que suelen implicar grandes conflictos y disputas. Solo en ocasiones se comprenderán explícitamente y con detalle las implicaciones. Con la misma frecuencia, pueden ser latentes, desplazadas e impulsadas inconscientemente. Las diferencias pueden negociarse civilizadamente, manejarse con respeto o desatarse violentamente.

Una historia europea del siglo XX necesita abarcar toda esa desigualdad temporal y espacial, incluyendo toda la amplitud continental, las disparidades coexistentes y las simultaneidades interconectadas y superpuestas. Debe ver los futuros de movimiento más lento de ideas, prácticas y formas sociales aún emergentes. Aunque no se realizaron, esos potenciales podrían tener una perdurabilidad que excediera su posición inicial, a veces marginal, y su anterior contención o supresión. En otras palabras, la historia de Europa requería más que los grandes batallones organizados. Surgió de diversidades más amplias, confusiones frustrantes y aspiraciones mal articuladas pero convincentes. Tras la agitación democrática posterior a 1918, con sus innovaciones constitucionales, expansiones de la ciudadanía e insurrecciones populares, la década de 1920 fue un crisol notablemente generativo. Con abrupta y rápida devastación, la década de 1930 impuso los peores reveses desalentadores: la Gran Depresión y el desempleo masivo; el triunfo nazi y la creciente dictadura fascista; La guerra imperialista y la carrera armamentística; la inminencia de una nueva guerra mundial. Pero esa crudeza resulta demasiado opresiva. Los horrores fueron reales, pero los motivos para el optimismo no desaparecieron por completo. Sembraron las semillas de las posibilidades del futuro.

Así pues, el siglo XX que describe este libro tiene su propio ritmo. La Primera Guerra Mundial, por supuesto, marcó la trayectoria del siglo. Ni la matanza masiva de la Segunda Guerra Mundial ni sus tecnologías y discursos asociados habrían sido remotamente factibles o imaginables sin ese impacto previo. Tampoco lo fueron los nuevos imaginarios del nacionalismo radical racializado, la política y la visión del fascismo, ni el recurso a la violencia de la derecha. Las divergencias de la izquierda también requirieron la Gran Guerra, al igual que las nuevas sensibilidades y el amplio flujo de ideas conocido como modernismo. Ante todo, las capacidades ampliadas del Estado en el siglo XX se desarrollaron implacablemente a partir de la “movilización total” y la “guerra total”, no solo en las nuevas exigencias materiales para el individuo, la economía y la sociedad, sino también en las nuevas formas de expectativas populares y de la élite, y en la transformación de la comprensión de lo que ahora se esperaba de los gobiernos.

La coyuntura inmediatamente posterior a 1918 trajo consigo posibilidades rivales. Estas abarcaban desde el revolucionismo de acción directa hasta los florecientes socialismos y comunismos de la década de 1920; desde las panaceas de planificación de inspiración soviética hasta la ingeniería social eugenésica; desde el pacifismo y el internacionalismo de los expertos hasta los sueños europeístas de reconciliación pancontinental; desde la ciencia y la “era de la máquina” hasta el psicoanálisis y la “primavera de la vida”. Con el tiempo, a través de ritmos variables y una difusión desigual, estas ideas pudieron asentarse en patrones duraderos. Finalmente, se consolidaron, a veces a través del gobierno y los partidos u otros movimientos políticos. A veces, en redes menos públicas e informales de debate y conocimiento especializado, incluyendo la creación experimental de mundos por parte de individuos de pensamiento moderno. A mediados de la década de 1930, a medida que las democracias constitucionales, las libertades públicas y la civilidad protegida por normas se veían cada vez más amenazadas en un territorio cada vez más extenso del continente, estas redes fueron desapareciendo progresivamente. Sin embargo, entre 1939 y 1945, gracias a la victoria antifascista sobre Hitler, la resistencia contra la ocupación nazi y las convulsiones de la renovación posnazi, resurgieron, configurando los mundos de finales del siglo XX de maneras realistas y reelaboradas.

¿Qué tipo de historia es ésta?

En lugar de centrarme en un puñado de países importantes, mi enfoque busca ser genuinamente europeo. Incluye tanto el este como el oeste, el sur como el norte, países pequeños como grandes. Esto no es fácil de lograr. Como método general, el análisis exhaustivo país por país o la narración serial de la historia nacional rara vez funcionan. (…)

(…)

De manera similar, la gran narrativa de los “grandes acontecimientos” implica constantemente a quienes los vivieron. Casos concretos, biografías ilustrativas, historias impactantes y ejemplos emblemáticos dan vida a esos acontecimientos y los acercan a la realidad. En ese sentido fundamental, se trata de una “historia social” de la primera mitad del siglo XX. Aborda tanto los patrones y tendencias socioestructurales y demográficas generales (la perspectiva “social”) como la cotidianidad a pequeña escala de vidas concretas. Se acerca a la trascendencia de los acontecimientos internacionales, la política nacional y las guerras mundiales a través de los dilemas, encuentros y transacciones a pequeña escala de las multitudes anónimas que los experimentaron. Para que las historias de los acontecimientos reconocidos (la gran historia) coincidan, necesitamos el reconocimiento agregado y complementario de las innumerables microhistorias que hicieron que esos sucesos fueran plenamente sensoriales y materiales. Los significados cambian como resultado.

Este libro se sustenta en cuatro compromisos historiográficos específicos. El primero se refiere a la perspectiva “social” o “cotidiana” que acabamos de mencionar. El segundo y el tercero reflejan cambios trascendentales en el pensamiento reciente de los historiadores, que implican el desafío acumulativo de nuevas historias de género y globales. Las investigaciones y los debates resultantes han transformado la manera en que se puede construir conocimiento histórico útil, al igual que un cuarto desafío revisionista sobre la importancia de la “raza”. De hecho, sin estas perspectivas, las historias generales ya no pueden concebirse de manera sensata. Con ellas, el conocimiento y la comprensión tradicionalmente arraigados pueden transformarse y reaparecer. Si destronamos la masculinidad, desmantelamos el eurocentrismo y descentramos la metrópoli, ¿cómo serán los nuevos marcos conceptuales? Una vez que vemos la presencia del racismo y la raza, en sus efectos manifiestos e implícitos, ¿cómo cambian las preguntas? Cuando Europa se ve tan íntimamente imbuida de imperios, imperialismo y colonias, ¿cómo debería escribirse una historia “europea”? Reflexionar sobre esas cuestiones fue

© Cambridge University Press / Geoff Eley 

Mafiosos y gánsteres

Ya sabemos mucho (y padecemos) de la mafia. Académicamente hablando, basta con repasar le Historia de la mafia: Desde sus orígenes hasta nuestros días (FCE), del historiador italiano Salvatore Lupo. Pero sus tentáculos y variaciones son tan amplios que bien merecía una historia más global. Y eso es lo que ha hecho el profesor Ryan Gingeras, cambiando completamente de tercio. El resultado es Mafia: A Global History (Simon & Schuster).

El volumen comienza con lo más obvio, con El Padrino de Coppola, para continuar diciendo:

“La visión conceptual de Coppola para El Padrino no surgió de la nada. Elementos de la crítica que la película hace a la política, la sociedad y el capitalismo estadounidenses se encuentran en clásicos anteriores, como Scarface (1932) y El enemigo público (1931). Podría decirse que su oportuna llegada a los cines, así como su brillantez artística, le valieron a la película su lugar en la conciencia moderna. Como modelo para otras representaciones del crimen organizado, El Padrino y sus secuelas introdujeron tropos que ahora son cruciales para la percepción de las mafias en todo el mundo. La premisa de muchas películas y series de televisión sobre la mafia es que el espectador ve el pasado tal como fue o el presente tal como es. Una historia ambientada en el mundo del hampa revela la verdadera historia de una ciudad, un país o una nación, una historia que a menudo se suprime o se ignora. Parafraseando a James Ellroy, la motivación que hay tras muchas obras de ficción sobre el crimen organizado es desmitificar el pasado. Adentrarse de forma significativa en la historia de la mafia, de cualquier mafia, implica construir una historia más auténtica de la política y la sociedad, una que abarca lo que Ellroy denomina «desde el arroyo hasta las estrellas».

Estas ideas constituyen la esencia de este libro. Lo que sigue no es tanto una historia estricta de las mafias y los gánsteres; la intención es, en cambio, explorar el auge, la consolidación y el desenlace de las mafias en el escenario global. Al igual que en El Padrino, el libro se basa en la historia de las mafias y el crimen organizado para narrar una historia mucho más amplia y compleja. Comprender el origen de los gánsteres actuales y por qué han adquirido tal relevancia global implica profundizar en varios temas históricos cruciales y generalmente conocidos. La narraciónque sigue retoma una y otra vez una pregunta fundamental: ¿Cómo han reflejado o contribuido las mafias a la construcción del mundo moderno?

La evolución histórica de las mafias actuales nos revela mucho sobre los países en los que se encuentran. Para reconstruir la historia de la Camorra o las tríadas, o para trazar la biografía de Escobar o Capone, es necesario comprender los lugares y las épocas que las originaron. En principio, las mafias nos enseñan mucho sobre el creciente poder de los Estados. Al fin y al cabo, los gobiernos son los agentes fundamentales que definen qué es un delito y quién es un criminal. Quienes hacen cumplir la ley, más que los propios gánsteres, suelen ser quienes identifican y explican la importancia de una banda o un delincuente que aparece en escena. Sobre todo, la historia de las mafias nos revela mucho sobre los límites físicos del poder estatal. Todos los Estados actuales, y todos los grandes imperios del pasado, han sido atormentados por el crimen organizado (o algo análogo). Incluso con todos los beneficios de la tecnología moderna y los conocimientos policiales, ningún Estado actual ha encontrado la manera de inmunizarse contra los peligros de las mafias. Con frecuencia, la historia sugiere que las mafias desempeñan un papel fundamental en la formación de gobiernos, economías y épocas. La reprimenda de Michael Corleone al senador Geary sigue siendo válida. Mafiosos, políticos y ejecutivos de la industria suelen ser expresiones de la misma hipocresía.

Cuanto más se analiza críticamente la historia de los gánsteres y sus actividades, más se debe considerar hasta qué punto son producto de la imaginación y la paranoia populares y de las élites. Los mafiosos, en mayor o menor medida, son figuras temibles. Encarnan muchos de los peores miedos de una sociedad. Casi siempre los imaginamos como hombres rudos de los estratos más bajos de la sociedad. A menudo se nos presentan como forasteros, probablemente inmigrantes, miembros de minorías o ambos. Sus actividades, como la prostitución y el narcotráfico, suelen percibirse como peligrosas tanto moral como físicamente. La cultura popular ha explotado las ansiedades sociales que subyacen a la percepción que la mayoría de la gente tiene de las mafias. Sin personajes de ficción como Scarface, Michael Corleone y Tony Soprano, los gánsteres tendrían mucha menos relevancia política de la que tienen hoy en día.

(…)

Una historia global de las mafias no puede limitarse a la política. A menudo, las mafias constituyen una estructura económica, y la pertenencia a ellas, sobre todo en el mundo contemporáneo, es una forma de empleo. Los negocios criminales más lucrativos suelen estar relacionados con la compraventa de bienes y servicios. Para comprender la formación de mafias o grupos criminales específicos, es necesario analizar el desarrollo económico de sus actividades delictivas preferidas. Con el paso del tiempo, resulta imprescindible examinar las dinámicas de poder que han regido el mercado global. Ya sea que se hable del tráfico de narcóticos, armas o personas, es fundamental reconocer la centralidad de los intereses comerciales europeos y estadounidenses en todo el mundo. Los occidentales han sido durante mucho tiempo los principales comerciantes y consumidores de ciertos bienes ilícitos. Las leyes y prohibiciones en torno a estos bienes y servicios han sido, en gran medida, producto de la diplomacia y la política de poder occidentales.

(…)”.

Pero hablar de la mafia es hablar también de malhechores, delincuentes, bandidos, matones, pistoleros y demás miembros de bandas organizadas. Claro que al hacerlo nos vienen a la mente la ciudad de Nueva York y sus célebres gánsteres, que es precisamente lo que estudia Andrew Wender Cohen en Gangster of New York. A Violent Life in Nineteenth Century America (Cambridge UP), con este inicio:

“Louis Bieral fue político, jugador, proxeneta y gánster, además de un célebre deportista, boxeador, conductor y oficial de la Guerra Civil, inmortalizado en poemas e historias populares. Nacido en medio de las revoluciones chilenas de la década de 1810, fue secuestrado por un capitán ballenero y llevado a la ciudad de Nueva York. En su juventud, durante la década de 1830, luchó contra piratas con la Armada de los Estados Unidos frente a las costas de China. En 1850, buscó fortuna en la Fiebre del Oro de California. Aunque Bieral pudo haber tenido ancestros africanos, ayudó a entregar al fugitivo negro Anthony Burns a la esclavitud en 1854. Se hizo amigo de infames rufianes como “Butcher” Bill Poole, John “Old Smoke” Morrissey y “Captain” Isaiah Rynders. Agredió a figuras célebres como el abolicionista Richard Henry Dana, Jr. Sirvió como guardaespaldas de William “Boss” Tweed, el político más notorio del siglo XIX. Bieral fue sospechoso del “Crimen del Siglo”, el asesinato del financiero Jim Fisk. En su vejez, en 1886, intentó asesinar al inspector del puerto de Nueva York. Y siguió siendo noticia hasta su muerte en 1900.

La suya es la historia de un matón ilustre, con todas las contradicciones que ello implica. El tema central de su vida fue la violencia, tanto en tiempos de guerra como de paz. Y, sin embargo, hasta su avanzada edad, nunca sufrió castigo oficial por sus actos. Aunque los reformadores lo detestaban y sus compañeros le temían, muchos otros lo admiraban e incluso le estaban agradecidos. En parte, esto se debió a que su valentía, fuerza y ​​destreza con el arma de fuego y el cuchillo resultaron útiles durante la Guerra Civil estadounidense. Pero esta reverencia también demuestra que muchos estadounidenses del siglo XIX celebraban la brutalidad. En una sociedad regida por castigos corporales cotidianos, se valoraba la habilidad para intimidar.

Los historiadores suelen preferir protagonistas más simpáticos. Escriben sobre activistas que arriesgaron sus vidas para luchar contra la injusticia, o sobre gente común que luchó por resistir su propia subyugación. Cuando los académicos escriben biografías de villanos, suelen elegir figuras legendarias, como el pérfido fundador Aaron Burr, el grotesco político sureño James Henry Hammond o el virulento intolerante de Carolina del Sur, Ben Tillman. Louis Bieral trabajó en un ámbito más reducido. Se conservan pocos de sus escritos. A pesar de una larga carrera política, no ocupó ningún cargo importante. Competidor constante en los hipódromos y cuadriláteros del país, nunca tuvo un caballo famoso ni ganó un título de campeón. Y aunque Louis cometió innumerables agresiones, es posible que no haya asesinado a nadie. En vida, fue celebrado en poemas por su heroísmo durante una batalla al comienzo de la Guerra Civil, pero su valentía ha caído en el olvido.

Quizás la mejor comparación sean las biografías de criminales, como la prostituta Helen Jewett y el carterista George Appo. Estos personajes infringieron la ley, pero sobre todo lo hicieron para sobrevivir en circunstancias difíciles, incluyendo la violencia, la intolerancia, la orfandad y la adicción. Louis Bieral ciertamente enfrentó obstáculos similares, pero su respuesta fue mucho más combativa. Se transformó en un ser temible. Se convirtió en un bruto, útil tanto para los opresores como para quienes luchaban por la libertad. Y como tal, genera más admiración o repugnancia que simpatía.

Sin embargo, la historia personal de Bieral fue extraordinaria. Estuvo involucrado en una serie de eventos legendarios, desde los barcos en los océanos Atlántico y Pacífico hasta los yacimientos de oro de California, las calles de Boston y Nueva York, los hipódromos y los cuadriláteros de boxeo de todo el país. Su participación en estos diversos episodios parecía imposible incluso para sus contemporáneos, y sin embargo, constituían solo una pequeña parte de los incidentes que salpican su biografía. Bieral conoció personalmente a muchos de los políticos más importantes del siglo XIX, entre ellos Abraham Lincoln, William M. Tweed, William Seward, Benjamin Butler, Fernando Wood, Daniel Sickles, Thurlow Weed y Edward D. Baker.

La evidencia de su relevancia se encuentra en los miles de artículos periodísticos que conforman la base de esta biografía. La digitalización de la evidencia histórica ha abierto un nuevo mundo para los historiadores sociales, permitiéndoles conocer más sobre vidas y comportamientos individuales que antes se consideraban poco comunes. Pero mientras que los ciudadanos comunes del siglo XIX aparecían en las noticias solo unas pocas veces, y los políticos locales menos de cien, Louis Bieral fue noticia repetidamente durante sesenta años. Aunque su violencia generó sorprendentemente poca condena, sí atrajo una considerable atención, lo que lo hizo mucho más famoso (o infame) en su época que figuras históricas más conocidas hoy en día.

La vida de Bieral también revela varios aspectos significativos de la historia estadounidense. Inmigrante de la recién creada república de Chile, su experiencia ilustra cómo un hispano de piel morena se desenvolvía en una sociedad donde la ciudadanía dependía de la blancura. Quienes lo observaban intentaban ubicar a Louis, algunos lo llamaban “Lewy el Español”, otros lo consideraban italiano, portugués o francés. Algunos lo percibían como un hombre negro, una suposición que pudo haber sido cierta. Bieral negó tales afirmaciones, pero se relacionaba con personas negras y, más adelante, se casó con una mujer de ascendencia africana.

Su trayectoria nos ofrece una imagen del crimen organizado anterior al siglo XX. Ya en los albores de la historia estadounidense, hombres rudos se unían para vender alcohol, prostitución y apuestas a un público ávido. Pero estas bandas nunca fueron tan estructuradas, con tantos principios ni tan tribales como se las describe en obras como The Gangs of New York de Herbert Asbury. Más bien, el vicio urbano era controlado por un grupo de matones desaliñados, procedentes de la población local de marineros, herreros, carniceros, aprendices y obreros. Estos hombres se agrupaban en asociaciones legítimas, como compañías de bomberos y milicias, que desempeñaban funciones públicas pero también les ofrecían una estructura para socializar y progresar. A diferencia de las familias criminales modernas, que existen para ganar dinero con actividades ilegales, estos grupos se centraban en ganar elecciones y luego utilizaban los cargos públicos para proteger sus clubes, casinos, salones y burdeles.

La capacidad de Bieral para evitar la cárcel demuestra la tolerancia, e incluso la glorificación, de la violencia cotidiana en su época. La nostalgia nos predispone a creer que la gente de hoy es de alguna manera peor que la del pasado. También nos distraen las tasas de homicidios, que aumentaron drásticamente en el siglo XX debido a la guerra de pandillas y la fácil disponibilidad de pistolas y municiones producidas en masa. Pero las formas no letales de violencia, como los puñetazos, las patadas, los golpes y los azotes, eran más comunes en el siglo XIX que en la actualidad. Esto no debería sorprender, ya que antes de la Guerra Civil los líderes de la nación eran esclavistas, oficiales militares, duelistas y patriarcas. Por el contrario, la mayoría de los estadounidenses pertenecían a poblaciones legalmente sujetas a diversas formas de castigo corporal: esclavos, sirvientes, aprendices, marineros, niños y esposas. La frecuencia y la severidad de estos castigos eran notables. Las formas de abuso variaban, pero la persona promedio del siglo XIX no compartía nuestra actitud hacia la coerción física. Tampoco consideraban la violencia como prerrogativa exclusiva de la policía o el ejército. El dolor era una herramienta habitual para controlar a las poblaciones subordinadas.

(…)

En su época, la implacable valentía de Bieral lo convirtió en una figura popular. Desconocidos enviaban dinero a su esposa cuando estaba en prisión, así como después de su muerte. En parte, la gente simplemente lo respetaba por su heroísmo en la Guerra Civil. Pero esta no era toda la historia. Los periódicos relataban su biografía con admiración. Lo veneraban porque representaba un arquetipo de violencia masculina que creían en vías de extinción. Les asombraba la duración de su carrera, así como su notable presencia en tantos momentos clave de la historia de la nación. Incluso quienes lo odiaban lo veían como algo sobrehumano, similar a un demonio o un príncipe del inframundo.

La trayectoria de Louis, desde los muelles de Valparaíso hasta los espléndidos comedores de Delmonico, y luego a la prisión, la pobreza y la muerte, lo convirtió en una especie de antihéroe familiar. Los estadounidenses han disfrutado durante mucho tiempo de las historias de personajes ficticios, como Tony Montana, Vito Corleone y Youngblood Priest, que se resisten a la estructura de poder establecida, ofreciendo al público una fantasía de libertad, libre de ética, reglas e inhibiciones. En la vida real, también, los estadounidenses admiraban a pistoleros como Lee “Stagolee” Shelton, Jesse James y Bonnie Parker por desafiar una sociedad opresiva, aunque sus acciones a menudo empeoraban las condiciones de la gente común. La fascinación del público por la resistencia violenta superaba su creencia en su ilegitimidad.

Durante casi un siglo, los lectores han devorado con avidez The Gangs of New York de Herbert Asbury, una historia altamente novelada del hampa neoyorquina. Y cientos de millones de personas en todo el mundo han visto la película de Martin Scorsese basada en el libro, lo que hizo famosos a los “Dead Rabbits” y los “Bowery B’hoys”. Asbury exageró e incluso inventó algunas historias, pero se basaban en hechos reales. De manera estremecedora, el destino de la nación dependía de bandas de alborotadores que luchaban por el control de la política, el crimen y el vicio. Este volumen explora la vida de una figura destacada de ese mundo. El objetivo es utilizar la trayectoria de Louis Bieral para arrojar luz sobre los aspectos menos conocidos de la América del siglo XIX”.

©  Simon & Schuster-Ryan Gingeras / Andrew Wender Cohen-Cambridge University Press 

Michael Khodarkovsky: La estepa y sus imperios

Hace unos meses anunciábamos aquí la aparición de un nuevo libro del historiador Michael Khodarkovsky. Se trata de The Steppe and Its Empires ; The Russian Empire and Its Eurasian Counterparts (Yale University Press). En fin, recordemos que este profesor  es una de las principales autoridades en la historia del Imperio ruso, la Gran Estepa y la interacción entre los imperios sedentarios y los pueblos nómadas de la estepa. De eso ya dio buena cuenta con su anterior Russia’s Steppe Frontier (IUP), insistiendo en que Rusia ha sido el imperio euroasiático por excelencia, construido a partir de los desafíos e influencias tanto de Europa como de la estepa. Y si bien la parte europea nos resulta más evidente, la Gran Estepa Euroasiática ha permanecido algo más oculta, un error si tenemos en cuenta que ha sido un factor crucial en la formación del Estado ruso y su cultura imperial. Y así, tanto la llegada de los mongoles y la Horda de Oro como la posterior evolución del imperio ruso muestran la importancia de sus fronteras euroasiáticas.

Veamos lo que nos dice ahora:

“Los turcos llegaron primero. Procedentes de la estepa euroasiática, se adentraron en la península de Anatolia, también conocida como Asia Menor, y finalmente aplastaron los restos del Imperio bizantino al capturar Constantinopla en 1453, dando paso a un duradero Imperio otomano. Poco después, una oleada de actividad renovada entre pueblos nómadas y seminómadas transformó una vez más el paisaje euroasiático. En 1501, un ejército invasor de tribus turcas y kurdas conquistó la ciudad de Tabriz, coronó a su líder Ismail como rey de reyes (shahanshah) y fundó la dinastía safávida. En 1526, los ejércitos de Babur descendieron de Asia Central para ocupar Agra y Delhi y establecer la dinastía mogol. La China Ming y Moscovia apenas escaparon a un destino similar. En 1550, los ejércitos mongoles invasores de Altan Khan incendiaron los suburbios de Pekín, y en 1571 el kan de Crimea, Devlet Giray I, se acercó a las puertas de Moscú y quemó los alrededores de la ciudad.

La dinastía Ming solo logró posponer su colapso. Menos de un siglo después de la invasión de Altan Khan, fue arrasada por las tropas mongolas y manchúes que llegaron de las praderas y bosques del norte. Solo Moscovia (más tarde conocida como Rusia) logró preservar su dinastía autóctona, sobreviviendo a la amenaza y, con el tiempo, sometiendo y colonizando la estepa y a sus inquietos habitantes. Pero al hacerlo, Moscovia también se integró al mundo de la estepa, compartiendo muchas características con sus contrapartes imperiales euroasiáticas.

Este libro se centra en el papel crucial de la estepa en la formación del Estado ruso. Pero primero, ¿qué es Rusia? Desde el siglo XIX, los estudiosos de la historia rusa, tanto en Rusia como en Occidente, se han planteado esta pregunta, sin una respuesta clara entonces ni ahora. Al fin y al cabo, no tenemos dificultad en comprender las sociedades china, india o islámica, civilizaciones antiguas que parecen claramente diferentes de las occidentales. Sin embargo, Rusia sigue siendo un enigma donde la fachada de la sociedad europea oculta una civilización que escapa a una categorización precisa.

Comprender la naturaleza indeterminada de la identidad rusa tiene repercusiones directas en los problemas que enfrenta el país, tanto en el pasado como en el presente. Sugiero que, a lo largo de su historia, Rusia se desarrolló como un imperio completamente híbrido, moldeado tanto por Europa como por Asia. Hasta hace poco, los historiadores del Imperio ruso se centraban en el alcance de la influencia europea en la sociedad rusa. La mayoría seguía la famosa máxima de Catalina la Grande en sus Instrucciones a la Asamblea Legislativa de 1767: «Rusia es un Estado europeo». Pero tanto el rotundo fracaso de la Asamblea para elaborar un nuevo código legal como el curso del posterior reinado de Catalina evidenciaron una profunda brecha entre sus ilusiones y la cruda realidad del imperio.

Propongo aquí considerar a Rusia en el contexto histórico de sus vecinos euroasiáticos, especialmente los imperios otomano, persa y chino, todos ellos producto de la gran estepa euroasiática. Si bien los fundadores del Imperio mogol provenían del mundo estepario de Gengis Kan y Tamerlán, rápidamente rompieron la mayoría de los lazos con su tierra natal al construir un nuevo imperio en la seguridad de las altas montañas que los separaban de las convulsiones de la estepa. Por consiguiente, el Imperio mogol es secundario para la tesis de este libro y recibe menos atención aquí.

La mayoría de los estudiosos de la historia rusa creen que Rusia se integró en Europa a principios del siglo XVIII, cuando el recién proclamado emperador Pedro I (el Grande) transformó radicalmente la sociedad moscovita, alejándola de sus toscas costumbres y encaminándola hacia la modernización al estilo occidental. A finales de siglo, otra monarca rusa, Catalina II (la Grande), consolidó a Rusia entre los grandes imperios europeos. Las élites rusas hablaban francés, asimilaron la cultura y el conocimiento occidentales, y su país se convirtió en un imperio europeo. Las reformas de la década de 1860, conocidas como las Grandes Reformas, impulsaron al imperio ruso hacia un mundo de capitalismo industrial, e incluso la experiencia soviética del siglo XX se considera comúnmente un proyecto de modernización europea. Este es el paradigma predominante de la evolución de Rusia, y podría extenderse también a las dos primeras décadas de la historia rusa postsoviética.

Este libro cuestiona dicha visión. El texto argumenta que las reformas y los cambios previos a la década de 1860 no produjeron transformaciones estructurales en los patrones históricos rusos, arraigados durante siglos de contacto con pueblos no europeos. Solo las Grandes Reformas de la década de 1860 —en particular, la abolición de la servidumbre en 1861— impulsaron los profundos cambios estructurales que acercaron a Rusia a las sociedades europeas modernas. Pronto, las nuevas y florecientes instituciones económicas, políticas y jurídicas chocaron con el poder de la autocracia rusa, sin que existiera una vía clara para resolver el conflicto mediante una evolución pacífica. La Revolución Bolchevique solucionó la crisis combinando la modernización económica con las antiguas estructuras imperiales, y los artífices de la Rusia postsoviética acabaron haciendo lo mismo. Independientemente de la ideología, un expansionismo anticuado persistió como rasgo subyacente del Estado ruso.

En los capítulos siguientes sostengo que los imperios euroasiáticos fueron producto de la gran estepa euroasiática y que su formación política fue inseparable de la frontera esteparia. Ya sea que conscientemente rastrearan sus raíces hasta la estepa, como lo hicieron los otomanos, persas y mogoles, o que se identificaran como opuestos a ella, como lo hicieron los rusos y chinos, la cultura política de todos los imperios euroasiáticos se forjó en estrecha relación con la estepa y sus inquietos habitantes.

(…)

Espero que considerar a Rusia en el contexto de los imperios euroasiáticos revele al lector un país que no es «un acertijo, envuelto en un misterio, dentro en un enigma» como lo parecía para Winston Churchill y las generaciones anteriores y posteriores a él”.

 ©  Yale University / Michael Khodarkovsky

Georges Vigarello: El cuerpo occidental, liberación, individualización e incorporación

Basta decir el nombre del veterano historiador Georges Vigarello para que nos vengan a la mente  los estudios sobre lo sano y lo malsano, sobre lo limpio y lo sucio,  sobre la belleza, sobre la obesidad, sobre la violación, por no hablar de la virilidad, de la fatiga,  de la silueta o de otras percepciones semejantes. Es decir, sobre el cuerpo. Dicho de otro modo, sobre  el “giro corporal” en historiografía, un asunto sobre el que se han extendido tanto franceses como anglosajones.

Y, por si fuera poco, en abril vendrá Françoise Waquet a ahondar en el cuerpo de la ciencia, es decir a analizarnos, con Le corps académique (CNRS Éditions), “un estudio sociológico e histórico de la dimensión física de los investigadores desde el siglo XVII en Occidente. La autora analiza el cuerpo humano como un instrumento técnico moldeado por las disciplinas, desde el aula hasta el laboratorio, y explora las normas de exclusión, los métodos de aprendizaje gestual y los problemas de salud relacionados con el ejercicio de las profesiones académicas”.

Pues bien, el profesor Vigarello compendia todos sus estudios y les da otro añadido en Les logiques du corps. Une autre manière de penser le temps (Seuil). Veámoslo

“En los últimos años, numerosas obras históricas, al examinar el cuerpo, han transformado perspectivas, producido hallazgos y se han impuesto objetivos ambiciosos: rastrear la historia de los “seres humanos en carne y hueso”, acercarse lo más posible a la existencia concreta, seguir sus huellas y valores materiales, cuestionar sus silencios y rastrear sus sentimientos. Miles de semi-ignorancias se han desmoronado, mil prácticas y sensaciones han emergido, todas revelando temporalidades específicas, objetivando cambios, incluso rupturas, y todas iluminando marcadores culturales, conductuales y de conocimiento. Esto ha dado lugar a importantes “aperturas”: antiguas sensibilidades se han agudizado, las distancias temporales se han orquestado de forma diferente, abarcando formas y rasgos físicos, vestimenta, expresiones gestuales, gustos, emociones y formas de hacer o experimentar. De ahí, también, la inevitable conclusión: la presencia física se ha profundizado como nunca antes, desde sus manifestaciones más visibles hasta sus implicaciones más secretas.

También surgieron problemas. El «cuerpo», una noción tan común como espontánea, resultó ser más heterogéneo de lo que parece, en gran medida fragmentado, a veces incluso al punto de la desintegración. Las mujeres y los hombres que, a lo largo del tiempo, se cuidan, comen, se visten, se lavan, se peinan, se miran, se «embellecen», se ejercitan, descansan, aman, se atacan, organizan el espacio, internalizan el tiempo, todos realizan, en cada caso, una serie de gestos físicos aparentemente desprovistos de cualquier conexión entre ellos. ¿Cuál es la relación entre la iluminación de un lugar y la comida consumida? ¿Cuál es la relación entre el uso de una herramienta y el intercambio de cortesías? (…)

La pluralidad de perspectivas aumenta aún más cuando se considera el espectro de ciencias que se supone deben iluminarlas: biología, psicología, antropología, demografía, economía y sociología; enfoques esenciales, pero que sugieren un enfoque interdisciplinario sin garantizar una unidad de análisis u objeto de estudio. Puede existir una brecha entre la comprensión microbiológica de una enfermedad y la de sus efectos psicológicos; una disparidad innegable, aparentemente incluso constitutiva de un campo tan fragmentado.

La pluralidad finalmente aumenta, más que nunca, una vez que se toma en cuenta la multiplicidad de cuestiones sociales en juego. El cuerpo es uno de los principales lugares donde se puede imponer la dominación: desde los castigos hasta las sentencias, desde la tortura hasta las correcciones; uno de los principales lugares donde se puede articular la expresión: desde los gestos hasta las expresiones faciales, desde las actitudes hasta las constituciones; uno de los principales lugares donde se puede manifestar la eficacia: desde la fuerza hasta las técnicas, desde las direcciones hasta la velocidad. Esto revela su poder testimonial, un espejo de lo cultural, lo psicológico y lo social, así como su inevitable dispersión, con una heterogeneidad de actos, signos y sensibilidades. Su presencia, que abarca todo comportamiento, acompaña al ser vivo a lo largo de toda su existencia. Se abre al más amplio campo de actividad. Posee su riqueza tanto como su diversidad; se fragmenta como las ciencias humanas; se metamorfosea como el aspecto físico de la inagotable riqueza de la vida. En este caso, es imposible imaginar la unidad, a pesar de que las referencias son tan complejas y variadas como las del comportamiento y la sensibilidad.

Mi propia obra, que abarca varias décadas y va desde la historia de la salud hasta la historia de la belleza, desde la historia de la silueta hasta la historia de la vestimenta, desde la historia de la violencia hasta la historia de los sentidos, desde la historia de la tecnología hasta la historia del movimiento, puede haber dado la impresión de una diversidad insuperable, incluso de una falta de unidad insuperable, al confrontarse con la pluralidad real de referencias y efectos; aun cuando he demostrado, con coherencia y determinación, incluso sistemáticamente, cómo, en el corazón de cada período, en el corazón de cada momento histórico, emergen convergencias y similitudes, tanto en las representaciones del cuerpo como en la realización de prácticas y acciones. (…)

Lejos de la fragmentación, es en otros lugares donde debemos buscar la relevancia histórica. Y son precisamente estos puntos de convergencia y unidad los que pretendo establecer como el eje central de este libro: el objetivo deliberado de mostrar cómo la historia del cuerpo revela profundas coherencias físicas, ilustrativas y sensoriales dentro de cada período temporal, y cómo, además, son estas coherencias las que pueden confirmar la unidad de los propios períodos temporales. Una tarea resuelta y decisiva, que revisa la historia del cuerpo para destacar no solo su valor heurístico, sino también sus profundos principios de coherencia, su cohesión, sus conexiones y sus desafíos. Una tarea tanto más significativa, finalmente, cuanto que numerosos enfoques ya han delineado sus contornos. (…)

Por lo tanto, es desde una perspectiva cada vez más sistemática que tales homogeneidades deben considerarse. Deben explicarse, priorizarse y detallarse. Un primer nivel es el de los modelos «funcionales». Estos son los modelos que guían las operaciones concretas del cuerpo, su disposición, su eficiencia; aquellos que orquestan y conectan mecanismos cuasiorgánicos, incluso hasta los modos de autocuidado. Aquí surge una verdad «unificadora»: la observación de modelos sucesivos, que atraviesan el tiempo, todos vinculados a períodos específicos, todos dependientes de contextos; estos modelos se originan en técnicas, formas de hacer las cosas, descubrimientos académicos o los entornos más mundanos. Son estos modelos los que, en última instancia, unifican las prácticas más diversas, así como las formas más íntimas de sentir. Son estos modelos cuyos ejemplos se suceden, claramente homogéneos, claramente distintos. (…)

Es imposible, sin embargo, ignorar otro nivel de representación, menos explorado hasta ahora, más abarcador, más elaborado. De ahí la necesidad de otro enfoque histórico para iluminarlo mejor, aquel donde se explotan y dirigen las propias funcionalidades, aquel donde se orientan las elecciones de vida, las formas de dar al cuerpo su papel, su lugar, así como su verdad: modelos «existenciales», en otras palabras, y ya no solo «funcionales»; esos mismos modelos donde lo orgánico cobra sentido, donde florecen los deseos, las voluntades, las formas de afirmarse, así como de experimentarse.  (…)

(…)

Una vez reconocidas y debatidas la liberación y la individualización, queda otra dinámica fundamental: la que interactúa con el mundo sensorial, una profundización progresiva de las percepciones exploradas y las emociones experimentadas. Una observación inevitable: el detalle de los mensajes físicos e internos aumenta con el tiempo histórico. Las propias designaciones del dolor, por ejemplo, se expanden inexorablemente. Inicialmente, estas referencias son más o menos restringidas, como el límite de cinco adjetivos que la tradición ha mantenido desde los antiguos textos galénicos. Posteriormente, se añaden muchas otras, en el corazón del mundo clásico. (…)

Liberación, individualización e incorporación: estas son, de hecho, las tres dinámicas centrales, decisivas e interrelacionadas que, en última instancia, definen el cuerpo occidental, encarnando sus formas de ser, sus lógicas de existencia y sus particularidades, todo lo cual requiere, para una mejor comprensión, una perspectiva histórica renovada. Todos estos son modelos “existenciales”, es decir, que enriquecen y dan sentido a los modelos “funcionales” iniciales; Todas estas son disposiciones, sucesivas o continuas, que revelan la lenta elaboración de nuestro propio universo corporal. Sobre todo, son la prueba definitiva de la existencia de un campo de estudio específico: la historia del cuerpo, ya no como un territorio de investigación fragmentado, sino como un territorio de convergencia y unidad; precisamente donde emergen modelos explícitos y lógicas claramente identificables, con su potencial de renovación, según la historia y el contexto. De ahí el título, que evoca las «lógicas del cuerpo».

El objetivo de este libro puede definirse mejor: dotar a la historia del cuerpo de una coherencia más específica, una unidad que, sin duda, siempre se presupuso, pero que durante mucho tiempo ha permanecido implícita en lugar de explícita; destacar la posible existencia de un «campo» específico, tan relevante como homogéneo, tan identificable como construido. Además, es importante distinguir grandes fases temporales que ilustran las transformaciones de esta misma unidad. Centrarse en la interacción de una historia potencialmente «particular», aparentemente limitada al cuerpo, aunque de ella pueda surgir una historia más amplia que abarque la existencia, ilumine la conciencia, lo psicológico, lo colectivo y las relaciones. ¿Por qué estudiar el cuerpo? La historia ofrece la respuesta, sugiriendo una «creación» lenta, más central de lo que parece. Incluso responde afirmando una originalidad temporal decisiva, un engendramiento lento, tan convergente como profundo, insuficientemente enfatizado hasta ahora. Sobre todo, responde mostrando que dicho viaje no es otro que el de nuestra libertad, junto con su inevitable arraigo corporal”.

© Éditions du Seuil / Georges Vigarello 

Katjia Hoyer: Weimar, un fascinante microcosmos del descenso gradual al abismo

Volvemos a Katja Hoyer, historiadora y periodista germano-británica. Investigadora visitante en el King’s College londinense y miembro de la Royal Historical Society, ha publicado dos libros (sin versión hispana) de gran éxito,  Blood and Iron y Beyond the Wall, tras lo que nos llega ahora Weimar. Life on the Edge of Catastrophe (Allen Lane). U volumen que coincide, dicho sea de paso con el que editan Katharina y Claudia Clausius en la UTP(Re)Centring the Weimar Republic, en el que se explora cómo los políticos e intelectuales centristas alemanes buscaron fomentar la estabilidad y la cooperación durante el período de entreguerras.

Volviendo a Hoyer, su libro no es un análisis al uso, sino que se centra en una serie de personajes menores que, afortunadamente, han dejado un rastro suficiente.  Son hombres y mujeres con trayectorias muy distintas, pero que cuentan la historia de aquella Alemania a través de sus experiencias, lo cual tiene sus peligros. Como ha señalado Kristin Semmens, “eliminar los comentarios premonitorios nos habría permitido ponernos en su lugar con mayor eficacia, sin la ventaja de la perspectiva retrospectiva”. Un inconveniente menor de un interesante libro, que empieza así:

“(…)

La pregunta de cómo y por qué una nación que se enorgullecía de su cultura y civilidad permitió la catástrofe del nazismo nos atormenta hasta el día de hoy, pues tememos que se repita. No se trata de una mera cuestión histórica. «Ha sucedido, y por consiguiente puede volver a suceder», advirtió Primo Levi, superviviente del Holocausto. A pesar de las numerosas páginas escritas sobre el ascenso y el gobierno del Tercer Reich, vale la pena reexaminar el asunto en detalle. ¿Cómo pasó Alemania, en pocos años, de ser una de las democracias más liberales del mundo a una dictadura genocida? ¿Qué decisiones tomaron los alemanes individualmente que lo permitieron? Una pieza clave de este rompecabezas del siglo XX es la ciudad de Weimar.

Weimar se encuentra en el corazón de Alemania. En un mapa del país, aparece ligeramente descentrada, a medio camino entre Hamburgo y Múnich. Es una ciudad pintoresca, consciente de la historia y la tradición, de las que posee en abundancia. Sus calles empedradas albergan casas con entramado de madera, elegantes villas, iglesias, palacios y frondosas copas de árboles. Situada en el valle del río Ilm, sus parques frondosos son tan extensos que un escritor del siglo XIX bromeó diciendo que «Weimar es en realidad un parque con una ciudad».  Weimar ha atraído a muchos residentes ilustres. Johann Wolfgang von Goethe, considerado el poeta nacional de Alemania, vivió y trabajó aquí con su amigo y colega escritor Friedrich Schiller. Johann Sebastian Bach residió en Weimar durante años, al igual que el compositor Franz Liszt y el filósofo Friedrich Nietzsche. El lugar que ocupa Weimar en la historia cultural alemana trasciende con creces su tamaño físico.

«Weimar es Alemania en esencia», dijo en una ocasión el expresidente alemán Roman Herzog, «una ciudad donde no solo la cultura y el pensamiento tenían cabida, sino también el filisteísmo y la barbarie».  Weimar ha sido durante mucho tiempo el faro de la cultura alemana, pero durante un tiempo también fue su corazón oscuro. Representa todo lo que el país ganó, perdió, sufrió e infligió. Esto se hizo especialmente evidente durante el tumultuoso periodo entre las dos guerras mundiales, de 1919 a 1939.

(…)

Weimar, la ciudad que debía dar nombre a la renovación democrática de Alemania, se convirtió en sinónimo del fracaso catastrófico de este experimento político, y esto se refleja en las vidas contrastantes de sus habitantes. ¿Qué papel desempeñaron en este proceso? ¿Tenían razón los ocupantes estadounidenses al sugerir que también eran responsables, porque se habían puesto voluntariamente en manos de criminales y locos? Nadie es completamente libre de actuar al margen de las circunstancias en las que se encuentra. Pero esto no significa que las personas carezcan de capacidad de decisión. La Alemania de entreguerras ha fascinado durante mucho tiempo a académicos y al público en general porque encarna la tensión entre el individuo y el colectivo, entre la inevitabilidad y la responsabilidad.

Para muchos alemanes, tras la Primera Guerra Mundial, sus vidas parecían pender permanentemente de un hilo. Se sentían atrapados por fuerzas superiores a cualquier individuo y, más tarde, se dirían a sí mismos y al mundo que nada podrían haber hecho para evitar la caída de su nación. Otros se veían atormentados por preguntas sobre qué habría pasado si las tragedias personales hubieran sido diferentes. ¿Habrían podido salvar a un ser querido, a sus familias o a sí mismos de la miseria, el dolor o la aniquilación? La forma en que hoy contamos y enseñamos la historia de la Alemania de entreguerras sugiere no solo que podrían, sino que deberían haber actuado de otra manera, que existía una forma de evitar el abismo. Es un momento histórico al que volvemos en busca de lecciones, porque lo que estaba en juego era de suma importancia. El destino de la democracia, de Alemania, de decenas de millones de vidas comunes y de la propia Europa pendía de un hilo.

Este libro narra las historias de la gente de Weimar —tanto de los ilustres como de los comunes— para examinar el impacto y, a menudo, también la futilidad de las decisiones personales tomadas ante fuerzas históricas sísmicas. En el centro de la historia se encuentra Carl Weirich, un comerciante de clase media que llegó a Weimar en 1914 con grandes esperanzas para el futuro, solo para descubrir que dos guerras mundiales y una multitud de crisis afectarían su negocio y a su familia. El encuadernador estaba fascinado por el papel, la tinta, las máquinas de escribir y la palabra escrita. Llevaba un diario meticuloso que detalla su vida. He contrastado los eventos y las personas mencionadas en él para comprobar su exactitud histórica y he comprobado que sus registros son correctos en todos los detalles. La escritura de Carl es a menudo sorprendentemente franca, ofreciendo una visión única y detallada de su vida entre las guerras. Su discurso, al igual que el de los demás personajes citados en este libro, proviene de documentos históricos.

Las mujeres de Weimar también se vieron inmersas en los acontecimientos e intentaron forjar su propio destino con los recursos a su alcance. Entre ellas se encontraba Rosa Schmidt, una hotelera judía que regentaba el Hotel Hohenzollern, justo al lado de la estación de tren. Estaba casada con Arthur Schmidt, perteneciente a una antigua familia de Weimar y que luchó en la Primera Guerra Mundial. La pareja luchó por mantener a flote su negocio durante los difíciles años de la posguerra y la hiperinflación. Su Hotel Hohenzollern fue donde Hitler se hospedó durante sus primeras visitas a la República de Weimar.

En el otro extremo de la ciudad, Elisabeth Förster-Nietzsche dirigía un archivo que contenía los restos literarios de su difunto hermano Friedrich Nietzsche. Tras la crisis nerviosa del famoso filósofo, su hermana se convirtió en su cuidadora y en la autoproclamada guardiana de su legado. Con dificultades económicas permanentes, ella y el Archivo Nietzsche dependían de la financiación de generosos donantes y de los diversos gobiernos del período de entreguerras. Aunque inicialmente no le impresionaba Hitler, Elisabeth pronto abrazó el nazismo, y el nazismo abrazó a Nietzsche. A pesar de sus convicciones políticas, el amigo más antiguo de Elisabeth seguía siendo el liberal Harry Graf Kessler. Ambos se escribían cartas frecuentes y animadas en las que a menudo hacían referencia a conversaciones personales que tenían lugar durante las visitas de Harry a la villa de Elisabeth en Weimar. Junto con las detalladas anotaciones del diario de Harry, constituyen una valiosa fuente histórica.

Algunos habitantes de Weimar se resistieron activamente al nazismo. Uno de ellos fue Kurt Nehrling, un joven socialdemócrata que regresó de su breve servicio militar con una tuberculosis debilitante. Ni esto ni los reveses del destino lo disuadieron de luchar por sus convicciones. Esto puso en grave peligro tanto a él como a su familia, aunque sus acciones nunca fueron suficientes para perjudicar a los nazis. La historia de la vida de Kurt se reconstruye a través de cartas, documentos oficiales y descripciones de sus amigos y compañeros.

Estos y muchos otros habitantes de Weimar conforman el retrato humano de este libro. Si bien representan diferentes grupos de edad, géneros, clases sociales y reacciones ante la tumultuosa época que vivieron, no deben ser vistos como estereotipos. Cada individuo era un ser humano real con sus propias circunstancias complejas, motivaciones y margen de maniobra. Aunque sus historias se combinan para formar lo que muchos podrían considerar una advertencia, es difícil y a menudo contraproducente juzgar el comportamiento de las personas desde nuestra perspectiva un siglo después. Como historiador, he reducido al mínimo mis comentarios y análisis para que usted, el lector, pueda observar los acontecimientos, las decisiones y los sucesos tal como se desarrollaron.

Si queremos evitar los errores del pasado, el primer paso es comprender por qué se cometieron. La democracia y la civilización se mantienen o se destruyen según las decisiones que tomamos como individuos y como sociedades. Ninguna cantidad de historia, tradición o cultura es suficiente para protegernos de la toma del poder por una ideología totalitaria despiadada. No hay mejor ejemplo de esto que la República de Weimar entre las dos guerras mundiales”.

© Katja Hoyer / Hachette Book Group

Philippe Darriulat: Las Jornadas de junio ​​de 1848, una mirada a ras de suelo

El pasado 12 de mayo, la revista l’Histoire anunciaba:

“El historiador Philippe Darriulat ofrece una fascinante crónica de las Jornadas de Junio ​​de 1848, adentrándose, a través de testimonios inéditos y poco comunes, en la vida de uno de los barrios obreros de París, una auténtica fortaleza de la insurrección —el término «acrópolis» se utiliza deliberadamente—. Emprende una investigación casi antropológica, reviviendo las figuras clave y permitiendo un análisis sociológico de los participantes en la revuelta. Así, se entrelazan las voces de ebanistas, comerciantes y obreros que contribuyeron a la vida de este suburbio parisino.

El libro se estructura en tres partes: la insurrección, la vida en el barrio y las consecuencias de la revuelta.  (…)”.

Así pues, nos ocupamos hoy de  Philippe Darriulat y de su L’Acropole des va-nu-pieds. Juin 1848. L’insurrection et ses conséquences vues du Faubourg Saint-Antoine (Champ Vallon), que empieza así:

“¿Cómo comienzan las revoluciones?

Si el siglo XIX fue un siglo de gran trascendencia histórica, sin duda se debió a la imperiosa necesidad de encontrar una respuesta a esta pregunta.

Ni siquiera el plural era el término adecuado; el objetivo era comprender qué había hecho posible el surgimiento de la Revolución —la única a la que la gramática francesa concede mayúscula, la «gran Revolución», la de 1789—. Todas las revoluciones posteriores debían entenderse como réplicas de este terremoto inicial.

La intensa actividad editorial comenzó ya en la década de 1820. Desde todos los ámbitos, pensadores, escritores y académicos intentaron resolver este enigma, y ​​personas de todas las ideologías ofrecieron sus respuestas. Adoptaron un enfoque decididamente político: explicar el pasado para comprender el presente y definir un futuro deseable.

La propia escritura de la historia se vio afectada por esta mentalidad: ya no se limitaba a relatar acontecimientos notables, para que «el tiempo no borrara las obras de la humanidad», sino que buscaba estudiar un proceso multicentenario que conformaba una larga cadena de sucesos entrelazados en una relación de causa y efecto, culminando en el momento de ruptura al que se le atribuía significado. La humanidad ya no se concebía como un ser que vivía en un presente perpetuo, que se repetía sin cesar; debía analizarse como una marcha hacia adelante, que precipitaba el presente cada vez más rápidamente hacia un pasado lejano. Esto es lo que François Hartog, basándose en la obra de Reinhart Koselleck, denominó la transición de un antiguo a un nuevo régimen de historicidad.

Desde los liberales más conservadores hasta los revolucionarios más radicales, todos aquellos que adoptaron este punto de vista identificaron el «progreso» como la fuerza motriz y el resultado de este movimiento. «Hermoso y carmesí Progreso, con la mirada fija en el cielo azul, / Marcha, y mientras marcha, devora el pasado», ya había dicho Hugo. Una opinión que sin duda no compartían los trabajadores que murieron en las barricadas en junio de 1848, pero que era sostenida unánimemente por las élites, en particular los intelectuales.

Y durante mucho tiempo.

Mi propósito aquí no es presentar una bibliografía, ni siquiera una muy breve, de todas las obras escritas en esta línea, sino simplemente intentar situar el trabajo que propongo dentro de algunos debates históricos. Por tanto, no tengo reparo en saltarme un siglo de reflexión —durante el cual, por cierto, escribieron Germaine de Staël, Mignet, Michelet, Tocqueville, Marx, Quinet, Jaurès, Aulard, Mathiez y tantos otros— para encontrarme en el año 1948. Europa y el mundo emergen de una guerra terrible; el viejo continente ha sido dominado y destruido por las peores dictaduras, que perpetraron los genocidios más abominables. Probablemente habría motivos para dudar del avance del «hermoso y carmesí progreso»; Por el contrario, reina el optimismo. Tras la caída del nazismo y sus partidarios, se acepta ampliamente que el proceso emancipador retomará su curso, acercando a la humanidad al futuro radiante cuya llegada se ha prometido durante tanto tiempo”.

Así pues, Darriulat alude al centenario y al coloquio que con tal motivo se celebró en París, centrándose en lo que entonces señalara Ernest Labrousse, así como en las críticas y síntesis posteriores  (Francis Démier en 1997 y Michel Vovelle en 1998 ).

Y sigue:

“Pero, en retrospectiva, por muy valiosas que sean todas estas reflexiones, ninguna responde a la pregunta planteada. De hecho, ni siquiera lo intentan. No nos dicen cómo nacen las revoluciones; reflexionan sobre lo que las hizo posibles y el contexto —económico, político, cultural y social— que permitió su estallido.

Para comprender cómo nace una revolución —el singular sustituye al plural— no hay otra solución que cambiar de escala. Abandonar una perspectiva general y ofrecer una historia «a ras de suelo», para usar una expresión ya clásica. Centrarse en los hombres y mujeres que hicieron posible el acontecimiento. Dejar de lado, en cierta medida, a los héroes, los pensadores, las figuras carismáticas, las estructuras, los ciclos económicos, las ideologías… para intentar acercarnos a quienes levantaron las barricadas, lucharon en ellas y, a veces, murieron. Renunciar a la elaboración de explicaciones generales, a la redacción de grandes síntesis —sin descartar, por supuesto, algunas generalizaciones basadas en lo examinado— para «salvar de la inmensa condescendencia de la posteridad», en palabras de Edward P. Thompson, a quienes decidieron tomar las armas y ocupar el espacio público. Por supuesto, actuaron dentro de un contexto que guió sus acciones y que debe ser comprendido y analizado; pero ningún contexto, ninguna convergencia de fuerzas hace inevitable una revolución. No existe una «mano invisible» de la historia, ningún gran titiritero que dirija las acciones humanas. El contexto hace posibles estos acontecimientos, necesarios si se quiere, pero nunca inevitables. Jacques Rancière afirmó con contundencia: «Sin duda, se pueden identificar, entre bastidores o a través de ellos, diversos procesos que pueden analizarse en términos de fuerzas o relaciones de poder. Pero la revolución no es el resultado, la suma, la totalidad de estos procesos. Es el escenario que los visibiliza en su interrelación, en la unidad de un único significado»”.

En ese sentido, el autor reconoce que esa senda metodológica ya ha sido transitada, por autores como Maurice Agulhon, en su estudio sobre los campesinos de la región del Var durante la Segunda República, Jérémie Foa, sobre la masacre de San Bartolomé, Fabrice Langrognet, sobre la inmigración, o Julie Duprat, sobre la trata de esclavos y la vida de un liberto en la Francia del siglo XVIII.  Y sigue:

“Llegado este punto, sin embargo, debo responder a dos preguntas obvias: ¿Por qué junio de 1848 y por qué el Faubourg Saint-Antoine?

Para responder a la primera de estas dos preguntas, es necesario anticipar una crítica que podría formularse en mi contra. ¿Cómo puedo reflexionar sobre las condiciones para el surgimiento de una revolución centrándome en una insurrección que, precisamente, no fue una revolución? La observación es pertinente, pero tiene un defecto: expresa el juicio de un observador con una perspectiva amplia, no el de uno de los trabajadores que salieron a las calles armados al enterarse del cierre de los Talleres Nacionales. No pretendían emprender nada diferente de lo que habían hecho cuatro meses antes, lo cual todos consideraban —y siguen considerando— una revolución. Desde su perspectiva, el 23 de junio de 1848 no es fundamentalmente diferente del 14 de julio de 1789, el 10 de agosto de 1792, el 27 de julio de 1830, el 22 de febrero de 1848, el 18 de marzo de 1871 o, entre otras fechas, el 8 de marzo (23 de febrero) y el 6 de noviembre (24 de octubre) de 1917.

¿Por qué junio de 1848, entonces? Porque estoy convencido de que ofrece una perspectiva privilegiada para examinar el funcionamiento de una democracia. (…)

(…)

Tras explicar la elección del evento, resta justificar la elección del lugar.

Ante esta pregunta, la primera respuesta que viene a la mente sería: «¡Porque tenía que haber uno!»; una explicación bastante simplista, dirían algunos. Sin embargo, no del todo. La cuestión aquí es enfatizar que la escala «micro» exige abandonar el estudio del conjunto de los actores. Tal empresa, aunque solo sea por el enorme volumen de documentación que habría requerido, habría resultado en comprender a los insurgentes únicamente a través de herramientas estadísticas. Sería entonces ilusorio intentar recuperar, ni siquiera parcialmente, las voces, las emociones, la ira y las expresiones de quienes construyeron las barricadas. Además, este trabajo estadístico ya fue realizado a la perfección por Jean-Claude Farcy, quien puso los resultados a disposición del público a través del sitio web “Inculpés de l’insurrection de juin 1848“.

Por lo tanto, fue necesario definir un sector para comenzar la investigación.

(…)

El objetivo era, en efecto, identificar una fracción de la población insurgente —una muestra, como diría un encuestador— que proporcionara el mejor punto de vista posible. Desde esta perspectiva, la escala elegida no pretendía resaltar las «anomalías que afloran en los documentos»,  que caracterizan el enfoque microhistórico tal como lo define su fundador, sino más bien multiplicar las huellas dejadas por decenas de individuos anónimos que participaron en este extraordinario acontecimiento. Hombres y mujeres corrientes, más que una «excepción normal», parafraseando la expresión oximorónica de Edoardo Grendi, otra figura clave de esta escuela de historia.

Por tanto, fue necesario elegir un barrio, conscientes del carácter inherentemente arbitrario de esta elección”.

Y el elegido ha sido el de Faubourg Saint-Antoine, por varios factores:  era uno de los distritos con mayor número de barricadas, sus calles estuvieron entre las últimas en ser reconquistadas por los partidarios del «orden», tenía fama de revolucionario …”y luego, por supuesto, estaban las páginas de Los Miserables, de donde se toma la hermosa frase que da título al libro”. Pero la zona concreta que toma nuestra autor está aún más limitada: la calle Sainte-Marguerite, más en concreto “manzana que formaba junto con la calle Saint-Bernard y dos números de la calle de Charonne”.

Y así termina:

“Este relato, al menos esa es mi ambición, debería permitirnos escuchar, con empatía pero sin idealizaciones, las voces de quienes protagonizaron esta insurrección, a menudo presentada como fundamental, pero rara vez estudiada en sí misma. Se trata de mujeres y hombres que a veces cargaron con problemas que no necesariamente les pertenecían, pero que vivieron en primera persona una guerra civil devastadora cuyo sangriento desenlace puso fin, al menos temporalmente, a sus expectativas y esperanzas

(…)”

© Philippe Darriulat / Champ Vallon

Thomas Dekeyser: Contra la máquina. ¿Qué tienen en común las resistencias del pasado con los movimientos actuales?

Pocas noticias tenemos por aquí sobre Thomas Dekeyser, acaso los seguidores de la Internacional Destruccionista  o los que simplemente se hayan topado con los documentales “Machines in Flames” o  “Breached: A Chronicle of Cargo Theft” o quizá algún pesimista concienciado sobre las violencias del progreso tecnocientífico. Y siempre queda quien haya acudido a la School of Geography & Environmental Science, de la University of Southampton, donde el profesor Dekeyser desempeña sus actividades académicas.

Por tanto, tenemos a un  geógrafo cultural-digital cuyo trabajo examina las tecnologías digitales, sus afectos negativos y las políticas de la resistencia.  Todo lo cual queda expuesto en su más reciente libro: Techno-Negative. A Long History of Refusing the Machine (University of Minnesota Press).

Pero antes, hablando del progreso y sus problemas, me permito contextualizar algo más y aludir a uno de los libros que parece triunfar, el que la filósofa Rahel Jaeggi dedicada a Fortschritt und Regression (Suhrkamp), con traducciones al inglés (Harvard UP) y próximamente al francés (Seuil). Para ella, heredera  de la Escuela de Frankfurt, parece claro que la idea de progreso general ya no tiene el atractivo de antaño, incluso suscita escepticismo. En cambio, es la de regresión la que predomina, ya sea por el populismo autoritario que se aprovecha del cansancio democrático, por la creciente desigualdad, por la destrucción ecológica o por el ataque a las instituciones educativas y a la razón misma. Dicho eso, si bien la profesora Jaeggi defiende ese par de conceptos como una herramienta dialéctica indispensable para ejercer la critica, entiende finalmente que es necesaria cierta visión del progreso, no como tendencia de desarrollo inevitable, sino como una especie de brújula hacia la emancipación.

La posición de Dekeyser es distinta o más bien complementaria, como también lo es la mirada. Para él, “uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos es la facilidad con la que la crítica a la tecnología se presenta simplemente como un miedo a la tecnología, como una postura contraria al progreso. Es una forma de demonizar a alguien, tildándolo de irracional y, por lo tanto, de que sus preocupaciones no deben tomarse en serio. Lo que este insulto de “tecnofobia” pasa por alto de manera crucial no son solo las muchas emociones que impulsan el rechazo contemporáneo a la tecnología, sino que tampoco reconoce las razones, a menudo profundamente racionales, por las que alguien podría decidir abandonar, o resistir activamente, las dimensiones más dañinas de la vida tecnológica contemporánea. Dentro del rechazo a la tecnología, podemos encontrar visiones alternativas del futuro. No se trata de un rechazo al progreso, sino simplemente de rechazar una idea particular y estrecha de cómo debería ser el ‘progreso'”.

Vayamos, pues, al libro y al sentimiento de oposición a la máquina:

“(…)

Este libro traza la historia, a menudo vibrante y a veces desconcertante, de este sentimiento. Descubrimos que, lejos de ser un fenómeno reciente surgido en el vacío, una corriente subterránea de rechazo subyace y atraviesa las largas historias que conforman los horizontes tecnológicos del mundo moderno. De hecho, impregna la historia de la tecnología en cada paso y giro. La Tecnonegatividad cuestiona las narrativas habituales del avance tecnológico como historias de invención, aceleración y emancipación, empleadas por Occidente para diferenciarse de sus «Otros». Frente a las historias de la progresión tecnológica como una sucesión fluida de invenciones de genios, este libro la presenta como un campo de batalla político plagado de tensión, disputa y contradicción. Revela fragmentos de la existencia, poco conocida y a menudo desconcertante, de un impulso tenaz y feroz por negar la tecnificación de la vida, y el impulso igualmente persistente en la ortodoxia tecnológica por condenar y reprimir este impulso.

Un viaje al mundo de la «tecnonegatividad» iluminará las implicaciones conceptuales de la tecnopolítica contemporánea: ¿Cómo concebir una relación negativa con la tecnología en un momento en que los dispositivos tecnológicos, las infraestructuras, los datos y los algoritmos son tan omnipresentes que nos envuelven? Para analizar críticamente el artificio del siglo XXI, afirma el libro, necesitamos explorar las vías conceptuales y políticas que abre el rechazo, en lugar de limitarnos a criticar los sueños, las historias y las innovaciones que se han acumulado en nuestro momento tecnológico, incluso si tales análisis histórico-teóricos nos ofrecen lecciones cruciales sobre las complejidades del poder tecnológico. (…)

¿Qué explica esta eliminación del rechazo en las historias de la tecnología? (…) El rechazo tecnológico sigue siendo motivo de sospecha, algo que se debe evitar, como si el experimento encarnado con la criticidad fuera similar a su profanación, en lugar de su productiva expansión hacia registros que trasciendan el mero discurso. Necesitamos desprendernos del miedo a la tecnonegatividad, que durante demasiado tiempo ha sido despreciada como un proyecto desacertado o ingenuo, incluso infantil, que se opone a cualquier formulación significativa de la política tecnológica.

(…)

Los capítulos del libro siguen las huellas divergentes dejadas por el elenco seleccionado de protagonistas tecnonegativos. El capítulo 1 comienza con la destrucción de las máquinas de guerra de Arquímedes, vinculando así la promesa misma de la technē a su rechazo y demora. (…)  El capítulo 2 muestra cómo la tecno-negatividad de la demonología cristiana medieval surge de una fusión entre las artes mecánicas y lo demoníaco. (…)

El capítulo 3 constituye un punto de inflexión en el libro. La tecnonegatividad deja de ser un modelo de soberanía y se ve cada vez más complementada por su transformación en un ataque a las estrategias de autoridad. Para destacar este desarrollo, el capítulo se centra en dos respuestas estatales distintas a la mecanización de las herramientas de trabajo en Europa Occidental y Central. Antes del siglo XIX, los imperativos mercantilistas impulsaron a los estados a quemar telares, llegando incluso a ejecutar a algunos inventores. Para cuando los luditas se organizaron, los estados se inclinaron a volverse no contra las máquinas, sino contra los trabajadores sublevados. Este cambio solo puede entenderse a la luz de la adopción por parte del Estado de una economía antiproteccionista promovida por una teoría capitalista de la propiedad, el trabajo y la producción. A su vez, los luditas contribuyeron a transformar la tecnonegatividad, pasando de ser un método para contener la insurrección a uno para desencadenarla. Más allá de una lucha limitada contra la precariedad económica, la tecnonegatividad rápidamente se convirtió en un ataque a la degeneración ontológica de la maquinaria, reconocida posteriormente por Arendt, Ellul y Gehlen. El capítulo 4 aborda la resistencia organizada a la tecnologización occidental durante el colonialismo europeo. Muestra cómo el tecnocolonialismo está íntimamente ligado a la exclusión de las vidas indígenas como infrahumanas, una forma de control ontológico que teorizo ​​como «onticidio tecnológico». (…) El capítulo 5 comienza con una figura del siglo XIX (un Karl Marx ebrio) y termina con otra (los revolucionarios franceses). El capítulo examina la práctica singular que los une (la destrucción de linternas) como un proceso de “publicación” de historias tecno-negativas, tanto en términos del objetivo (la propiedad estatal) como de los actores (una diversa gama de practicantes). (…).

Con la “electrificación” del capitalismo global a principios del siglo XX, las tendencias tecnonegativas se toparon con nuevos obstáculos. El resultado, según argumenta el capítulo 6, es la proliferación de prácticas tecnonegativas que optan no por atacar materialmente los objetos tecnológicos, sino por la política distante de la comuna. (…) El capítulo 7 se centra en el siglo XX para examinar no el repliegue, sino una dinámica renovada de antagonismo directo: el incendio provocado en empresas informáticas en la década de 1980. (…).

La conclusión retoma los linajes conceptuales de este libro y los aplica a las articulaciones actuales de la tecnopolítica. Lo que une al tecnorreformismo, el tecnorracionalismo y el posthumanismo contemporáneos es su compromiso sostenido, aunque a menudo implícito, con el control ontológico que define al humanismo. Siguiendo sus diversas trayectorias, el capítulo argumenta que, en el centro de este humanismo persistente, se encuentra la búsqueda de seguridad ontológica frente a la destrucción de lo humano como espacio de unidad e identidad. Tras criticar las violentas secuelas del humanismo, presento una breve polémica a favor de una política abolicionista de la tecnología que rechaza categóricamente cualquier compromiso axiológico con lo humano. Una política abolicionista clama a lo inhumano, lo contrahumano, lo no humano y lo inhumano, no en busca de soluciones, sino de compañía en la tecnonegatividad”.

© Thomas Dekeyser / Regents of the University of Minnesota

A. G. Hopkins: La tierra donde nada funciona. De cómo Gran Bretaña perdió el rumbo

No recuerdo haberme topado en mis lecturas con el profesor A. G. Hopkins, excepto en una breve ocasión y sin mucha huella, así que es buen momento para visitarlo, sobre todo ahora que se despide de la escritura libresca con The Land Where Nothing Works. How Britain Lost the Plot (Princeton UP).

En efecto, hay un prefacio personal en el que nos dice:

“Este libro ocupa un lugar especial en mi lista de publicaciones, pues es el último que escribiré. Ese carácter definitivo, aunque carece de importancia para cualquiera que no sea yo mismo, ayuda a explicar tanto la elección del tema como su tratamiento. Me encuentro ahora en la sexta edad del hombre de Shakespeare, «con gafas en la nariz y una bolsa al costado». La «última etapa de todo lo que pone fin a esta extraña y agitada historia» ya se vislumbra claramente. La inclinación de los ancianos a mirar atrás, ya sea con ira, satisfacción o asombro, no se limita a los historiadores. Pero los historiadores no pueden evitar situarse en el contexto más amplio que dio forma a sus vidas, porque revisan su pasado de maneras que van mucho más allá de los detalles personales.

(…)”

Y luego viene el “Prospectus”:

“Este es un libro breve sobre un tema amplio. Podría ser un resumen de los acontecimientos ocurridos entre 1945 y 2024, pero no lo es. El objetivo del estudio es comprender las tendencias a largo plazo que han dado forma al mundo en el que vivimos hoy. En consecuencia, se ha dedicado a las décadas anteriores el espacio que este objetivo justifica. Este enfoque corrige el cortoplacismo que exagera nuestra propia época al tiempo que comprime la de nuestros antepasados.  Nosotros también seremos comprimidos cuando nuestro momento haya pasado, a menos que los historiadores del futuro modifiquen sus procedimientos para concedernos el espacio que creemos merecer.

El propósito específico del libro es explicar el malestar actual que ahora afecta a todos los aspectos de la vida británica: su economía, su política, su orden social, el desequilibrio regional, la sensación de bienestar y su lugar en el mundo. Esta tarea requiere seleccionar pruebas relevantes y, por definición, minimizar aspectos de la historia que un estudio exhaustivo incluiría con razón. La selectividad se aplica a todos los libros que proponen interpretaciones. La selección que aquí se ofrece debería ser lo suficientemente amplia como para abarcar los temas más importantes, tanto nacionales como internacionales, que han moldeado la historia de Gran Bretaña desde 1945. Corresponde a los lectores juzgar la veracidad de esta afirmación.

Se necesita cierta justificación para sumarse a la avalancha de libros que ya han identificado muchos de los fallos actuales de Gran Bretaña. Ending Stagnation (2023), de la Resolution Foundation, confirma que los últimos quince años han registrado un crecimiento excepcionalmente bajo. Shattered Nation (2023), de Danny Dorling, subraya las consecuencias para el bienestar social del aumento de la desigualdad. The Social Distance Between Us (2023), de Darren McGarvey, identifica las deficiencias de un gobierno excesivamente centralizado. Democracy for Sale: Dark Money and Dirty Politics (2020), de Peter Geoghegan, revela realidades que los periódicos rara vez publican y que el Parlamento ignora. La reedición del clásico de Tom Nairn, The Break-Up of Britain (1977; 2021), vuelve a centrar la atención en la creciente alienación de las «provincias periféricas» de Gran Bretaña. Stuart Ward va varios pasos más allá en Untied Kingdom: A Global History of the End of Britain (2023), que muestra cómo el concepto de «britanicidad» ha perdido su atractivo en partes del mundo muy alejadas de lo que en su día se denominó la patria. Estos ejemplos podrían multiplicarse. Pero la idea ha quedado clara: diversos autores escriben con un espíritu pesimista y, en algunos casos, apocalíptico. Es difícil encontrar ejemplos contrarios: The Triumph of Brexit: How Britain Became Great Again aún no ha aparecido.

Por admirables que sean, estas contribuciones abren el tema en lugar de cerrarlo. La mayoría de los comentarios sobre la crisis actual se centran en acontecimientos recientes. La demanda de análisis y soluciones inmediatas estimula un animado debate y genera una rápida oferta de libros y artículos. En el presente caso, la mayoría de los estudios se limitan al periodo posterior a la crisis financiera de 2008. Sin una perspectiva más amplia, es difícil juzgar si la crisis del momento es un simple bache antes de que se restablezca la normalidad, o la erupción de fuerzas subterráneas que han estado madurando durante una generación o más.

Afortunadamente, existen suficientes pruebas históricas para dar una respuesta plausible a esta pregunta. Los economistas han elaborado un historial fiable del crecimiento económico y la productividad desde 1945. Los historiadores sociales han examinado los cambios en el bienestar y el aumento de la desigualdad que se produjeron durante el mismo período. Los historiadores políticos han analizado el funcionamiento de Westminster y de sus habitantes, y han rastreado los orígenes de las tensiones que ahora amenazan la unidad del Reino Unido. Los historiadores imperiales han destacado el papel desempeñado por el imperio en la economía y las ambiciones de Gran Bretaña y han desentrañado las consecuencias de la descolonización tanto en el país como en el extranjero. Estas contribuciones son indispensables para cualquier intento de comprender cómo el pasado ha moldeado el presente.

Sin embargo, en su mayor parte, este corpus de trabajos permanece dentro de los límites subdisciplinarios, a pesar de que se han realizado impresionantes intentos por unir los distintos segmentos. Entre los estudios recientes más destacados, con numerosas referencias adicionales, se incluyen The Reinvention of Britain, 1960–2016: A Political and Economic History (2017), de Scott Newton, y The Rise and Fall of the British Nation (2018), de David Edgerton. No obstante, estas contribuciones dejan margen para un análisis que amplíe el punto de vista aquí expuesto. El estudio complementario de Newton incluye más información relevante de la que es posible en este trabajo, pero deja margen para relacionar el cambio económico con los cambios en el carácter de la política y los políticos, y para rastrear la forma en que la identidad nacional se ha desgastado. El análisis de Edgerton es también mucho más exhaustivo que el presente libro, que pone mayor énfasis en la City y los servicios, así como en las relaciones de Gran Bretaña con el imperio, Europa y Estados Unidos.

La interpretación que sigue examina las consecuencias de dos tendencias a largo plazo: el cambio histórico de la industria manufacturera a las finanzas y los servicios, y la transición asociada de lo que aquí se denomina la «globalización obligatoria» de la era imperial a la «globalización electiva» del mundo posimperial. Todos los países desarrollados han experimentado una transición de la industria manufacturera a los servicios, pero ninguno lo ha hecho en la misma medida que Gran Bretaña. No hay ningún paralelo al dominio de Londres ni a los desequilibrios regionales que acompañaron su crecimiento como centro financiero. Del mismo modo, otros países occidentales han creado imperios de ultramar, pero ninguno a una escala comparable a la de Gran Bretaña. La descolonización tras la Segunda Guerra Mundial y la reincorporación de Gran Bretaña a Europa fueron acontecimientos trascendentales. No obstante, el sentido de misión global de Gran Bretaña sobrevivió a la transformación, a pesar de su poder mermado. La arrogancia trajo consigo su némesis, pero el castigo condenó al país a actuar como un socio cada vez más secundario en las operaciones militares en el extranjero iniciadas por su antigua colonia, Estados Unidos.

(…)

(…) La victoria en dos guerras mundiales y en las que las precedieron en el siglo XIX garantizó que Gran Bretaña eludiera la agitación que la derrota infligió a otros países. La continuidad institucional proporcionó una gran medida de estabilidad, pero también limitó el margen para la reforma. El cambio llegó, pero no de la noche a la mañana: incluso las políticas radicales que siguieron en 1945 y 1979 tuvieron lugar dentro de las estructuras existentes de poder constitucional y político. Como observó Marx en un contexto diferente: «los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su antojo; no la hacen en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en circunstancias ya existentes, dadas y transmitidas desde el pasado».

Esta breve exposición de los temas principales del libro se desarrolla en los capítulos siguientes. El primer capítulo, «Nuestro país en ruinas», expone los principales problemas a los que se enfrenta hoy el Reino Unido, analizando las consecuencias de la exaltación de la empresa privada, la destrucción de los servicios públicos y el aumento de la pobreza y las privaciones. Los cinco capítulos siguientes explican cómo el país llegó a esta situación poco envidiable. El capítulo final, «El ajuste de cuentas», sugiere cómo la historia puede orientar la política al respaldar las evaluaciones para la reforma que otras personas con competencias más adecuadas están contemplando o ya defendiendo.

El libro termina con las elecciones generales que tuvieron lugar en julio de 2024. Mucho ha sucedido desde entonces: el primer gobierno laborista en catorce años llegó al poder en Gran Bretaña; Donald Trump asumió el cargo de presidente de los Estados Unidos en enero de 2025. Los autores de libros de actualidad se ven impulsados a mantenerse al día. En el caso del presente libro, sin embargo, hay que resistirse a la tentación de predecir el desenlace de los acontecimientos actuales por las razones expuestas al principio de este prospecto. La dificultad radica en distinguir entre episodios del momento y cambios de fondo que quizá no se hagan evidentes hasta dentro de varios años. Dado que no podemos estar seguros de que los temas de actualidad equivalgan al enigma de los siglos, es prudente que los historiadores dejen estos acontecimientos en manos de los numerosos y excelentes comentaristas cuya labor consiste en pronunciarse sobre ellos”.

©  Princeton University Press / A. G. Hopkins

Aude Loriaud: Enclaustradas! Esa otra vida de las mujeres en la Edad Moderna

Hay que ver. Quién diría que enclaustrarse vuelve a estar de moda !!  Si no encerrarse, al menos interesarse por ello. Como podíamos leer en El País, “Ana Garriga y Carmen Urbita se adelantaron a la ‘monjamanía’ con su ‘podcast’ ‘Las hijas de Felipe’.  Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente (Blackie Books) es su manual de supervivencia para el siglo XXI”.  Pero la cosa no se queda ahí porque el libro tiene versión inglesa (Avid Reader Press/Simon & Schuster) y ha resonado en el mismísimo NYT : “¿Angustia? Estas monjas tienen la solución (pero no la que crees)”. Y también se ha vertido al portugués (Pergaminho),  al francés (JC Lattès), al alemán (Gutkind) y al italiano (Mondadori), al menos.

Aunque, claro está, esta bitácora prefiere la investigación histórica, donde el asunto también florece.  Podríamos retroceder hasta Natalie Zemon Davis y sus Mujeres de los márgenes: Tres vidas del siglo XVII (1995), que  dedicaba una parte central a la peculiar monja Marie de l’Incarnation y que mostraba cómo el convento era una alternativa al matrimonio forzoso o a la crianza constante.  Pero no hace falta ir tan lejos.

Por ejemplo, hace pocos años apareció un texto de María Luisa Candau Chacón dedicado a “Femmes et enfermements conventuels. Évasion, adaptation et rejet d’un destine imposé (Andalousie Occidentale. XVIIe et XVIIIe siècles, incluido en el volumen editado por  Marie-Noëlle Ciccia, Sylvie Favalier y Sylvie Imparato-Prieur con el título de Les paradoxes de l’enfermement dans L’Europe Moderne. Espagne, France, Portugal (Presses universitaires de la Méditerranée, 2018). Y no ha sido la única autora española, que además tiene otros trabajos sobre el asunto, sino que ahí está la tesis doctoral de Berta Echániz Martínez o  el reciente texto de Ángela Atienza López.

Y no conviene dejar pasar los volúmenes coordinados en Éditions de la Sorbonne por Isabelle Heullant-Donat, Julie Claustre, Élisabeth Lusset  y Falk Bretschneider sobre los diversos encierros. Y no olvidemos tampoco que por aquí transitó el pasado septiembre el trabajo de Inès Anrich, titulado Filles en conflit. Consentement et vocations religieuses (CNRS Éditions).

Pero centrémonos. También en 2025 apareció un libro titulado Une histoire des femmes en Europe (des grottes aux Lumières) (Armand Colin), un texto que repasaba esa historia a través de “Objets, textes, images”, de ahí que fuera relativamente voluminoso, con textos de apenas dos páginas por ítem tratado. El trabajo lo dirigió Sophie Lalanne, en colaboración con Didier Lett y Dominique Picco, además del comité editorial de la Association Mnémosyne, dedicada al desarrollo de la Historia de las mujeres y el género.  Pues bien, en el capítulo octavo (“Des dieux et des femmes”), dividido en once subapartados, el último de estos se dedicaba a “Pénitences imposées à une religieuse désobéissante (France, XVIIIe siècle)” y venía formado firmado por  Aude Loriaud.

La elección de esta profesora no es casual, más bien procede de lo que investigó en su tesis doctoral de 2021 (Les clefs du cloître : les communautés féminines à Bordeaux et à Rouen aux xviie et xviiie siècles). Y ahora esa tesis llega a la imprenta, adoptando una perspectiva más genérica, menos local: Les Clefs du cloître. Les Femmes entre enfermement et liberté (Armand Colin).

Veamos:

“A mediados del siglo XVIII, el convento de Notre-Dame-du-Refuge, en la calle Saint-Hilaire de Ruán, mantenía sus puertas herméticamente cerradas… Y con razón, esta orden religiosa  se había dado la misión de «recibir a las mujeres pobres, a las jóvenes libertinas y a aquellas […] en peligro de perder su pudor1», de «retenerlas» e «instruirlas en la virtud», «enseñarles a servir a Dios y procurar la salvación de sus almas2». Sin embargo, a medida que las cerraduras de las puertas se desgastaban, fue necesario recurrir a los cerrajeros Travet y Leclerc, quienes realizaron varias reparaciones en el convento entre 1759 y 1791. El historiador podría verse tentado a pasar por alto estas pequeñas reparaciones, de las cuales se conservan hullas en los registros de trabajo de los artesanos… Sin embargo, si se examinan con atención las densas entradas de estas listas de trabajos, se puede viajar en el tiempo y cruzar el umbral del recinto  junto a ellos para encontrarse con la pequeña comunidad que vivía en este convento: las monjas, las pensionistas y el servicio.

Contrariamente a lo esperado, estas fuentes proporcionan cierta información sobre sus ocupaciones y nivel de vida. Por ejemplo, en 1768, «Madame Gruel, pensionista», pidió al cerrajero Travet que le proporcionara «cuatro broches en forma de corazón para su bastidor de bordado». Esta misma mujer, que se había instalado en una habitación del convento sin llevar vida religiosa, contaba con una camarera a su servicio, ya que el cerrajero Leclerc llegó en 1774 para reparar «la cerradura de la habitación de la camarera de Madame Gruel». Otras internas parecían disfrutar de cierta comodidad, ya que se alojaban en apartamentos. Por ejemplo, en 1768, Leclerc había «proporcionado tres soportes para el apartamento de Madame Durant para sujetar los armarios, ajustado las dos cerraduras y proporcionado el clavo».

Sin embargo, no todas las internas tenían las mismas condiciones de vida, especialmente cuando estaban bajo arresto domiciliario. Travet, quien informó sobre el trabajo realizado entre 1764 y 1765, dejó esta pista: «Para la puerta de una interna bajo arresto domiciliario, se proporcionó un candado nuevo con su llave, una bisagra con su pasador, un clavo y una tuerca». Poco más sabremos sobre esta detención. Cabe destacar, sin embargo, que el número de penitentes voluntarias en esta casa disminuía, mientras que el de convictas detenidas por una lettre de cachet u orden judicial aumentaba. El recinto del convento de las monjas de Notre-Dame-du-Refuge, destinado a servir de refugio, se transformó así, por voluntad del rey y las autoridades judiciales, en una auténtica prisión.

La dualidad de los conventos

La diversidad de las circunstancias de las mujeres en los conventos se evidencia en la pluralidad de experiencias vividas en su clausura: niñas y mujeres consagradas a Dios, laicas de todas las edades y de diferentes orígenes sociales convivían. El confinamiento en las comunidades religiosas adoptó diversas formas, desde la retirada voluntaria del mundo hasta la detención coercitiva. El estricto encierro de los conventos femeninos creó las condiciones espaciales y normativas de un aislamiento que generó una marginación, ya sea elegida o impuesta. En este sentido, los conventos podían ser tanto refugios como lugares de confinamiento.

Como ocurre con cualquier tema histórico, y más aún con los temas religiosos, es importante desvincularnos de las representaciones subjetivas que puedan influir en nuestras percepciones. El convento no puede reducirse a la imagen, transmitida por las obras literarias de libertinos y la Ilustración, de una prisión que alberga a niñas obligadas a convertirse en monjas o de un espacio cerrado propicio para la desviación sexual. Sin embargo, el cine contemporáneo continúa alimentando este imaginario. En contraste con este legado literario, el convento puede considerarse un espacio sagrado y sereno. ¿Acaso Teresa de Ávila no veía el claustro como un «palomar de la Virgen»? Esta frase revela otra percepción de los muros del claustro como baluarte protector de la virginidad de las esposas del Señor. Para los monjes y monjas, el espacio reservado para ellos dentro del claustro aparece como un lugar que los preserva del pecado y les permite seguir los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia con la esperanza de asegurar su salvación.

(…)

¿Cómo ha sido la clausura estricta un factor determinante en la vida conventual femenina, entre la adopción, el rechazo y la adaptación?

Al remontarnos a los orígenes del monacato, en la Antigüedad y la Edad Media, para comprender cómo la clausura se convirtió en un indicador de la diferenciación de género en la vida monástica, ratificada finalmente por el Concilio de Trento, comienza a surgir una respuesta. Durante la Reforma católica, las reacciones fueron diversas, desde un ardiente deseo de vida en clausura hasta una audaz resistencia. ¿Cómo podía la vida religiosa de clausura ofrecer cierta autonomía para actuar al margen de una sociedad patriarcal? ¿Cómo podían las nuevas formas de vida consagrada que se desarrollaron fuera del marco de la clausura responder al deseo de emancipación femenina? Numerosas estrategias para superar las limitaciones de la clausura fueron desarrolladas por las fundadoras para llevar a cabo misiones caritativas o apostólicas, así como por las superioras para continuar gestionando los asuntos temporales de sus comunidades.

A través de una multitud de historias individuales, los conventos aparecen a veces como refugios, a veces como espacios de múltiples formas de confinamiento. La dialéctica de restricción/libertad está omnipresente en las experiencias de la vida en clausura, ya sea desde el momento del ingreso a la vida religiosa o durante la vida monástica, pero también a través de los diferentes estatus de las residentes: niñas que debían recibir educación, mujeres protestantes y judías confinadas para su conversión, señoras jubiladas y todas las demás personas —deficientes mentales, rebeldes o de moral considerada desviada— que eran internadas a la fuerza por orden arbitraria o decisión judicial. Las autoridades públicas implementaron un verdadero proceso de instrumentalización de la clausura conventual para controlar las mentes y la moral.

Finalmente, el último capítulo arrojará luz sobre las cuestiones políticas, económicas y sociales que explican la supresión de las comunidades religiosas durante la Revolución Francesa, situándolas en la continuidad de las reformas que ya había iniciado la monarquía bajo el Antiguo Régimen y que habían desafiado gradualmente el modelo de las órdenes contemplativas de clausura estricta”.

© Armand Colin-Dunod / Aude Loriaud

Trevor Jackson: El capitalismo ha sido insaciable, pero no siempre fue así ni puede seguir indefinidamente

Si son asiduos de la NYRB les sonará el nombre del combativo historiador económico Trevor Jackson. O acaso hayan leído su anterior e ilustrativo Impunity and Capitalism. The Afterlives of European Financial Crises, 1690–1830 (Cambridge UP). Si no es así, hay remedio, porque ahora nos presenta The Insatiable Machine. How Capitalism Conquered the World (Norton), que en realidad –se ha comentado– es la obra del “historiador que quiere imaginar una alternativa al capitalismo”.

En todo caso, tras esa bella y metafórica portada del “capitalismo” en versión Art Young, empieza así:

La historia es lo que hiere (Fredric Jameson)

No siempre fue así. Hoy, el mundo entero vive bajo un único sistema económico que llamamos capitalismo, y los mercados de bienes, información, servicios y dinero se extienden por todo el planeta. La mayoría de las personas que viven hoy nunca han vivido bajo otro tipo de economía. Los rivales históricos del capitalismo fracasaron y colapsaron hace décadas, y no se vislumbra ningún sistema alternativo creíble. Los defensores del capitalismo afirman no solo que es la forma más eficiente, productiva y beneficiosa de organizar la vida económica, sino también que es el resultado de la naturaleza humana innata, o que engloba un conjunto de virtudes morales. La lógica de mercado del capitalismo afecta a todos los aspectos de nuestras vidas, desde la educación y la sanidad hasta la vivienda y el cuidado infantil. Durante el último medio siglo, los supuestos económicos sobre la racionalidad individual, la maximización, el equilibrio y la eficiencia se han aplicado a un número cada vez mayor de aspectos del estudio de la vida humana.  El uso del razonamiento económico se ha extendido a casi todo, desde la deliberación democrática hasta la asignación de riñones, pasando por la legitimidad de envenenar a niños con plomo. La lógica de mercado ha sido la principal forma de asignar valor y tomar decisiones durante décadas, de tal manera que muchas personas nunca han experimentado alternativas ni se han percatado de que los valores de mercado son una elección y tienen una historia. Como escribió el teórico literario Fredric Jameson en 2003:  es «más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo».  Pero incluso una mirada superficial al mundo que nos rodea deja claro que las cosas no pueden seguir así para siempre. Una economía basada en la acumulación infinita, el consumo masivo y la industrialización impulsada por combustibles fósiles es incompatible con un planeta finito. Comprender que el mundo no siempre ha sido así nos ayuda a reflexionar sobre el hecho de que tampoco puede permanecer así.

Este libro es una historia del sistema económico que llamamos capitalismo. Explica sus orígenes, expansión y dinámica interna, con el objetivo de explicar a quienes no son expertos cómo el mundo en que vivimos llegó a ser como es. El libro abarca el subconjunto de la economía mundial que puede considerarse razonablemente “capitalista”, desde sus inicios en zonas dispersas y esporádicas del mundo atlántico en el siglo XVI hasta su dominio global a principios del siglo XX. En otras palabras, comienza aproximadamente durante la vida de Martín Lutero y termina durante la de Vladimir Lenin, y utiliza a cada uno de ellos (Lutero en 1517, Lenin en 1917 e Isaac Newton en 1717) como ejemplo ilustrativo de cómo la economía global cambió a lo largo de los siglos. Este libro trata sobre los orígenes del capitalismo, su expansión mundial y cómo llegó a ser la forma dominante de organizar la vida humana.

Hay buenas razones para volver a contar esta historia, y de una manera nueva. La primera es el simple hecho de que el capitalismo es el sistema económico en el que vivimos hoy: abarca más territorio y comprende más aspectos de la vida humana que cualquier otro sistema económico anterior. Desde al menos la crisis de 2008, ha habido una creciente sensación de que podría haberse descontrolado y ahora amenazar la democracia, la sociedad, el medio ambiente y la habitabilidad del planeta. Pero a diferencia de los países, las personas o los acontecimientos, el capitalismo es una abstracción sin una definición consensuada ni una ubicación física. No hay un único lugar donde encontrarlo, ni una sola persona a cargo de él, ni una única manera de comprenderlo o estudiarlo. Entonces, ¿cómo contamos la historia del capitalismo?

El punto de partida es reflexionar sobre el capital y los capitalistas, una forma de poder y un grupo de personas característico del capitalismo. Durante el último medio milenio, los capitalistas han sido algunos de los agentes de cambio más importantes de la historia de la humanidad, y el capital ha sido la herramienta central que han utilizado para transformar el mundo. Los historiadores se interesan profundamente por la capacidad de acción, entendida como la habilidad de las personas para generar cambios en el mundo. Esta capacidad está estrechamente relacionada con el poder: para cambiar algo, alguien debe tener el poder para hacerlo. Gran parte de la investigación histórica de los últimos 50 o 60 años se ha dedicado a recuperar e identificar la capacidad de acción de las personas marginadas, para demostrar que importaban y que contribuyeron a la construcción del mundo en que vivimos. Algunos estudiosos han defendido la capacidad de acción de elementos no humanos, como ballenas, mosquitos o patógenos. Los animales y el medio ambiente ciertamente tienen poder y provocan cambios en la vida humana, pero es difícil demostrar que tengan intenciones o que tomen decisiones.

El capital es diferente, porque es creado por personas, pero también perdura más que ellas. Por citar solo algunos ejemplos, existen numerosos edificios que aún se mantienen en pie y fábricas que siguen en funcionamiento cientos de años después de su construcción; la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales pagó dividendos a sus accionistas durante dos siglos; el Banco de Inglaterra opera desde 1694. Si bien es cierto que el capital está sujeto a degradación y depreciación, en su materialización física y en su estructura legal perdura significativamente más que una sola vida humana. Los capitalistas han sido agentes de cambio, pero eso no significa que el capital pueda reducirse a los caprichos e intenciones de los individuos.

Los propietarios de capital pueden influir en partes del total del capital y, en grupo, pueden tomar decisiones que provoquen su crecimiento o destrucción. Pero incluso en grupo, son meros espectadores. Más que timoneles, los propietarios de capital se asemejan a la flora intestinal: necesarios para el metabolismo de la entidad en su conjunto, capaces en conjunto de generar problemas, pero individualmente irrelevantes, y con una vida útil mucho más corta que la de su grupo.

Esa es otra razón de la profunda historia del capitalismo. Desde el siglo XVI hasta la actualidad, el capitalismo ha transformado el mundo, tanto en términos de relaciones sociales como de entorno material. El capital ha valorado, creado, destruido y reorganizado a las personas y la naturaleza a una escala titánica. Con el inicio de la Revolución Industrial, el capital desató un poder productivo antes inimaginable. Ha permitido un aumento de aproximadamente dieciséis veces en el nivel de vida promedio con respecto a los niveles preindustriales, incluso al tiempo que ha propiciado un aumento de siete veces en la población humana. Pero lo ha hecho a costa de la quema de combustibles fósiles, que ha emitido carbono a la atmósfera a un ritmo inimaginable, así como a costa de todo tipo de destrucción ambiental y social. El capitalismo ha transformado el mundo para sí mismo, pero al hacerlo, se ha vuelto coterminal con el mundo. Desde la perspectiva de estar a un cuarto del siglo XXI, es evidente que el cambio climático antropogénico no se detendrá, y probablemente ni siquiera se mitigará sustancialmente, y que los mercados capitalistas son herramientas totalmente inadecuadas para abordar el problema. El mundo en el que vivo será destruido durante mi vida. La cuestión de qué tipo de mundo le seguirá depende enteramente de si todos logramos acabar con el capitalismo o si este nos destruirá primero. Por tanto, resulta instructivo descubrir cómo nació, qué ha destruido en su camino y qué ha sucedido con los intentos anteriores de acabar con él, o al menos de controlarlo.

(…)

Este libro pretende desmitificar y minimizar el capitalismo. Lo concibe como un sistema económico que interactúa con la política, el Estado, la cultura, el género, la raza, el medio ambiente y la tecnología, y que, de hecho, a menudo utiliza, reconfigura o instrumentaliza estos elementos, pero que aún se mantiene independiente de ellos. Este libro busca comprender el capitalismo desde una perspectiva histórica, es decir, no teórica, como lo hacen los economistas, sociólogos u otros científicos sociales. Los académicos formados en la historia económica institucionalista encontrarán aquí abundante evidencia que se ajusta a sus modelos. Los marxistas encontrarán numerosos ejemplos de explotación, expropiación y lucha de clases. El único grupo que se sentirá decepcionado es aquel que busca mercados libres que surjan de forma natural y que funcionen de manera eficiente y racional.

Este libro abarca mucho terreno en poco tiempo. Abordaremos muchos temas que probablemente resulten desconocidos —como los salarios de los mineros en Bolivia en la década de 1550, las moreras en el sur de China en la década de 1620, el queso holandés en la década de 1640, las anualidades inglesas consolidadas en la década de 1680, la grasa de ballena en la década de 1780 y los gusanos teredo en la década de 1850—, pero que, sin embargo, son fundamentales para comprender la historia material del sistema capitalista. He intentado (sin éxito) reducir al mínimo las notas al final del libro, incluyendo solo obras canónicas o referencias para datos muy específicos, y he procurado recurrir a los últimos 20 años de investigación en la medida de lo posible. Especialmente en los primeros periodos que abarca el libro, aún existen muchas cuestiones que se debaten acaloradamente, muchas preguntas cuyas respuestas son solo estimaciones aproximadas basadas en la escasa evidencia disponible, y muchas otras que todavía no tienen respuesta.

(…)

© W. W. Norton & Company, Inc. / Trevor Jackson

Hartmut Berghoff: Historia social y económica de la Alemania reciente. Una prosperidad engañosa

El historiador alemán Hartmut Berghoff no es alguien muy conocido ni citado entre nosotros. Quizá les suene, y ya sería extraño, si leyeron una noticia titulada “Lufthansa marca un hito en el largo camino de las empresas alemanas para admitir su pasado nazi”, que firmaba Almudena de Cabo en EP el pasado febrero. Porque, en efecto, allí se mencionaba que la compañía había encargado a los estudiosos Hartmut Berghoff, Manfred Grieger y Jörg Lesczenski un volumen de próxima aparición sobre el asunto, Lufthansa. The First 100 Years (Prestel), saldando las cuentas con su infausto pasado nazi.  Ya nos lo recuerdan desde el principio: “Entre 1933 y 1945, el gobierno impulsó la transformación de Lufthansa de una corporación civil a una empresa de armamento que, en última instancia, formó parte esencialmente de la Fuerza Aérea Alemana”.

Pero antes que de que ese trabajo vea la luz, cosa que ocurrirá el próximo junio, tenemos en las librerías otro volumen de Berghoff: Trügerischer Wohlstand. Eine Wirtschaftsgeschichte der Berliner Republik seit 1990 (C.H. Beck).

Tras un breve prólogo con toques personales, he aquí algunos párrafos de la introducción:

“El “punto de inflexión” irrumpió en la conciencia pública de forma repentina en 2022, aunque ya se venía gestando. El detonante de este cambio fue la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero. Tres días después, el canciller Olaf Scholz anunció en un comunicado gubernamental que el gasto en defensa, estancado durante muchos años, aumentaría significativamente. “Estamos viviendo un punto de inflexión. Y eso significa: El mundo después ya no es el mismo que el mundo antes”.  El término se extendió tan rápido como la sensación de estar al comienzo de una nueva era.

El punto de inflexión histórico, denominado “Zäsur” [cesura], ya se había anticipado antes de 2022. Sin embargo, sus presagios e indicadores recibieron poca atención. Prácticamente no hubo correcciones de rumbo. Esto solo cambió a partir de 2022, aunque inicialmente con una lentitud agonizante. En 2023, el “giro a cámara lenta” aún se lamentaba con razón.  Sin embargo, se había trazado el rumbo hacia una nueva política exterior y de defensa.

La disrupción asociada a este punto de inflexión en la historia tuvo tres causas políticas globales, latentes desde hacía tiempo, pero de gran impacto a partir de 2022. En primer lugar, la ilusión del “fin de la historia”, especialmente apreciada en Alemania, se hizo añicos.  Su atractivo mensaje central era que, con el colapso de la Unión Soviética, la democracia y la economía de mercado finalmente habían triunfado. Se avecinaba una era de desarme, que prometía un dividendo de paz alto y duradero. Pero las cosas resultaron muy diferentes. El conflicto Este-Oeste resurgió, algo que los oyentes atentos notaron ya en 2007, cuando Vladimir Putin proclamó abiertamente la reivindicación de Rusia del poder global en la Conferencia de Seguridad de Múnich. En retrospectiva, el rápido aumento del presupuesto de defensa de Rusia, su agresión militar en los estados sucesores de la Unión Soviética en el Cáucaso y la anexión de Crimea en 2014 deberían haber hecho sonar las alarmas desde hacía tiempo. Al mismo tiempo, era evidente que, a nivel mundial, no eran las democracias liberales, sino las autocracias las que estaban en auge. Los movimientos populistas de derecha también ganaron influencia en Europa y en todo el mundo, poniendo a las democracias a la defensiva en varios frentes.

Aunque la postura agresiva de Rusia era evidente desde al menos 2014, el gobierno alemán no dudó en confiar más de la mitad del suministro de gas de Alemania a Rusia e incluso en aumentar significativamente esta dependencia con el gasoducto Nord Stream 2 en el mar Báltico, cuya construcción comenzó en 2018, pero que finalmente nunca entró en funcionamiento. La participación del gas ruso en el consumo alemán se mantuvo consistentemente por encima del 50% entre 2014 y 2021, alcanzando casi el 71% en 2017 y el 60% en 2020. El gas ruso estaba disponible prácticamente sin límite y a precios atractivos, siendo así un factor clave en el éxito de la economía alemana.

En segundo lugar, el fin del dominio económico y geopolítico estadounidense y su distanciamiento de Europa se hacían evidentes. El ascenso de China, la nueva superpotencia económica y militar, alteró el equilibrio de poder global. La debilidad de Estados Unidos, su deuda exorbitante, su estancamiento político interno, las crisis sociales y el atractivo del nacionalismo y el aislacionismo habían impedido durante mucho tiempo que el “paciente estadounidense” cumpliera su función de mantener el orden mundial, es decir, proporcionar bienes públicos globales como seguridad, libre comercio, mercados financieros funcionales y una moneda de reserva estable.

En particular, la errónea creencia de poder depender permanentemente de la protección militar estadounidense comenzó a desmoronarse. Al mismo tiempo, los europeos se dieron cuenta de la incómoda realidad de su incapacidad para garantizar su propia seguridad. (…)

En tercer lugar, aparecieron cada vez más grietas en la otrora sólida estructura del Consenso de Washington, que durante décadas, bajo el dominio estadounidense, actuó como motor de la globalización. Sus elementos centrales fueron la desregulación del mercado, el libre comercio global y la reducción de los subsidios gubernamentales y las barreras comerciales. Aunque la Ronda de Uruguay (1986-1994) aportó avances sustanciales hacia la liberalización, su sucesora, la Ronda de Doha, que comenzó en 2001 y se interrumpió varias veces, fracasó en 2017. (…).

A más tardar en 2016, con la primera elección de Donald Trump y el referéndum del Brexit, se había consolidado una preferencia explícita por una vía hacia el aislamiento comercial. La interrupción de las cadenas de suministro durante la pandemia de COVID-19 ilustró posteriormente la vulnerabilidad de la economía global como resultado de la interconexión global. La dependencia unilateral de Alemania del suministro de gas natural de su adversario ruso exacerbó el impacto. Estas experiencias debilitaron el paradigma del libre comercio y desplazaron el enfoque hacia la seguridad del suministro. La posibilidad de que Estados Unidos abandonara definitivamente su papel, percibido desde 1945, como la punta de lanza de un orden comercial global liberal basado en normas y lo reemplazara por un sistema proteccionista de aranceles elevados e intereses nacionales egoístas basados ​​en principios mercantilistas ya no parece irreal.

(…)

La prosperidad de la temprana República de Berlín se basaba esencialmente en tres pilares. En primer lugar, había externalizado en gran medida su seguridad militar a Estados Unidos, aprovechándose de sus recursos. En segundo lugar, consiguió energía barata procedente de Rusia. Y en tercer lugar, la capacidad de absorción prácticamente ilimitada de los mercados chinos le permitió experimentar un auge exportador sin precedentes.  Estos tres importantes pilares del poder económico alemán quedaron obsoletos con el punto de inflexión histórico. Por lo tanto, la República Federal debe prepararse para unas condiciones radicalmente nuevas y afrontar profundas transformaciones en el futuro. La magnitud de esto solo se hará evidente en la segunda mitad de la década de 2020. La secuencia históricamente sin precedentes de dos años de recesión, 2023 y 2024 (con la excepción de 2002 y 2003), podría ser el presagio de una nueva era de débil crecimiento.

(…)

La pregunta central de este estudio es: ¿Cómo reaccionaron la economía, la sociedad y la política a los principales desafíos? ¿Qué éxitos y fracasos se pueden observar? ¿Cuál fue la relación entre discontinuidades y continuidades? ¿Se produjo una ruptura con las constantes del modelo económico y social de Alemania Occidental, también conocido como capitalismo “coordinado” o “capitalismo renano”? Este sistema se caracteriza por la contención del principio de competencia mediante la cooperación con asociaciones, sindicatos y, sobre todo, mediante intervenciones de bienestar social. Se afirma con frecuencia que “Deutschland AG”   se disolvió a partir de la década de 1980, seguida de una alineación con el capitalismo anglosajón.   ¿Cómo se comparaba la economía de la temprana República de Berlín con la de otros países y con fases anteriores de la historia alemana? ¿Cómo cambiaron las estructuras sociales y los entornos de vida y trabajo? También es necesario examinar el concepto de “cotransformación”, según el cual las reformas de inspiración neoliberal en Alemania Oriental y las economías en transición de Europa del Este habrían desencadenado reformas en Alemania Occidental. ¿Cómo, finalmente, se explica la coexistencia de prosperidad e inseguridad?

El primer capítulo examina el crecimiento, el empleo, el desempleo y el ciclo económico desde una perspectiva macroeconómica. El segundo capítulo analiza los factores que frenan el crecimiento, como la notoria debilidad de la inversión y la disminución del crecimiento de la productividad. El tercer capítulo está dedicado a los nuevos estados federados y aborda no solo su precario punto de partida y el impacto de la desindustrialización, sino también su reindustrialización gradual y los errores y escándalos de la transformación.

El capítulo cuatro aborda las dos grandes convulsiones, potencialmente devastadoras, de las crisis financiera y del euro. Analiza sus causas, su evolución y los medios y consecuencias para superarlas. El capítulo cinco examina las transformaciones estructurales y tecnológicas fundamentales. (…)

El capítulo seis se centra en las empresas como pilares fundamentales de las sociedades modernas. Estas también han experimentado profundos procesos de transformación. (…)

A continuación, el séptimo capítulo se centra en dos áreas de tensión social: primero, la transformación de las relaciones laborales y el surgimiento de un sector con bajos salarios. Estrechamente vinculado a esto, se encontraba la creciente desigualdad de ingresos y riqueza. El octavo capítulo aborda los desafíos que enfrentaba el Estado.  (…) En todos los subcapítulos, se deben examinar el margen de acción y las disfunciones de la intervención estatal.

El capítulo nueve analiza las dimensiones fundamentales del cambio social como aceleradores de irritaciones culturales y controversias políticas. Estas incluyen, en particular, el cambio demográfico, a menudo percibido como una crisis, y el difícil camino de la República Federal para convertirse en un país de inmigración. (…) Este libro pretende explicar por qué tanta gente creía en la inminente desaparición de Alemania, en una catástrofe económica y demográfica inminente y en una percepción de superpoblación causada por el capital extranjero (“langostas”) y los migrantes. Sobre todo, busca cuestionar estas y otras opiniones generalizadas mediante un análisis basado en hechos.

Tras la conclusión del relato histórico que abarca el período central de la investigación, de 1990 a 2020, el libro ofrece una visión de los años hasta 2025, durante los cuales Alemania conservó muchas de sus fortalezas, pero se descuidaron las reformas necesarias, a pesar de que el cambio de circunstancias exigía un nuevo comienzo decisivo”.

© Verlag C.H.Beck GmbH Co. KG / Hartmut Berghoff 

Las guerras australianas, una historia de devastación continental

De vez en cuando conviene asomarse a las antípodas, a Australia en particular. Es lo haremos para cerrar la semana con The Australian Wars: The truth about the bloody battles fought to establish the nation (Allen & Unwin), editado por la cineasta Rachel Perkins y los historiadores Stephen Gapps, Mina Murray y  Henry Reynolds.

Vayamos con la introducción, que firma Rachel Perkins:

“Este libro es un proyecto muy personal. Mi bisabuela sobrevivió a una masacre. Huyendo de la violencia, Nellie Araka se refugió con un minero irlandés y posteriormente tuvo dos hijos con él. Las decisiones que tomó para sobrevivir están en mi ADN: mi herencia mixta arrernte e irlandesa. Por eso, a diferencia de cualquier otra historia en la que haya participado como cineasta, me aparté a regañadientes de detrás de la cámara para adentrarme en la historia misma para la serie de televisión “The Australian Wars“, encargada por SBS. La historia corre por mis venas. Pero no soy única. Muchos australianos, incluidos muchos de los autores de este libro, que amplía la serie documental, descienden de familias que fueron arrastradas por el torbellino de la frontera.

La palabra frontera es un término engañosamente simple. Describe un espacio, ubicado en el lugar y el tiempo, donde se encuentran dos sociedades. Pero el lugar y el tiempo son fluidos. Como me explicó el historiador Raymond Evans, la frontera solo desaparece cuando una sociedad domina a la otra. La frontera avanzaba, en la continua búsqueda de nuevos territorios. Si bien en 1790 la frontera australiana se limitaba a la maleza que rodeaba la Sídney colonial, cien años después se extendía por el norte del país. Las naciones indígenas resistieron la ocupación colonial de sus tierras, territorio tras territorio, a medida que la frontera avanzaba. Por ello, la violencia y las guerras que asolaron Australia durante este periodo se denominan violencia fronteriza o Guerras Fronterizas. En este espacio fronterizo, las interacciones humanas se caracterizaban por una gran complejidad: descubrimiento, humor, asombro, amistad, comercio, esclavitud, sexo —tanto consensuado como no consensuado—, violencia y, por lo general, aunque no siempre, mucha muerte. Pero, como señala Mina Murray, incluso cuando la frontera irrumpió entre nuestro pueblo y nuestra tierra, y avanzó, seguimos sosteniendo, como lo hacemos hoy, que es nuestra tierra; siempre lo fue y siempre lo será, independientemente de quién la posea.

La frontera se extendió por la inmensidad de nuestro continente durante un periodo prolongado de más de cien años. Fue el rasgo definitorio que creó la Australia moderna y, por lo tanto, es común tener antepasados ​​que estuvieron involucrados, directa o indirectamente, en estos eventos. Pero lo que varía notablemente, tanto en aquel entonces como para los descendientes de hoy, es el resultado de su fortuna. Generalmente, existe un marcado contraste según en qué lado de la frontera se encontrara la familia. La gran reorganización del orden social que generó la frontera no es exclusiva de Australia. En todo el mundo, hubo cientos de estas pequeñas guerras mientras el imperialismo europeo competía por nuevos territorios y la riqueza que conllevaban. La cruda evidencia de la pobreza intergeneracional que sufrieron los pueblos indígenas de todo el mundo, que quedaron en gran medida sin tierras y privados de sus medios de subsistencia, es una experiencia que compartimos. Este libro se inscribe en esta historia más amplia de la colonización europea de lo que ellos llamaban «el Nuevo Mundo», pero estas páginas narran nuestra propia versión local, como lo revelará su lectura.

La complejidad de esta forma de guerra fronteriza explica, en parte, por qué a los australianos les cuesta entenderla como tal. Es muy diferente de las guerras más recientes que conocemos: guerras libradas en trincheras, con declaraciones de guerra y treguas, entre personas uniformadas y en periodos de tiempo definidos. Esa forma de guerra está mucho más estructurada que esta guerra itinerante y esporádica, en la que existía una compleja red de relaciones entre soldados, policías, colonos, mujeres, niños, negros, blancos, chinos, africanos, etc. Como me explicó el historiador militar Peter Stanley, la naturaleza de la guerra cambia según las circunstancias. En los años venideros, la guerra, tal como la entendemos, será muy diferente de la que conocemos hoy. Pero, como resumió Henry Reynolds en términos sencillos pero contundentes en la serie documental, estas fueron guerras australianas, no por cómo se libraron, sino por qué se libraron: una forma de vida y la soberanía de todo un continente.

Hoy en día, todos los historiadores militares de renombre coinciden en que lo ocurrido aquí cumple con la definición de guerra. El objetivo de este libro, el primer estudio a escala continental de estas guerras, es ayudar a nuestro país a comprender este aspecto tan importante de nuestra historia. Esperamos no haber contribuido a la confusión y la ignorancia general sobre este tema al darle un nombre que no se había utilizado antes: The Australian Wars. En parte, nos inspiramos en Aotearoa/Nueva Zelanda para elegir este nombre, que ahora se refiere (sin controversia) a lo que se conocía como las Guerras Maoríes como las Guerras de Nueva Zelanda. Coincidimos con el pueblo de ese país en que es necesario replantear el concepto de guerras coloniales. Al describirlas como lo hemos hecho, esperamos que otros puedan aceptarlas por lo que fueron: nuestras guerras, libradas en nuestra tierra por nuestros antepasados, que fundaron nuestra nación actual.

(…)”.

 © Rachel Perkins, Mina Murray, Stephen Gapps & Henry Reynolds / Allen & Unwin

Christophe Granger: Poldavia. Mentiras y falsedades como herramienta política

Las Fake News son una palabra de moda, la versión actual (y más extensa) de los rumores y las noticias falsas de antaño. Ya lo recordábamos aquí hace un tiempo uniendo los textos de Robert Darnton y de François Ploux, insistiendo en que -en palabras del primero-  “la formación de la opinión pública sucede en los mercados y en las tabernas lo mismo que en las societés de pensée. Para entender la forma en la que los públicos les dieron sentido a los acontecimientos, es preciso llevar la investigación más allá de las obras de los filósofos y llegar a las redes de comunicación de la vida diaria”.

Pero lo de las Fake News (incluso hay dedicada una colección editorial) es el colmo, esa mezcla de mentira, insinceridad, engaño, embuste, fingimiento, calumnia, infundio, ardid, dolo e incluso timo. Y cinismo en ocasiones.

Ahora bien, el pasado también guarda páginas memorables, como aquello de la célebre Poldavia. Han sido muchas y variadas las alusiones a este caso, casi todas desde el ámbito literario. Por ejemplo, lo hizo Bertrand Westphal, el “padre de la geocrítica”, ese estudio de las representaciones del espacio literario y artístico.  También se ocupó la escritora y matemática francesa Michèle Audin, reclamando su vinculación con el Oulipo. Y asimismo lo trató Blanche El Gammal, aludiendo a un género literario poco conocido, el romance ruritano, que a su vez toma nombre de otro país muy extraño, Ruritania.  Etc., como veremos ahora mismo.

Porque  el tema es apasionante en muchos otros sentidos, tal como demuestra el historiador y sociólogo Christophe Granger en Ceci est un canular. Les Poldèves, l’extrême-droite et la politique du faux (La Découverte).

Veamos:

“Si hay una certeza aquí, algo que puede disiparse de inmediato, es esta: inicialmente, eran solo palabras. En la mañana del 20 de marzo de 1929, una serie de cartas, siempre iguales, el mismo esfuerzo persistente, llegó a los empleados de la sala de correo de la Cámara de Diputados en París. Unas treinta líneas, por delante y por detrás, mecanografiadas y mimeografiadas. La sintaxis es rudimentaria, desordenada; el tono grave, aturdido, claramente marcado por la urgencia; y en la parte superior, separado del resto, tal como se ve en la correspondencia oficial, aparece el nombre de un comité, conciso y claro. La carta en sí es directa. Con la dosis justa de pasión y dedicación concienzuda, informa a los representantes electos del país del trágico destino de un pueblo lejano, los poldavianos. Quiere conmoverlos e inspirarlos a actuar en su favor.

“Honorable Diputado,

Le imploramos su compasión y justicia, implorándole que preste plena atención a los siguientes asuntos”.

La carta habla de la esclavitud moderna, describiendo el tormento de los habitantes, hambrientos, oprimidos, reducidos al nivel de animales, y, en marcado contraste con esta miserable existencia, denuncia la formidable dominación de una élite local de grandes terratenientes. La solidaridad de los diputados, un tenue pero esperanzador atisbo, se invoca en nombre de la Revolución y de Francia en 1793, y también en nombre de ese compromiso internacional, recién surgido de la guerra, que es el derecho de los pueblos a la autodeterminación.

Dos semanas después, en la misma sala, con los mismos destinatarios, llegó otra carta a la Cámara; breve, vacilante, casi extinguida. Entre los poldavianos, decía, la revuelta estaba en marcha, la Bolsa de Trabajo de Cherchella, que servía de punto de concentración a los insurgentes, acababa de ser incendiada, y decenas de hombres eran golpeados, perseguidos y fusilados en represalia. Incluso mujeres y niños eran el blanco. Era como si la causa estuviera al borde del fracaso: “¡Ayúdennos!”.

Entre los diputados franceses, un pequeño grupo de destinatarios, no cualquiera, no había esperado a esta segunda carta para manifestar su apoyo. Otros se unieron, sumando sus voces, y, ante la intolerable situación, algunos, abrazando la causa con mayor vigor, comenzaron a imaginar una gran protesta en todo el país.

Un mes después de la primera carta, el 16 de abril, se destapó el bulo. Los poldavianos no existían, y todo el asunto era pura invención. Se descubrió que el astuto y malicioso plan formaba parte de una meticulosa campaña de sabotaje político. Se originó en las filas de la extrema derecha, nació entre los activistas de Action Française y pretendía, mediante una falsificación, ridiculizar a la izquierda y a sus cargos electos.

El bulo, un bulo político, está casi olvidado. En su época, fue muy conocido, parodiado, comentado, recreado y readaptado, hasta el punto de que se pueden encontrar multitud de rastros de él en los años posteriores: el “Cónsul de Poldavia” en el álbum de Tintín, El Loto Azul, publicado en 1936; el “Príncipe Poldaviano”, muerto y enterrado cerca de Uni-Park, en Pierrot, mon ami, novela de Queneau publicada en 1942; o la guerra entre los Molleton y los Poldavos, por un soldado que orinó en el lado equivocado de la frontera, en un relato de Marcel Aymé. Para comprender el atractivo perdurable del bulo, se podrían considerar todos estos usos póstumos. La mayoría de las veces, comparten el rasgo común de despolitizarlo cuidadosamente, despojándolo de cualquier connotación antidemocrática y conservando únicamente el efecto benévolo de la risa. Esto no es lo que me interesa aquí. Este libro trata del bulo y pretende tomarlo en serio.

El proyecto puede parecer extraño, pero lo encontré, por el contrario, notablemente enriquecedor. De hecho, normalmente, el mundo social, tal como se nos presenta, está imbuido de una especie de evidencia, cuya base ya no se cuestiona. Y si está precedida por esta autoevidencia, es precisamente porque los sistemas simbólicos que usamos para experimentarlo, clasificarlo, juzgarlo, describirlo, y que derivamos de nuestra experiencia práctica —verdad, justicia, belleza, bondad y muchos otros— se han vuelto naturales para nosotros.  Lo que desaparece bajo esta autoevidencia es que este orden simbólico, lejos de asumir la forma espontánea que se le atribuye, es objeto de luchas incesantes, y en particular luchas para manipular las representaciones colectivas. Estas luchas son libradas, con características específicas y en momentos específicos de su historia, por grupos sociales que compiten por la definición legítima de lo que es o debería ser el mundo social. Pero estas luchas, un engaño —porque imita la realidad para subvertir su obviedad, porque expone brutalmente su funcionamiento interno— es una buena manera de capturarlas. Aquí es donde se desarrolla este libro, en el terreno fértil de una sociología histórica de las luchas por la dominación simbólica de las que, nos guste o no, procede la orquestación de la vida comunitaria.

Pero interesarse por el bulo poldaviano, por este bulo en particular, también surge de otra ambición, más precisa y amplia. Porque no es simplemente una mentira; es una mentira política. Lo que pone en juego, de una forma en la que la risa no es una característica secundaria, lo que pretende desafiar radicalmente, son los principios democráticos en cuyo nombre se arbitra, debate y gobierna la vida pública: si los funcionarios electos se comprometen a rescatar a un pueblo inexistente, argumenta esencialmente, entonces el régimen político que se basa en ellos carece de valor. Si quise examinar esta farsa, descubrir sus componentes, si me pareció que merecía ser investigada, es precisamente porque nos permite describir esta forma suprema de dominación simbólica: las luchas libradas para imponer la definición del juego político. Pero también presenta una fuente de interés más inmediata. Al destacar el vínculo entre las manipulaciones de ayer y de hoy, nos permite comprender cómo la extrema derecha ha convertido la mentira en una herramienta política. En última instancia, esto es lo que hace que este engaño sea tan relevante para nuestro tiempo”.

© Éditions La Découverte / Christophe Granger 

Marc Mierowsky: Defoe, espía y traidor

Dejamos por un momento la historia contemporánea, porque creo que a veces vale la pena, por una u otra razón. Y con Daniel Defoe sobran.

Decía Freya Johnston en LR que “si al lector moderno le resulta difícil identificar al hombre reconocido por su contemporáneo Alexander Pope como el «inquieto Daniel», debe ser en gran medida porque Defoe, tanto profesional como personalmente, se aseguraba de mantener un perfil muy bajo. Su labor permanente como mercenario del gobierno requería movilidad, evasión y cambios de identidad, al igual que su incapacidad para satisfacer las exigencias de una multitud de acreedores furiosos.

Otra barrera para aprehender a nuestro hombre es que gran parte de la vida de Defoe no está bien documentada“. Sabemos que nació sobre 1660, que “se unió a la fallida rebelión del duque de Monmouth contra Jacobo II en 1685″, que “tuvo ocho hijos y viajó extensamente”, que “persiguió diversos proyectos empresariales relacionados con el tabaco, el vino, la madera, las telas, los ladrillos, las civetas y una campana de buceo, lo que le llevó a la bancarrota y a la cárcel”.  Y que “su primera novela, Robinson Crusoe (1719), no se publicó hasta casi los sesenta años”.

Pero, como indica la profesora Johnston, “el período de la vida de Defoe que más interesa a Marc Mierowsky comienza con el panfleto satírico anónimo “The Shortest Way with the Dissenters“, publicado en 1702, al inicio del reinado de la reina Ana”, por el que fue multado, llevado a la picota y encarcelado.

Así pues, estamos hablando del volumen que Marc Mierowsky ha dedicado a A Spy Amongst Us. Daniel Defoe’s Secret Service and the Plot to End Scottish Independence (Yale UP), un volumen sobre Defoe, el espionaje y sobre el pasado y el futuro de Escocia, dentro o fuera de la Unión.

En ese volumen se nos reiteran algunas de esas ideas. Por ejemplo que “es difícil separar la verdad de las numerosas ficciones que Defoe empleó para desviar a sus perseguidores o para hacer su biografía, en diferentes momentos y con diferentes propósitos, más respetable o emocionante” . Y también se nos recuerda que “Defoe era presbiteriano. En respuesta a la amenaza que él y sus compañeros disidentes enfrentaban”, Defoe escribió el aludido “panfleto satírico en el que imitaba la retórica de un predicador de la High church y abogaba por una solución rápida, fácil y brutal a la cuestión del inconformismo religioso. Instigando a sus lectores congregados hasta la locura, el predicador de Defoe llama a los disidentes a “ser erradicados de esta nación”, purgados mediante la ejecución y el exilio del cuerpo político inglés. El panfleto era desconcertantemente persuasivo. Cuando se reveló que el propio autor era disidente, el engaño quedó al descubierto y quienes se dejaron arrastrar por el lógico, aunque exagerado, resultado de sus prejuicios, se vieron obligados a responder”. En fin, un panfleto “demasiado leído y el escándalo que causó, demasiado peligroso para la cohesión de la Iglesia y el Estado como para dejarlo pasar.

Pero la historia comienza con una carta, resultado de aquel panfleto, misiva que Defoe envió a otro presbiteriano, William Paterson, también agente del gobierno en años posteriores.  Una misiva relevante porque da “voz a un hombre impresionado por su poder sobre los lectores. Atrapado, Defoe comprendió que la única salida era la misma por la que había entrado. Su capacidad para conmover al público lector tendría que salvarlo”.

Veámoslo:

“(…)

Nuestra historia comienza con esta carta fugitiva, no porque su autor o destinatario percibiera su importancia en ese momento, sino porque las conexiones que forjó entre Paterson, Defoe, Harley y Godolphin formaron, a lo largo de la década siguiente, un importante nodo en una creciente red de inteligencia que se desarrolló para satisfacer las necesidades del Estado moderno. Paterson podría haber destruido la carta, pero la transmitió, consciente del ingenio de su autor y dispuesto, al parecer, a arriesgar la asociación si eso le ayudaba a extender los términos de su propio servicio al ministerio. Sensible a la política, agudo e infinitamente productivo, Defoe fue capaz de despertar al gigante dormido de la opinión pública. Si actuaba como agente, tenía las habilidades necesarias para hacer algo más que recopilar información y ofrecer algún que otro consejo. Podía actuar como propagandista e intermediario, promoviendo los intereses del ministerio en público y hacerlo entre bastidores. Podía integrarse en el aparato gubernamental, llevándose consigo a Paterson. Dependientes, inseguros, atados por el egoísmo a su visión de un nuevo Estado, en la primavera de 1703, Defoe y Paterson comenzaron a esbozar el perfil de una criatura desconocida en su época, pero reconocible en la nuestra: el agente político profesional. Cómo lo lograron, la influencia que adquirieron y los efectos que este nuevo tipo de actor tuvo en el surgimiento del estado británico son el enfoque de este libro.

(…)

Mi objetivo al buscar a los espías es descubrir su trabajo en el punto álgido de su influencia. En lo que a tareas se refiere, a veces puede parecer como intentar atrapar agua con las manos. La influencia es algo escurridizo, y la de quienes desean pasar desapercibidos en público, pero conocidos por el poder, es aún más escurridiza. La historia que sigue se basa en la creencia de que cualquier cosa que comprendamos nos acerca mucho más a la verdad de cómo Escocia perdió su independencia parlamentaria y cómo surgió el gobierno unificado de Gran Bretaña tras ella.

Al centrarse en un solo grupo de actores, esta historia es parcial. Los siguientes capítulos no ofrecen un retrato exhaustivo de la Unión y su creación. Tampoco proporcionan biografías completas de Defoe, Paterson, Godolphin o Harley, ni un estudio detallado de su dominio de la prensa. Lo que hacen, al situar las vidas de estos actores en torno a una campaña que cambió sus carreras, es extraer las relaciones personales entre los protagonistas y entre estos y sus agentes: las relaciones a través de las cuales se canalizan el poder y la influencia; las relaciones que conectan el diseño con el esfuerzo, el plan con la acción. En la creación y la ruptura de estas conexiones personales y profesionales, encontramos los compromisos, los choques de creencias y personalidad, y los impulsos opuestos de ideología y pragmatismo que constituyen la vida cotidiana del trabajo político. El hecho de que este trabajo allanara el camino hacia el Acta de Unión desmiente la creencia de que una unión parlamentaria entre Inglaterra y Escocia fuera un hecho consumado.

Pero la creación de la Unión no fue simplemente una “obra política”, llevada a cabo mediante sobornos bien ubicados y la manipulación del clientelismo. La afirmación de Robert Burns de que la soberanía escocesa fue “comprada y vendida por oro inglés” por una “panda de bribones” se ha repetido con tanta frecuencia que en ciertos círculos se acepta como un hecho. Sin duda, permite una pizca de culpabilidad: los parlamentarios traicionaron a un pueblo cuyo patriotismo jamás habría permitido que su independencia se vendiera tan barata. Una nueva investigación sobre la campaña anti-Unión muestra que esta afirmación también perjudica a las fuerzas de la oposición. La campaña escocesa contra la Unión se basó en algo más que la expresión espontánea de patriotismo. Se centralizó y coordinó para influir en la opinión pública sobre las decisiones del parlamento escocés. Esta perspectiva exige una nueva mirada. La “obra política” orquestada en Whitehall y llevada a cabo sobre el terreno por Defoe y sus compañeros agentes fue más sofisticada de lo que Burns podía imaginar. Los agentes abrieron vías vitales de comunicación y difusión. Recopilaron y desplegaron información para moldear el pensamiento y la acción, la creencia popular y la política gubernamental. Al hacerlo, fueron pioneros en nuevas formas de muestrear, comprender y, por lo tanto, influir en las opiniones y el comportamiento de la gente y sus líderes en Escocia e Inglaterra. La historia de su trabajo es ahora más relevante que nunca, ya que las campañas por el futuro de la Unión y la independencia escocesa siguen buscando el tipo de mandato público y poder parlamentario que puede redefinir la constitución de una nación y, con ella, el sentido de identidad de esa nación y su lugar en el mundo”.

© Yale University Press / Marc Mierowsky